La historia, por lo
general, le guarda un lugar privilegiado a los primeros, a los únicos
, a los pioneros, esos seres que tienen toda la atención, las
expectativas y el apoyo incondicional ante los tropezones de la vida
coronando y enalteciendo cada uno de sus logros, por insignificantes
que parezcan.
Los últimos también
tienen su lugar en el salón de la fama logrando ser los antihéroes
llevándose las palmas ya que al igual que los primeros, son los
extremos por donde se van a mover los del montón. Aquí se desprende
una palabra condenatoria: el montón. Y ahí es justo cuando el
segundo , se convierte en el mejor del montón, el mejor de lo que
queda, el premio consuelo.
Cuando de hijos se
trata, al primero se lo piensa, se lo concibe, se lo espera y se lo
recibe en plenitud, con los miedos pero también con las esperanzas y
los sueños y se le abre todas las puertas para que nada se
interponga entre el éxito y él.
Ahora , cuando viene
el segundo, comienzan las complicaciones. ¿Cómo le explicamos al
primero que va a perder la exclusividad? Simple, no la pierde, solo
que se divide entre los tíos, abuelos, vecinos y profesores
forjadores del mañana. Entonces el segundo nace sin saber que tiene
exactamente el cariño que le sobra al primero, pero para él bastan
y sobran….al principio.
Cuando el primero va
a la escuela, ya sienta un precedente, para bien o para mal ya traza
un camino. Si es un chico problema, las maestras se lo van a tratar
de sacar de encima y lo van a ubicar sin conocerlo en el turno tarde,
si es posible en otra escuela. Ahora si es un erudito, van a someter
al segundo hijo a interminables comparaciones que solo lo van a
frustrar ante sus compañeritos y la sociedad entera.
Este karma va a
acompañar al segundo hijo durante todo lo que empiece. Si sigue una
carrera que no tiene nada que ver con el primer hijo, las viejas van
a decir “Es la oveja negra de la familia, nada que ver con el
mayorcito que es un santo” Ahora si se le ocurre seguir algo
parecido al hermano mayor, va a estar a su sombra siempre, aún los
fracasos del mayor van a opacar los éxitos del segundo.
Si ocurre una
fatalidad con el primer hijo, el segundo nunca va a ocupar su lugar,
todo lo contrario, va a ser el encargado de sostener los ánimos ya
que los amigos y vecinos van a decir “Y bueh, por lo menos les
queda el más chico” como si fuera el que sigue en una suerte de
lista negra.
Los segundos son
como hijos tributo del primero, es decir, son casi como el primero,
pero los aplausos son para el original.
Segundos hijos, no
bajemos los brazos, defendamos nuestro lugar, y si nos tocó ser los
mejores del montón, al menos sabemos que somos el modelo a seguir de
otra gente, no tal vez de los exitosos, ni de los felices, pero si de
los libres de la responsabilidad de ser primeros.
Salud.