domingo, 9 de julio de 2017

El quince de la Patri

Antes que nada hay que ubicar en tiempo, espacio y posibilidades. En los '80 las alternativas del festejo del quince de alguien, se limitaban a si la fiesta se hacía adentro o afuera, o si se comía pollos o lechón. No existían los Disney, ni los Iphone, ni la fiesta donde las cenicientas se convierten en princesas.
Tal era el caso de la Patri, una prima mía que cumplía los quince en invierno y el salón era el patio de los Montero, unos vecinos y amigos de la familia. La música estaba a cargo del dueño del tocadiscos, un tío con plata y trece discos de pasodobles. Los pollos los hicieron entre mi papá y el viejo de la Patri, los postres los hizo mi tía con más ganas que talento, y las ensaladas fueron un aporte de cada quinta hogareña más la mayonesa casera de algún talentoso del barrio.
Los vinos y las gaseosas los puso a concesión el tío Salvador, que tenía un supermercado y estas fiestas lo salvaban.
La jodanga arrancaba sin mucho preámbulo, empezaba la música y empezaba el baile. La era una sola y larga hasta el infinito. En una punta, la Patri y en la otra punta los asadores y parientes ruidosos, en el medio el resto de los familiares y amigos y en una mesa aparte los chicos menores de 12 años. En las mesas, había baldes de chapa con hielo para que no se caliente la bebida, aunque hacía más frío afuera del balde que en el hielo. La comida, salvo las ensaladas rusas, se enfriaban en el camino de la parrilla a la mesa culpa de los chicos chiquitos y las viejas que nunca se decidían qué parte de pollo comer, casi siempre decidía patas, y mi viejo soltaba la frase “Miren que es un pollo, no un ciempiés”. El tío de plata, ponía veintemil veces el único disco de los Wawancó que había, y si lo mirabas al tipo, ponía la actitud de David Guetta. Cuando promediaba la noche y el frío dividía a los valientes de los tuberculosos, mi viejo y mi tío Humberto juntaban los baldes de chapa de las mesas que hacían las veces de frappera, y los llevaban para la parrilla. Tiraban el agua a los yuyos y los llenaban de brasa. Agarraban con un trapo las manijas y los repartían a lo largo de la mesa a modo de calefacción. Nunca supe si la gente lloraba de emoción o porque el humo les irritaba los ojos, o fue una mezcla de estos dos factores más el frío y la bebida.
Así pasaba el cumpleaños de quince de la Patri.
Con muy poco se armaba una fiesta inolvidable. Sobre todo para la gente que se dormía y apoyaba las piernas en los baldes calientes.
Hay más detalles, los regalos, los colados y la borrachera del tío con plata que agarró los discos y se fue en el medio de la noche, de la tía que se guardó un pollo en la cartera.

Un día vamos a entrar en detalles.

sábado, 24 de junio de 2017

Pascal, el dueño de la calle.

A veces el carnaval es una fiesta….a veces no.
Como cada año, los chicos del barrio esperábamos el carnaval para tirarle globazos de agua a las chicas. La idea era mojarlas pero guardando siempre la distancia prudencial que nos salvaba de los cachetazos y las patadas de las víctimas de nuestra salvajada. También creo que ejercitábamos este instinto ancestral de cazadores que viene con nuestra raza. Como cada año, las chicas buscaban refugios alternativos o se hacían acompañar con sus padres a hacer los mandados. Este era el caso de Andrea, la rubia linda de la cuadra, que se hacía acompañar con el padre a modo de granadero y a sus espaldas nos miraba y se burlaba de nosotros. No era bronca lo que le teníamos, pero andaba cerca. La historia con el papá de Andrea venía mal barajada desde el día que pavimentaron la cortada. Ella andaba en patines con sus amigas del centro y a nosotros no nos dejaban andar en bicicleta por miedo a que las choquemos. El papá de Andrea se ponía en la puerta de calle y vigilaba el rebaño adolescente mirándonos serio y estoico. Alguien, nunca supimos quién, le escibió con horrible caligrafía “Pascal, dueño de la calle” y desde entonces nos tuvo en la mira por las dudas.
Volviendo al carnaval, ese año Andrea estaba en el jardín de su casa mientras Pascal estaba arreglando una puerta o algo. Cada vez que pasábamos por la vereda, se hacía la buena hija y le hablaba cosas lindas al papá y nosotros hervíamos. Era cuestión de esperar el momento, la paciencia era la clave. En un momento los planetas se alinearon, Andrea se agachó a juntar quien sabe qué cosa que le llamó la atención y el padre se fue para adentro dejándola hablando sola. Era ahora o nunca. Con Marcelo , Diego y Juan Julio nos miramos y en fracción de segundos decidimos que Marcelo era el que le iba a tirar el globazo ya que tenía muy buena puntería. Cuando nos acercamos corriendo, Andrea se levantó y vio que estaba sola, el único refugio era un tapial bajito y nada más, el globazo era inminente, de nada le iba a servir gritar, así que se tapó la cara y aguantó con fuerzas. El globo le pasó a medio milímetro de la cara y entró en la casa. Tres segundos después se escuchó el bramido de Pascal. El mundo se detuvo, lo juro. Salió colorado con una garrafita de llenar sifones Drago en la mano gritando frases que todas terminaban con “...de mierda”.
En un momento nos miraba todo colorado esperando la chispa que hiciera la explosión. “¡Las bolas por el piso me tienen!” nos gritó. Y Marcelo, más por nervios y miedo que por rebelde le dijo “¡Y córteselas!” .
Una cosa es escribir esto y otra cosa es haberlo vivido. Todo pasó muy rapido. La garrafita volando por el aire, nosotros corriendo, los vecinos asomados, el calor de febrero, todo fue rápido y atropellado. Dimos la vuelta a la manzana en tiempo record, no sabíamos si nos corría o no hasta que vimos el Fiat Rojo en la otra punta de la calle. La casa de Juan Julio estaba justo a mitad de recorrido entre el auto de Pascal y nosotros. Si corríamos hacia atrás, Pascal nos alcanzaría irremediablemente, pero si le ganábamos y entrábamos a la casa de Juan Julio teníamos posibilidades de seguir vivos. El miedo nos empujó a correr con todo hacia adelante a tiempo que Pascal aceleró como loco. Fueron segundos que se volvieron horas. No llegábamos nunca al jardín de Juan Julio, juro que justo cuando le vimos los ojos a Pascal llegó la puerta salvadora y entramos saltando quién sabe como tapial, alambrado, pila de escombros hasta llegar al patio de la casa de Marcelo que estaba justo al lado de lo de Juan Julio. Sarita, la mamá de Marcelo nos preguntó y le contamos como pudimos todo. Esa fue la primera vez que vi a Marcelo llorar.

