viernes, 30 de mayo de 2014

Día 95. Mi abuelo el General.

Mi abuelo, a ciencia cierta, nunca se supo que grado logró dentro de la carrera militar. Había fotos de él bien vestido con su gorra y sus galardones pero bien podía haberlos pedido en la casa de fotos o a algun conocido con rango. Descarto esta posibilidad porque siempre se manejó con la disciplina, el orden establecido y las buenas conductas. A mí particularmente , me señaló como malo tratar de "che" o de "vos" a mi papá en lugar de tratarlo de "usted". Su vida siempre fue, aunque austera, prolija y rodeado de gente que lo servía todo el tiempo y e´l sólo se limitaba a gruñir órdenes.
Con el tiempo, su salud y su cabeza empezaron a decaer. En esa época el alzheimer se llamaba arterioesclerosis y todos los viejos tarde o temprano la padecían. Llegó el día en que, ostrado en su cama , había que higienizarlo y alimentarlo como a un bebé. Mi abuela lo hacía con muy pocas ganas pero era su labor y parecería que desde su cabeza enferma mi abuelo aun le dictaba mandatos. Se encontraban entonces mis tres tías alrededor de mi abuelo, viendolo desnudo y con el culo entalcado empezaron a salir del cascarón. "Ahí está. Mírenlo. Tanbravo que era, nos tenía cagando todo el tiempo" Dijo mi tía Rita. "A mí nunca me dio un beso. Era un ogro de mierda que no se le caía un elogio ni una lágrima, y ahora hay que limpiarle el culo. ¡como es la vida! Todo se paga, y se paga acá" dijo mi tía Bore. "Parece mentira, el viejo sorete no me dejó tener novio hasta los 20 años. Me Robó la juventud y las ganas de ser feliz. Ahi lo tenés al General. Tanta ínfula de militar retirado y termina con el culo igual de inutil que la cabeza".
Como toda respuesta, mi abuelo, emitió un estruendoso pedo que mancho de talco a las tres hermanas, que en silencio desaparecieron una a una por el foro sin decir palabra.

viernes, 16 de mayo de 2014

Dia 96 - Rascarse el culo

Estimado lector, si aún no se fue espantado por el título, por favor quédese. Necesito contarle algo que me atormenta desde siempre.
Desde niño, o mejor dicho desde bebé, mientras los rubicundos angelitos se exploraban los pitos, a mi familia le llamó la atención que en lugar de franelearme mi diminuto pene me rascara mi gordo culito.A esa edad todo es gracia y entendido como una suerte de explorar el cuerpo mientras los parientes tejen chistes y se mofan a espaldas de nuestra inocencia. Cuando fui creciendo, la manía por rascarme el culo no disminuyó en absoluto. Tardes enteras me pasé con una mano impulsando un autito a fricción y con la mano libre rascando y rascando como si a un pequeño pulpo le hubiesen puesto una cortina de jean frente a su caverna. Mis padres comenzaron a preocuparse. Mi mamá sacó quien sabe de donde un jabon que tenía una inscripción en un lado: Sarnol. Y me lavó y exfolió mi culo incesantemente hasta que los brazos de costurera no le dieron más, y con el último aliento me cagó a chirlos hasta hacerme llorar al grito de "sucio de mierda!" , frase que segun entiendo, describiría a los rebordes de mi culo. Mi papá en cambio, no se si por sabio o por vago, se encomendó a la ciencia y me llevó a lo de doña Adelaida a curarme los parásitos. Recuerdo que puso unas hebras de hilo en un plato con agua, le agregó una gotita de detergente que rompiendo la tensión superficial hizo que los hilos busque expandir la distancia que los separaba buscando los bordes del plato. "Tiene parásitos!!!" gritó doña Adelaida y se persignó cinco veces antes de recetarle unos yuyos que vendía su marido en la puerta de la casa, pero si le dabas un atado de pall mall te regalaba lo que necesites. Ni el Sarnol ni los yuyos ni la medicina tradicional lograron curarme, pero cuando tomé la comunión , descubrí los pantalones de sarga y fue un alivio temporal.
Cuando ya era adolescente, aprendí a disimular mi tormento buscando soledad y escondites, generando esta suerte de joven aislado y retraído cuyo fantasma me persigue hasta hoy. Cuando me encerraba largos cuartos de hora en el baño a rascarme a diestra y siniestra, mi viejo lo confundía con onanismo comun y corriente y se hacía el complice cuando salía mientras me hacía la habitual seña de la paja cn la mano derecha . Patetico. Yo insistía que había cagado mucho (me valía para ello de soretes falsos hechos de higienico mojado que arrojaba en secuencia acompañado de un sordo mugido). Mi vieja le decía en voz baja a mi viejo "se va a descalcificar!!! primero los parásitos, ahora esto...que sigue?? ehhh?? contestame y deja de hacer "eso" con la mano"...Era una película de Fellini.
Al irme a vivir solo, mi vicio despuntó su apogeo. Solía pasarme días en la ventana recostado contra una cortina que ocultaba mi mano activa, mientras con la pasiva sostenía la lata de cerveza o el mate, segun la hora del día. Esto me consumió casi 15 Kg ya que comía lo justo, indispensable y lo que no hubiese necesidad de cortar con un cuchillo. Toqué fondo cuando las pocas jovenes que atraídas por mi solitaria y misteriosa vida decidían pasar la noche conmigo y a la mañana huian de mí y mi inmundo hábito. Llegué a pagar a prostitutas caras, esas que te dan latigazos y te orinan, para que me rasquen durante un turno. Como mi fetiche no entraba en ningun esquema, las jodidas se aprovechaban y me cobraban cualquier cosa. Claro, las putas la pueden chupar, ponersela en el orto, en cualquier lado, pisarte la espalda, insultarte o atarte si es requerido, pero rascar el culo del cliente es algo selecto y que no cualquier acompañante está dispuesta a hacer.
Fue mas barato ir a terapia.
Con el correr de los años, el analista (vaya destino) me convenció que si yo era feliz y si encontraba con quien compartir esta actividad politicamente incorrecta pero 100% legal, iba a pasarla bien e iba a poner el foco en otras cosas. Me busqué actividades para dos manos (leer, cocinar, escribir en la compu, etc) y dejé de usar calsoncillos y compré un buen talco berreta.
Desde entonces lo controlo, hago lo que puedo bah. Traté de contactar a mas gente que padezca como yo esta dolencia, no por consagrar el adagio que dice "mal de muchos..." sino por ver que hacían por superarlo, y si juntábamos un grupo, hacer un encuentro u organizar jornadas o hasta un centro de ayuda.
No sé si perdí la sensibilidad, me curé un poco o son las actividades, pero ya no me rasco el culo como antes.
Estoy seriamente pensando en comprarme un perro.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Dia 97 - Odioso con el calor.