Hoy lo veo como adulto y creo que Pascal nunca nos habría dañado, es más, su salida con el Fiat en nuestra dirección fue una coincidencia, si hubiera querido agarrarnos paraba el auto y nos seguía corriendo a pie. El miedo y ser chicos , te hace ver todo más tremendo.
Ayer le pedí a Andrea permiso para contar esta historia. Tremendizo la figura de Pascal y pongo a Andrea en un lugar de pibita careta, pero ese hecho, y otros más, me devuelven a la infancia que me hizo tan feliz y que hoy se vuelve uno de esos recuerdos imborrables.

Para los chicos del Barrio: Oscarcito,Juanci, Diego, Guille, Marce, Bochy y por supuesto Andrea.

Con cariño sincero Toti.  

jueves, 15 de junio de 2017

El viento Norte (una colaboración de Despeinada Despeinada)

Cada cabeza es un mundo, es indiscutible. Sin embargo, depende de la localidad, los mundos se encuentran sincronizados en ciertos aspectos, creando una armonía o por lo menos una idiosincrasia.
La primera vez que visité las montañas tenía 10 años. Fuimos a visitar a la familia que mi padre había dejado, para mudarse a un sitio que le permitiera trabajar todos los días del año, y no sólo la temporada de tala de árboles. Nuestros primos, encantados de llevarnos al bosque porque todo nos causaba asombro, se interrumpían entre ellos explicándonos cómo localizar los hongos que aún no han brotado, cómo saber cuál es venenoso y cuál nos serviría de desayuno, cómo echarte de panza al suelo para beber agua del venero sin enturbiarlo. Mi primo mayor no me soltaba de la mano por miedo a que me perdiera, pues ya sabía la familia que mi capacidad de atención era muy poca y podía desaparecer persiguiendo a una rana.
 - ¿A dónde vamos?
- A las cascadas de Mil diez
- ¿Y cómo sabes a dónde ir si no hay vereda?
- Porque queda al norte del pueblo.
- ¿Y cómo sabes dónde es el norte si los pinos no te dejan ver el cielo?
- ¿Ves éste árbol? ¿Ves que un lado está lleno de lama verde?
- Si
- El viento del norte viene siempre con lluvia. Es cosa de mirar a los árboles para saber a dónde ir.
Me quedé con la idea que el viento del norte trae agua. Ya en casa, cada vez que llovía, me extrañaba que el viento viniera del este, casi siempre… muchos años después me enteré que al vivir en una ciudad con montes al norte y al sur, sólo teníamos viento del este o muy raramente del oeste.
Ya grande, me tuve que mudar de ciudad por un empleo. Ésta vez era una zona desértica… no importaba a dónde miraras, un pino no ibas a encontrar ni por casualidad. Me fui aclimatando poco a poco y un día, sentada en la nevería del pueblo, escuché el sonido del tren. Un par de ancianos que estaban en la mesa contigua dijeron.
- Bendito tren, por fin se acaba el verano.
- Si, caray, éste año se tomó su tiempo.
¿Qué diablos tenía qué ver el sonido del tren con el clima?. Mi jefe tuvo la gentileza de explicármelo… en un llano, como lo era ese sitio, el viento no tiene obstáculos, y transporta todos los sonidos. Estando las vías del tren en la parte norte del pueblo, si escuchábamos su sonido era porque el viento de Norte soplaba y éste traía consigo aire frío.
Apenas ahí caí en la cuenta que cada lugar tiene sus peculiaridades. La vida me ha llevado por el mundo, y en cada sitio me doy tiempo a coleccionar qué hace ahí el Viento del Norte. ¿Es una bendición? ¿Se teme su llegada?
El que más me ha gustado hasta ahora, es una playita en el sur de México, que espera con ansias el viento del Norte porque impide que los maridos vayan de pesca, y las solteras buscan en la plaza a los visitantes que huyen de sus países congelados. Brasil tendrá mucho nacido en Octubre, pero en ésta playa, en Junio son los cumpleaños más sonados.

lunes, 12 de junio de 2017

De olvidos y rencores

El viento infinito e incoloro nos arrebata minuto a minuto recuerdos. Alborota nuestras vidas para intentar torcer nuestros destinos. Afecta pero rara vez define algo.
Como cada lunes, ella va a trabajar al edificio de oficinas desde hace 10 años ininterrumpidos. Se sienta en su cubículo y una vez más le cuenta a su compañero, que también es su cuñado y está casado con su hermana, un extraño sueño donde ambos son protagonistas de una historia imposible. Ambos ríen y su día sigue, como tantos otros días. Las palabras son del viento y vuelven a él cada día.
Como cada martes, él queda con la conciencia hecha un nudo. No se puede sacar a su cuñada de la cabeza. Recuerda el sueño que le contó y el día se le hace largo cuando no la ve. Trata de mantener la naturalidad con su mujer, pero ya van varias veces que lo encuentra pensando y midiendo. Por la noche contacta a su mejor amigo por el servicio de mensajería y le cuenta su situación. Piensa que así se lo saca un poco de encima pero es muy fuerte lo que le crece adentro. Su alma se llena de aire y dudas cada día.
Como cada miércoles, él visita al psicólogo para contarle otra vez lo que le pasa. Su vida perdió el eje y está tratando de acercar lo real a lo que siente y cree que en algún momento algo se va a romper. Según el terapeuta, esos sueños recurrentes son signo inequívoco de un deseo reprimido que siente su cuñada y la duda que crece dentro de él, es un claro indicador de correspondencia. La única salida es sincerar los deseos y dejar salir el sentimiento, aunque esto conlleve a la ruptura de la pareja. Se está quedando sin aire y lo sabe.
Como cada jueves su mujer lo despierta con un beso y un rico desayuno. La culpa con que come las tostadas lo ponen en evidencia y su mujer pregunta si pasa algo malo. La creatividad para inventar cuestiones que tienen que ver con el trabajo se le está acabando y cada vez se pone más a flor de piel lo que costó esconder durante años. Intenta sin éxito silenciar las voces en su cabeza y planea estrategias para avanzar sobre lo que siente, pero no encuentra un camino libre de pecado.
Como cada viernes sucede el insomnio mirando y midiendo a la destinataria de su desamor. Repasa con la vista su hombro desnudo y calcula cuánto va a extrañar esa escena que se le regala cada viernes cuando se decida a liberar su alma. Planea otra vez el anestesiado diálogo que puede abrir su celda. Tantos años confunde el amor con la costumbre y lo nuevo lo tienta hasta hacerlo trastabillar sin remedio. Los silencios son puertas que nunca se anima a atravesar por más que él las haya abierto.
Como cada sábado ella llama a su hermana para contarle lo raro que lo ve a él. Lo siente distante, frío y ajeno. Trató de llegar de varias maneras, pero él sólo le habla de trabajo y rara vez la mira a los ojos. Sabe que algo le pasa pero no sabe bien qué. Esta situación ya la tiene cansada pero la educaron para luchar por lo suyo, y la pareja era algo que no pensaba dejar ir gratuitamente. Costaba postergar lo importante, pero era la única manera de seguir juntos; dejando que el viento se lleve los calores, como siempre había pasado en su familia. Su hermana la escuchaba atentamente pero no podía ayudarla aunque quisiera. No estaban en ella las decisiones ni los consejos, solo el oído paciente de quien espera.
Como cada domingo ella se despertó buscando en google un sueño que pueda llegar a significar algo, un germen que agriete un poco más el corazón de su cuñado, una duda que se arraigue como un peligroso liquen, como una costra verde en su corazón y que la fuerza del viento solo la reseque hasta dejar una mancha permanente. Nunca le iba a perdonar a su hermana robar el primer amor que tuvo, y nunca iba a interponerse en la pareja de nadie, pero soñar es gratis y las dudas cuestan más que el oro. No iba a ser feliz, pero al menos en ese pozo, ella no estaría sola.
Nada cura como el olvido. Ni siquiera el viento. Solo te ciega momentáneamente para volver a empezar de nuevo, cada día, eterno, silencioso, compañero.