 
 
Cuando llega el verano me pongo particularmente de mal humor.
Hay muchísimas causas, algunas olvidables y pedorras y otras de hondo contenido social, político y de relación.Entre las más leves y tolerables, se encuentra mi facilidad para transpirar copiosamente, lo cual me dificulta las tareas mas simples como escribir la lista de los mandados, descolgar la ropa de la soga,fumar, hacer el amor sin que las panzas hagan sonidos escatológicos y después nadar en un pantano hediondo de sudor, ponerme ropa, cocinar algo al horno o parrilla, etc. Hay cuestiones más sensibles que tienen más que ver con mi sensibilidad que con el calor, por ejemplo bailar en una fiesta sin chivar como un cerdo o saludar alguien con un beso o un abrazo y pasarle mis fluidos corporales de manera humillante y atroz.
Pero hay algo que me saca por sobre todas las cosas. Las metamorfosis de los vehículos.
Viste como le afloran a los automóviles una suerte de aletas amorfas colgando y cuando llegan a unas esquinas se despegan de la chapa para luego caer fofas de nuevo adhiriéndose como gruesos y viscosos tentaculos. Seguido de este grácil movimiento, el vehículo se cruza violentamente de mano arrollando todo a su paso.
Otro vehículo con ruedas que sufre transformaciones, es el changuito de supermercados. Sobre el barral donde uno lo toma para conducirlo y llevar a buen rumbo, aflora una suerte de gárgola fofa y maloliente que se desploma gracilmente dejando una suerte de hamaca paraguaya de cuero húmedo colgando del caño.
El calor me pone intolerante y básico, tiendo a ser muy introspectivo por necesidad.
Ojalá me llegue el aire que compré el mes pasado.
 
 

jueves, 24 de abril de 2014

Dia 98 - Joyas familiares (parte I)


Susana y sus demonios.