El agente

Iba con mucha expectativa a la oficina del agente discográfico más importante de la zona. En la entrada me crucé con un hombre mayor que me chocó y me maldijo murmurando con odio varios monosílabos. La recepción estaba vacía. Una secretaria con aspecto vago y corriente alternaba la mirada entre el reloj de pared y la ventana como un viejo ventilador sin aspas.
“¡Rodríguez! ¡Pase!” sonó el grito del agente desde el interior de alguna puerta. Me paré y la secretaria solo se limitó a seguirme con sus ojos, en silencio. Cuando estaba por entrar a la oficina ella bajó su cabeza meneándola como diciendo “no”.
“Rodríguez….¿cómo le va? Sepa usted que si logró llegar hasta acá, es gracias a sus contactos. Cuento con su total discreción y sé que usted no me va a fallar. Siéntese hombre que ya cantamos el himno. El tiempo es oro y necesito saber si trajo el dinero acordado. ¿lo trajo no?”
Estaba por contestar cuando volvió a la carga “Usted sabrá que en este medio, saber nadar entre tiburones es la diferencia entre el éxito y ser devorado por el tiempo. Ustedes los artistas vienen por un sueño pero en el fondo son tan miserables como cualquier usurero. Al principio cantan, bailan, pintan y escriben con el alma, pero poco a poco se van pudriendo en esta rueda eterna de la ambición por llegar a algún lado. Son capaces de todo por un segundo de gloria.”
Estaba por pararme y salir de ahí corriendo , pero en el fondo el agente tenía razón. Alguien me garantizó que por diez mil dólares, me daba una canción escrita que se iba a volver un éxito. Tenía una suerte de sexto sentido para ello.
“Rodríguez, no es momento para ponerse orgulloso y digno. Si llegó hasta acá es porque usted es un gusano sin talento desesperado porque alguien le de una mano ¿Me equivoco? Sabe que no. Vamos abreviando que tengo un negocio que cerrar en cinco o diez minutos, y si a usted no le interesa lo que le propongo, le pido que no me haga perder más tiempo. ¿Trajo el dinero o no?”
Metí la mano en el saco y saqué un sobre color madera con el importe de una pequeña casa en las afueras, o un mini estudio de grabación.
El agente sacó una hoja de papel A4 de un cajón del escritorio.
Vista a trasluz tenía un breve escrito que no llegaba a veinte renglones. Diezmil dólares por un papel con veinte líneas. El cerebro se debatía y el agente sentenció: “A ver Rodriguez, no me gusta la gente que duda de mí, pero como me cae simpático o me hace acordar a mí en los comienzos, le voy a dar una muestra de fe. Por mil dólares, le dejo leer la mitad de la canción. ¿Le parece? Y me estoy arriesgando mucho.”
Mil dólares, si la primera mitad era genial le pagaba el resto y cerraba el trato y si no era tan genial, me las podría arreglar para completar el resto o usarla como base de algo. Así que saqué del sobre mil y se los puse en el escritorio. El agente los guardó y cortó desprolijamente la hoja en dos. Me dio la primer parte y el guardó la otra porción en el cajón del escritorio. Con mucha ansiedad di vuelta el papel y leí diez líneas sin sentido. No tenían una idea central, no aludían a nada, eran como palabras puestas al azar sin ningún sentido. La sangre se me fue a la cabeza y miré al agente con un odio irracional. Me había arrebatado mil dólares de la manera más fácil posible. En lugar de reirse, me miró serio y me preguntó “¿Y? ¿Qué le parece Rodríguez? ¿Tenemos un trato?”
“Usted es un hijo de mil putas ¿sabe? Y yo soy un pelotudo que se dejó cagar por una manga de estafadores. Esta mierda que tengo en la mano no vale ni diez centavos y usted me robó mil dólares. Empeñé hasta lo último que tenía, pedí un préstamo y todo para esta porquería. Le voy a mandar a la policía cínico de mierda. Lo voy a hacer bosta. Lo juro. “
Me estaba yendo con el corazón a punto de estallarme en el pecho cuando la voz del agente dijo: “¡Rodríguez! ¡Usted acaba de cruzar una linea que nadie nunca cruzó! Me amenazó, y eso le va a costar el anonimato para siempre, NUNCA va a triunfar, ni siquiera por asomo. Váyase ya y olvídese del asunto. Acá tiene sus mil dólares de mierda. Le van a hacer más falta a usted que a mí. “.
Junté el dinero mirándolo con odio pero con la sensación de haber salido sin perder nada más que tiempo.
Llegando a la puerta me dijo calmado “Seguramente usted se cruzó con un viejo a la salida del edificio. Se veía exactamente como usted hace un rato ¿me equivoco?”
Me detuve y tuve la sensación que iba a revelarme algo que se me había pasado por alto.
“A ese tipo, lo tuve como usted acá , en esta oficina, hace más o menos cinco años. Igual que usted, agarró la letra de la canción y la rompió en mil pedazos, pero a diferencia de su actitud cagona y maleducada saltó el escritorio y me agarró a golpes. Después tomó su dinero y salió por esa misma puerta. Lo iba a mandar a matar o algo peor, pero me dio asco gastar mi dinero y esfuerzo en torcer algo que nunca iba a resultar. Volví a armar la canción y entró un joven buscando fama. Me ayudó y más por lástima que por agradecimiento le regalé los papeles mal pegados. Miró la letra y cuando volvió a encontrar mis ojos, le dije – confiá pibe, parece una boludez pero va a andar, confiá. Y el joven salió para su casa. Le costó cuatro años decidirse a grabarla. Y no me equivoqué. La canción se llama -Despacito-“.
Se me aflojaron las rodillas. “¿Podemos hablar de nuevo? Le pido disculpas.”

“¡Tomátelas! ¡Andate antes que te haga cagar a tiros boludo!” gritó y empujándome violentamente me tiró lejos de su oficina para cerrarla para siempre.

jueves, 8 de junio de 2017

Nuestra sangre...ese misterio

Nuestros viejos, allá por los '70, tenían una manera bastante rara de amarnos. Ante la duda desconfiaban y si algún vecino buchón nos delataba alguna fechoría nos corregían a golpe de chancleta o a mano abierta en la nuca, técnica de combate conocida como Sopapo.
Había veces que nos merecíamos el castigo, pero otras veces los vecinos mala leche nos buchoneaban para hacernos sufrir flagelos mientras ellos fisgoneaban atrás de las cortinas de sus ventanas con muy poco disimulo.
La contracara del castigo corporal, era el castigo psicológico que le agregaba mi vieja, desfondándonos el cerebro y secándole la paciencia a mi viejo.
Un día de verano, de esos de mucho calor, estábamos en la pileta de lona al rayo del sol en el patio de casa. Mi viejo estaba en la carpintería cortando madera o algo que hiciera mucho ruido y mucha mugre. Mi vieja estaba cosiendo algo imposible o desarmando un tejido en la puerta del costado con el ventilador al palo y el mosquitero cerrado.
Con mi hermana, rayados por el sol y aburridos, empezamos una de esas peleas estúpidas que siempre teníamos. Yo le tiraba agua a los ojos con un dedo pegando un tincazo en la superficie, ella gritaba “Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaá” con toda la jeta, mi vieja sin mirarnos, decía “Terminennnnlannn” y el ciclo se repetía creciendo en frecuencia, volumen y cada vez con menos paciencia. En algún momento, la intensidad del ciclo superaba la sierra circular de mi viejo y mi vieja lo incluía con frases del estilo “Che! Hacé algo con estos mocosos de mierda….Me tienen cansada. Al fin y al cabo son tus hijos tambien. ¡¡¡Un día de estos me tiro a las vías y a ver como se la arreglan sin la sirviennnnta!!!”. Mi viejo paraba la máquina y se acercaba con el cansancio de enero en la cara y en el cuerpo.
“¡Dejensé de joder!¡Paren de pelear! ¿Tamos?” nos decía mi viejo, y por lo general parábamos porque sabíamos que tocábamos un límite sensible que estaba a punto de romperse. Pero ese día, decidimos ir más allá, volvíamos a empezar de a poco el ciclo y todo volvía a cero, hasta que no nos dimos cuenta y más por repetitivos que por malos, sacamos de las casillas a mi viejo y empezó a rodear la pileta tirando manotazos. Nosotros vimos que se había ido todo al diablo sin retorno. MI viejo estaba decidido a servirnos, mi vieja gritaba algo, nunca supimos a favor de quien estaba. En un determinado momento, mi papá se hartó de todo y se mandó con zapatos y todo a la pileta y nos agarró a cachetazos limpios . “SON – U – NOS – CER – DOS” repetía como un mantra mientras nos daba rítmicamente con una mano y otra, a un hermano y a otro. Nos pegaba feo y alcancé a escuchar a mi vieja que le gritaba “¡Paráaa cheee!” sincronizado con los sopapos. En un momento paró y se fue, salió de la pileta y caminaba como un viejo ogro cansado que volvía a su cueva. Mi mamá cerró la puerta con un golpe y quedamos los dos llorando, más con miedo que con dolor. Unos minutos después mi mamá le llevó un vaso de cerveza a mi papá y cuando se lo terminó vino con nosotros. “¿Se dan cuenta como lo ponen a papá? ¿Vieron lo que le hacen hacer? Él no es así. Ustedes lo ponen así. Salgan de la pileta que hace mucho que están ahí.
Había amor en aquellos tiempos, pero a veces habían hechos que nos descolocaban. No nos entraba en la cabeza tanta incongruencia, como si nuestros viejos fueran una pareja de Jeckyll y Hydes de ambos sexos...y nosotros éramos sin saberlo la medicina que transformaba a los bellos en bestias.
No va a bastar la vida para entenderlo.