  Susana, esposa de un primo mío, tenía sus demonios, pero no eran enfermedades imaginarias ni fantasmas del pasado. Eran sus palpables cuatro hijos Eliana, Angelina, Martín y Pablo el más chico. Cada mediodía, o cada noche eran un pequeño averno la cocina y el comedor de diario. La mesa donde se realizaban el 85% de las tareas del hogar, era una montaña inimaginable de cosas, algunas orgánicas y otras no tanto. Creo que si alguien se tomara el trabajo, encontraría fácilmente 6 elementos que no figuran en la tabla periódica de Mendeleiev y al menos una decena de neurotóxicos peores que el ántrax. Esa tarde los planetas se alinearon y el mundo estalló. Susana se encontraba cocinando panqueques, la única manera de disfrazar verdura que tenía para que los cuatro gremlins y el Neanderthal del marido metan algo sano en su cuerpo para no volverlo a sacar, al menos por el sitio por donde ingresó al organismo. Todo estaba "normal" hasta que pasó, la mayor de las hermanas, Eliana, había escuchado que la plata no alcanzaba para nopucid, y si la racha de piojos seguía no quedaba otra que pelarlos a los cuatro. En un inocente intento por ayudar, y valiéndose de una humillante tijerita de actividades prácticas, empezó a ejercer su prematuro oficio de peluquera. A fuerza de coraje y coscorrones que proporcionaba a los hermanitos, so pretexto de no molestar con gritos ni llantos innecesarios a su mamá, Eliana fue literalmente podando la cabeza de Angelina, quitando lo feo y dejando los brotes tiernos para mejorar el plantel capilar en la próxima luna. Con Martín la cosa fue un poco más complicada. El niño no cesaba de decir que no con la cabeza, no se sabe bien si negaba la realidad o sólo con este método, distribuía en prolijas parcelas los coscorrones y tijeretazos en armoniosos círculos  asegurando así, una especie de empapelado ecológico en 3D. Pablo en cambio aprovechó para ayudar a Susana en la cocina. Mientras ella rellenaba los canelones, el niño empezó a llevar los utensilios a la bacha para lavarlos. Una masa viscosa con gusto rico, bañaba parte de los enseres y le preguntó a la mamá si podía ayudar a limpiarlos. Evidentemente Susana no tenía idea, como la mayoría de las madres, que cuando dicen sí, abren la caja de pandora a la creatividad más destructiva que anida en cada ser humano esperando un permiso que casi nunca llega. Ante el visto bueno, sin verlo, Pablo empezó a lamer cada utensilio sucio con aires de sibarita. Ordenó el bol, la cuchara, el cucharón y dejó para el final la cuchilla. Dando rienda suelta a su fetichismo por los objetos, su cabeza parecía flotar en un mar de masa cruda de panqueque, placer y vicio rozando el delicado filo del dolor y lo prohibido, era todo un sadopanquequista. Cuando llegó al cucharón, se le vino la brillante idea de meter el manguito por su pequeña boca con tan mala suerte que la pequeña curvatura que posee en el mango, se enganchó de su campanilla. Lo que siguió fueron arcadas, vómitos, gritos ahogados, hasta que comprendió Pablo, que la única manera de que le den bola era hacer un ruido significativo, y ahí comenzó a romper platos. Promediando el tercero o cuarto plato, Susana apareció en la puerta de la cocina con aspecto de asesino serial acorralado. Al a su pequeño, pasó por su cuerpo y su cara no menos de veinte estados de animo, todos ellos destructivos y desesperantes, y tomó al pequeño por algún lado limpio que encontró y a los gritos pelados, reunió a todos en la sala para ir al hospital de la otra cuadra. Dantesca fue la imagen que encontró al ver a la novata coiffeur y sus primeros y atormentados clientes. En un rapto de claridad, dejó una nota al Neanderthal y salió con los cuatro engendros a la guardia para que al menos un problema se solucione. Describo el cuadro porque así lo vi, de izquierda a derecha y sentados en un banco de sala de espera estaban: Eliana, con cara de "yo no fui"  y reprimiendo las frases "tengo hambre" y "cuando nos vamos" para un momento más oportuno. Angelina, se señalaba en silencio la cabeza y señalaba a Eliana en un incidental homenaje al gran Marcel Marceau. A Martin no se le distinguía donde comenzaba y donde terminaba el pelo, era como el muñeco ese que le crecía pasto en la cabeza pero regado con ácido. Susana retorcía en silencio un pañuelo, sólo eso hacía, y recitaba algo en idish. Pablo, miraba al frente, aún con el cucharón en la garganta, con convulsiones y suspiros y cada tanto mirando de reojo a su mamá a ver si daba para llorar un poco o seguir así en silencio sin joder demasiado hasta que el doctor de guardia se digne a atenderlos. Ahí, justo ahí, llega mi primo irrumpiendo en la guardia al grito de "Susana!!! Que hiciste??? La cocina es un desastre y los canelones se re quemaron! me querés decir que comemos hoy?...contestame che! estuve todo el día laburando, merezco algo de respeto!!!".
  Esto pasó hace veinticinco años. Recién ayer, Susana consiguió parpadear con los dos ojos al unísono. El médico espera que en los próximos meses deje de canturrear en idish y controle esfínteres...

martes, 22 de abril de 2014

Dia 99 - Hoy empieza el fin...

Acá empieza, o mejor dicho se desenredará un ovillo que durará sólo 99 entradas.
No habrá más.
Luego de eso, el pez por fin quedará panza arriba.
Cada entrada podría pensarse como un grado centígrado que aumentará el agua de esta pecera que nos tiene encerrados.
No digo nada nuevo cuando escribo que son tiempos complejos como para escribir y leer, en lugar de accionar y cambiar eso que no nos gusta.
¿vos, además de leer esto, hiciste algo por cambiar las cosas hoy?
no digo grandes cosas, sino mirar a alguien a la cara y no mentirle, por ejemplo, o actuar de acuerdo a nuestras ideas.
Parece dificil...y cansa..
es más facil mentir y acomodar.
Pues este pez se cansó de nadar.
Hoy empiezo a mirar el mundo y a escribir, sin hacer nada por cambiar nada, sin pretender que las cosas mejoren a partir de 28 letras.
Me voy a lavar la cara y a poner un asunto en orden.
Mañana o cuando tengamos ganas de leernos, nos volvemos a encontrar.
Si tenés ganas de contar que te cansó y no pudiste cambiar, aunque sea para que lo tengamos escrito como un mudo testimonio de la derrota, acá estaré.
Prometo leer...y escribir