martes, 25 de abril de 2017

Absurdo amor

El destino en una ciudad chica es muy predecible. Mi corazón murió, de alguna manera maté a la persona que amaba y sin embargo es ella la que no me deja morir.
Vamos a ver si ordenamos un poco los tantos para que se entienda.
Conocí a Marité una tarde y sin entrar en mucho detalle el amor fue a primera vista. Desde entonces y por cinco años no nos pudimos despegar. Viajamos, proyectamos, nos amamos en todo sentido, experimentamos lo que nos vino a la mente, todo lo que se le pueda ocurrir a una pareja.
Un día cualquiera su mirada cambió, había algo que Marité no terminaba de plantearme y había algo que yo no terminaba de adivinar. La relación se puso tibia y las miradas se desencontraron de a ratos. Pudimos echarle la culpa a la rutina, al tiempo vivido, al normal desgaste de todo lo que pasa en esta vida pero preferí una respuesta ardiente antes que una muerte tibia. La respuesta no se hizo esperar: Marité quería ser madre. Fue el único tema y lo juro que medió entre nosotros con una fuerza tal que produjo el lejano final de los tiempos felices. Le aclaré que no estaba en mis planes, que solos estábamos bien, que no sabría que hacer, mis miedos, mis ansiedades, todo….No parecía escuchar. Por fin me miró directo a los ojos , como nunca antes me había mirado y me dijo: “Estoy embarazada. Ya sabía que vos no tenías ganas, pero mi reloj biológico no puede esperar, así que le dije a Metegol que necesitaba ayuda con ello”
“¿A Metegol? ¿Como mierda te puede ayudar ese adefesio?..¡Nooo! ¿No me digas que estás embarazada de Metegol? ¡Sos una hija de mil putas!” le grité por primera y única vez en mi vida.
Aclaración: Metegol es un travesti que es medio primo de ella y hace el mantenimiento de los juegos en el parque de diversiones Pinocho. Su nombre es Aurelio pero le dicen Metegol por su habilidad en ese juego.
Marité empezó a llorar mucho y yo me mantuve firme junto a la puerta de calle esperando que se fuera. La estaba esperando Metegol en la moto. Marité me rogó una y mil veces que volvamos a ser como antes, que si quería se sacaba a la criatura de adentro, que abortaba o lo que fuese para volver a ser felices. Mi silencio fue toda la respuesta que tuvo.
Cuando se alejaron, mi cabeza empezó a rebobinar a alta velocidad, y empecé a ver las señales, y entendí cuando pudo haber pasado y el pecho empezó a prenderse fuego por dentro y la garganta se me cerró. Como pude agarré el celular y alcancé a dejarle un mensaje en el contestador antes del infarto.
Diez días después, estaba conectado a una máquina que me ayudaba a respirar. Estaba internado y nunca supe como llegué hasta allí. Los médicos me miraban y se decían cosas entre ellos y me levantaban el pulgar. Una tarde me sacaron todo lo que me ayudaba a vivir y pude respirar solo. Me costaba ubicarme en tiempo y espacio.
“Por fin se despertó. Me presento, soy el doctor Grimaldi y usted amigo tuvo un severo infarto. Su corazón no resistió y lo encontraron muerto en su casa. Por suerte pudimos conectarlo a una compleja máquina que lo mantuvo vivo un tiempo. Y tuvo suerte amigo. Encontramos un donante compatible y la cirugía fue un éxito. Lo dejo descansar, en breve podrá irse a casa” me dijo el médico como si fuera un comercial de una aseguradora.
Una vez que volví a casa, me puse a limpiar un poco todo. No encontré por ningún lado el celular. En eso estaba cuando golpearon la puerta. Era Metegol, venía con un par de muletas.
“Pasá” le dije...Se sentó y me dijo sin muchas vueltas “Mirá boludo, con todo respeto te voy a hablar dada tu situación. Vos no tenías derecho a hablarle así a mi prima, le dijiste cosas horribles y la hiciste mierda. El hijo que esperaba era tuyo y la ayuda que le di yo fue ponerle el hombro y la oreja porque no sabía como decírtelo. ¿Entendés?”
“Bueno, ya sé, me fui al carajo mal. Pero traté de llamarla y pedirle disculpas que se yo, pero me pasó lo que me pasó. La voy a llamar y veo com...” no terminé la frase. Metegol me acostó de una trompada. Parado como poseído empezó a gritar “¡¡Está muerta pelotudo!! Cuando le sonó el puto celular y vio que eras vos se le cayó a la calle y por agarrarlo se cayó de la moto y se mató. Y NUNCA vas a poder decirle nada porque ella está en el cielo y vos vas a ir directo al infierno.” Y dando un sonoro portazo se fue para siempre, no lo vi nunca más.
Fue tremendo lo que vino después.
En las ciudades chicas el destino es muy predecible. Un conocido me dijo que si estoy vivo es porque un donante de último momento apareció en la clínica. Que el donante había sufrido un accidente por aquellos días. Que en las ciudades chicas las muertes por accidente no son muy frecuentes. No quise saber más.
Presiento quien fue la donante.
No estoy 100% seguro pero si no me quito la vida, es porque creo que mataría a Marité otra vez.
El resto de mi ser murió con el portazo de Metegol

sábado, 11 de marzo de 2017

Desafío de seguridad, una cena y un recuerdo imborrable.


A principios de los '90, la empresa para la que trabajo tenía los índices de accidente demasiado altos para los standares industriales internacionales. Empezó entonces una feroz campaña de concientización y difusión de eventos relevantes, se compraron los elementos personales de protección y se confeccionaron normas y procedimientos para realizar de forma segura las tareas. A modo de incentivo , se propuso fijar un objetivo en días de acuerdo a la criticidad de cada sector y al cumplirlo, se iba a premiar al personal con un presente y una cena en algún lugar a modo de festejo.
Tal fue el caso, que el sector donde trabajo, Mantenimiento de sistemas (MASI), logró sus flamantes 700 días sin accidentes. El supervisor tomó asistencia y confeccionó una lista de de los empleados y confirmó un lugar para el festejo.
La noche de la cena, nos encontró en las puertas de un lugar bastante paquete y céntrico, pero dada la cantidad de gente que estaba cenando , nos armaron una mesa afuera, casi en la vereda. Nos pidieron las disculpas del caso y empezó la comida. Nuestro jefe dijo unas palabras que fueron llevadas por el viento y los bocinazos, y a medida que iba avanzando la noche y las botellas, empezamos a quedar menos en la mesa de los postres. Una muchacha cantaba canciones de Gilda y no quedaba casi nadie en el lugar, cuando un anciano se acercó a preguntarnos por una parada de taxi. Tenía el aspecto de alguien solitario y que la suerte lo había abandonado. Vestía ropa que en otra epoca era elegante pero visiblemente maltratada por el tiempo.Dado que era un día de semana y era muy tarde le dijimos que difícilmente fuera a conseguir transporte alguno. De todas maneras le dijimos que se siente a compartir unos tragos con nosotros y después lo llevábamos a donde nos diga. Aceptó agradecido y nos preguntó qué festejábamos. Le explicamos de qué se trataba y pareció entender. En un momento nos preguntó si seguía trabajando en la empresa Mancuso. El negro Benavídez le preguntó “¿Qué Mancuso?”. “¡El que vino y se las puso!” le contestó. No sé si la sorpresa de la respuesta chabacana, el vino o la voz rara que puso el anciano, pero terminamos escupiendo el vino a carcajadas, incluso el negro Benavídez se paró y lo aplaudió. Y así siguió la noche el anciano contando chistes e imitando personajes de la mesa y del mundo del espectáculo. Cuando fueron las dos de la mañana, el dueño del bar nos dijo que era tarde, que disculpas, que lo había pasado muy bien pero había que cerrar. Nos ofreció como atención de la casa una sidra con la que brindamos por última vez. El anciano estaba animado y brindó por nosotros. Nos pidió una lapicera y un papel para dejarnos por escrito un saludo. Lapicera si teníamos, pero papel, sólo había un diploma encuadrado que certificaba el desafío de seguridad, así que se lo dimos y escribió algo. Nos fuimos dándonos abrazos de borrachos y cada cual siguió su camino, no recuerdo quién llevó al anciano.
Al otro día, vino el negro Benavídez y con los ojos fuera de las órbitas traía el diploma en la mano. “¡Boludos! ¿Se acuerdan del viejo que contaba chistes anoche en la cena?” nos gritaba totalmente sacado, “Miren lo que escribió”, y nos mostró el diploma.
La sorpresa fue tremenda, no terminábamos de caer. Nadie se acuerda de haber llevado al anciano a ningún lado pero nadie olvida de su cara cada vez que nos reíamos y brindábamos por él.
Cuando vimos el nombre “Carlitos Balá” escrito de puño y letra, se nos vino una parte de nuestra infancia y entendimos por qué nos parecía tan familiar su cara. Si me contaran ese encuentro, juraría que es un hecho surrealista, un sueño colectivo, una reacción de la cabeza al exceso de vino barato, pero el diploma es testigo que todo eso sucedió.
Eran los '90, todavía recordamos ese encuentro con mucho afecto.
Por Carlitos Balá, por todo lo que nos dejó y para que siga divirtiendo a grandes y chicos, vaya este brindis.


martes, 24 de enero de 2017

Estefanía

“Entra dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta.
Cuando entró al local por primera vez, permítame recordarle la situación, no paró de mirarme. Al principio me sentí halagada y su trato me sedujo. No paró de dedicarme sonrisas ni de festejar al filo de la exageración cada pequeño acto o palabra que salía de mí. Me sentí incómoda pero algo en usted se me hizo familiar, como de otro tiempo. No se de dónde pero algo me decía que usted iba a volver, y no me equivoqué. Obviamente volvió para realizar una serie de compras y un sinnúmero de consultas de las cuales usted sabía más que yo las respuestas, pero no se preocupe, no alcanzó a incomodarme, solo lo dejó a usted al borde del ridículo. Para la tercer visita se tomó un tiempo, y confieso que esperaba que sea así, eso habla de la paciencia que es una virtud en los hombres sabios. Ahí usted comenzó a desatar el nudo que todo lo une. Me preguntó por mi nombre y si el nombre del local, Electrónica Zubriesky tenía algo que ver con Diego, Diego Zubriesky. Habrá notado que no respondí rápidamente y cuando le confirmé que Diego era el dueño del local, empezó a hablarme mucho de él. Me contó acerca de como lo engañaba con sus novias de aquel entonces y sobre todo como le gustaba mofarse de su timidez. Recuerdo cuando le dije que Diego y yo estábamos juntos, fue como encender una mecha de una bomba. Usted comenzó a desplegar su artillería de gestos, sonrisas y grandes temas. Sus visitas fueron más frecuentes y se animó a citarme en un bar para el viernes próximo, cita a la cual accedí y antes de partir del local se despidió besándome apasionadamente en la boca no menos de tres veces.
Ahí me cerró quién era usted.
No fue difícil encontrar su dirección en la guía telefónica.
Veo que nunca se mudó de casa, que sigue viviendo con su madre.
Le dije que mi nombre es Estefanía, y es verdad.
También le dije que Diego y yo estábamos juntos, y eso también es verdad.
Hace unos años nos separamos, es decir Diego murió, al menos en el plano conceptual.
No podíamos habitar más el mismo cuerpo.
Estefanía, estuvo siempre.
Diego fue una aberración de la naturaleza que un cirujano extirpó.
Si usted sigue interesado en verme y recordar el pasado, sabe donde encontrarme.
Por otro lado, yo también sé donde encontrarlo.
Con mucho afecto…
Estefanía.”
- Diego….¿todavía estás despierto?
- Sí… Estoy terminando de escribir un cuento.
- Dale vení a dormir que mañana tenemos que recibir a los proveedores.
- Ya termino y voy…..che Estefi...¿Quién es el tipo que vi saliendo hoy del local?
- Nadie...Bah, un pesado que dice que te conoce de la iglesia, de cuando eran chicos o algo…¿por?
- No, por nada. Tratá de no darle mucha bola….es medio raro.
- A mi me pareció buen tipo….ahhh, el viernes me encuentro con las chicas, vuelvo tarde.
- No hay problema….andá nomás.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Leticia

Leticia era la nena gordita del curso. Tenía ojos celestes, dos trenzas enormes y una timidez que la convertían en el blanco de todas las burlas. Odiaba la escuela y sobre todo odiaba la exposición dado que temblaba y transpiraba mucho en iguales cantidades. A su papá le daba igual lo que sintiera siempre que no se quedara de grado, y su mamá empezó a preocuparse, cuando Leticia cumplió los trece años. Tenía un importante sobrepeso y una gran debilidad por la comida dulce y abundante.
Una tarde la mamá de Leticia, sin preguntar demasiado los pareceres, la llevó a una clínica de rehabilitación. Los métodos eran un tanto extraños, experimentales y poco se sabía de la reputación de los profesionales. Se sospechaba de tratamientos mediante hipnosis y yoga , hasta de torturas y suplicios. El último trimestre de tratamiento, Leticia debía quedarse internada sin contacto alguno con el exterior. Unas semanas antes del cumpleaños, Leticia apareció en la puerta de su casa y era otra persona, delgada, cutis limpio y sus trenzas se habían convertido en un increíble cabello lacio. Era increíble el cambio. Su hermoso semblante no exteriorizaba ningún gesto o emoción. A nadie le importó.
Llegados el día de la fiesta, la mamá de Leticia le había adaptado el vestido de casamiento de su madre para que se luzca como una princesa. El maquillaje y las luces la elevaron por sobre todos los asistentes. La música era el marco perfecto para ese día, la madre no paraba de llorar de emoción y el padre la miraba como la mujer en que se iba a convertir.
Llegó el momento tan esperado, la torta. Justo cuando entró la enorme confitura a Leticia le brillaron los ojos por primera vez en meses. Sonaba la música y Leticia estaba más resplandeciente. Bastó un flash de la cámara de la mamá para que se abalanzara sobre la torta mordiéndola a todo lo que le daba la mandíbula. Respiraba con dificultad pero tragaba un pedazo tras otro. El vestido manchado de crema y chocolate comenzó a rasgarse ante la mirada en silencio de los invitados. La felicidad de su rostro se transformó en una mueca deformada por las luces. La gente empezó a salir del salón corriendo. El padre cayó redondo al piso para nunca más levantarse y la madre la miraba inmóvil. Las mesas quedaron vacías y gruñendo como un animal Leticia seguía atragantándose con la crema batida. El asco provocó vómitos en los parientes cercanos que se fueron de inmediato. Solo quedaban en el salón la madre y Leticia que se había transformado en un animal depredando lo que quedaba de torta. Sus mejillas se hincharon deformándole la cara y la ropa era un harapo maltrecho y sucio. El monstruo estaba llegando al final de su faena. Cuando se vio en el espejo del fondo, paró, de repente. Se miró, observó el salón vacío y en silencio, le subió una angustia incontrolable por el pecho y buscó desesperadamente un gesto familiar , alguien que la rescate del vacío. Sintió una respiración entrecortada a su espalda. Era una presencia familiar. Se dio vuelta con los ojos llenos de meses de lágrimas contenidas y cuando se encontró con los ojos de su madre el tiempo se detuvo.
Veintisiete cachetadas le dio la madre gritando como loca “¡El vestido de mi mamá! ¡Hija de puta, el vestido de mi mamá!¡Sos una hija de puta Leticia!” mientras su rostro y el de Leticia se deformaban por distintas causas.
La única foto del evento, está pegada en una pared blanca, paradójicamente es la mejor foto que jamás se sacó Leticia. Su mamá la mira desde el otro lado de la habitación mientras repite “ el vestido….el vestido….”
De Leticia es poco lo que se sabe, se casó y vive retirada de la ciudad, nunca visitó a su madre y se cambió el nombre. Los que estuvimos esa noche aún recordamos a la gordita de ojos celestes y trenzas largas y su terrible metamorfosis.