No se puede poner los nombres verdaderos, porque se trata de menores. Se cambian por otros de ficción.
Verónica cumplía los 15 en la ciudad de San Pedro, y sus padres habían organizado una fiesta familiar y amigos íntimos en una quinta alquilada. Los amigos de Verónica se fueron contactando por whatsapp y algunos invitaron a otros. Su amiga más cercana, Valeria, había invitado a un grupo del Club Náutico que frecuentaban el boliche y entre ellos se encontraba Pablo, su nuevo noviecito. Los padres habían organizado y dispuesto todo en forma prolija y hasta unos viejos compañeros policías del papá de Verónica, se ofrecieron para cuidar el orden y el buen desempeño de la fiesta.
Como era de esperar, todo iba desarrollándose conforme a la noche que acompañó como nunca con una luna llena espectacular. Pasaron el video, el vals y Verónica estaba pasando la mejor noche de su vida. Se estaba repartiendo el cotillón cuando desde afuera, entran en shock y con la ropa destrozada Valeria y Pablo. Tenían el aspecto de haber recibido una paliza, a ambos les faltaban el calzado y los celulares. Valeria tenía la ropa interior rota, señal de haber sido penetrada y Pablo estaba temblando como una hoja. Después de tomar algo fuerte, pudo decirle Pablo al papá de Verónica que con Vale se habían ido a la cancha a estar un rato solos cuando un grupo de cuatro chicos armados con revolver, salió de la nada y le sacaron los celulares y las zapatillas. No contentos con esto, manosearon a Vale y le pegaron a Pablo un par de trompadas, y los obligaron a tener relaciones mientras los filmaban con el celular de Vale. Pablo interrumpió el relato varias veces para preguntar como estaba Valeria, mientras que el grupo de chicas que la rodeaba no conseguían sacarle una sola palabra. "¿Podés reconocerlos si los volvés a ver?" preguntó uno de los amigos del papá de Verónica a Pablo, y este asintió con la cabeza. "¡Vamos a la policía a hacer la denuncia!" dijo el papá de Verónica..."¡No!" dijo Vale "¡Si hacemos la denuncia, dijeron que iban a subir el video a youtube!" No era fácil la situación, cada vez que se quería avanzar con la denuncia, Vale se ponía peor y hasta llegó a descomponerse. Vino una doctora de la unidad de emergencia y la revisó, le inyectó un calmante suave y la llevó a la casa acompañada por la mamá de Verónica. El padre de Vero acompañó a Pablo y trató de convencerlo que haga la denuncia, que era importante que no quedara la cuestión así nomás, pero Pablo insistió en lo importante que era que no se sepa lo que pasó, que lo único importante era lo que quisiera Vale, sólo si ella estaba de acuerdo hacían la denuncia. "Presteme el celular por favor, quiero bloquear el mío y el de Vale para que estos hijos de puta no puedan usarlos, al menos por un tiempo." El papá de Vero le dio el celular a Pablo y este tecleó un rato varios numeros y acciones. "Gracias", dijo devolviendo el celular a su dueño, "Al menos por dos días no los van a poder usar, ya veremos mañana que hacemos. Dejeme acá nomás, vivo en la otra cuadra, ya estoy mejor."
Le preguntó varias veces si estaba seguro y Pablo insistió que sí, que no quería preocupar a los padres llegar acompañado y que mañana de día les iba a explicar mejor lo sucedido. Y desde allí caminó solo.
Faltaban veinte metros para llegar, cuando de la oscuridad salieron cuatro sombras que se le acercaron hasta rodearlo. Al verla Pablo se puso blanco y casi se desmaya, se trataban de los atacantes de la fiesta. "¡Que te pasa pelotudito! ¿Ya no nos conocés?" dijo el más grande de ellos. "¡Ah, la puta que te parió!" dijo Pablo "¡Me asustaron hijos de puta!". "¿Que te quedaste haciendo boludo? ¿Te quedaste sacando la cintita dela torta?" . "¡No boludo! No me largaban más, y querían llevarme a la cana a hacer la denuncia. ¡Che! ¡Denme las zapatillas y el celular! ¿Tienen el video?" . "¡Si boludo! ¿Te lo paso?". "¡No! Borralo...Vale quedó medio para la mierda" dijo Pablo, "¡Ya fue! Si la sigo me deschavo...mejor me abro"
Los cuatro se fueron por donde vinieron y Pablo les gritó "¡Che boludos! ¿Y el celu?"
"Olvidate, lo hicimos plata..." le dijeron "¡Ya te hicimos la gamba para ponerla! ¿Qué más querés? ¡Tomátelas!"
"Hijos de puta" murmuró Pablo, mientras se metía en la casa de sus viejos.
http://canalwebsanpedro.com.ar/cuando-los-teniamos-a-estos-dos-tipos-venian-estos-dos-chicos-del-medio-del-campo-en-ropa-interior/#more-52152
martes, 17 de marzo de 2015
miércoles, 11 de marzo de 2015
The end
Cuando me propuse escribir 100 dias de historias en este blog, lo vi recontralejano, imposible. Por limitación en ideas y por falta de tiempos y voluntades.
De a poco fue fluyendo, hubo días buenos, hubo días malos, hubo sólo basura...
Pero estos textos fueron escritos pensando que vos te ibas a animar a seguir leyendo, que de a poco íbamos a terminar por cuasi conocernos. Escribir no es lo mío, y no lo digo con un dejo de falsa modestia, simplemente me cuesta sacar de la cabeza una idea y formarla para que termine como un texto escrito. Admiro a quien lo hace.
Como sea, acá estoy, escribiéndote esta especie de despedida y vos leyéndola. ¿Viste?
Si llegaste hasta acá no fue por accidente.
Y te agradezco el tiempo dedicado.
Esto es lo último que voy a escribir, el pez que andaba panza arriba terminó de fingir y volvió a andar como siempre anduvo, y se volvió un pez igual que todos los otros del cardúmen.
Ojalá lo hayas pasado un poco bien y te hayas entretenido con las entradas, yo me divertí bastante haciéndolas.
Al principio nadie leyó nada de esto, hoy vi que hay cerca de 3300 visitas, mucho más de lo que esperaba.
A vos, que llegaste hasta acá ¡Muchas gracias!
Si te gustaron las historias estoy por acá
grupotranseuntes@gmail.com
Suerte y adiós.
Panza arriba.
marzo del 2015
fin.
De a poco fue fluyendo, hubo días buenos, hubo días malos, hubo sólo basura...
Pero estos textos fueron escritos pensando que vos te ibas a animar a seguir leyendo, que de a poco íbamos a terminar por cuasi conocernos. Escribir no es lo mío, y no lo digo con un dejo de falsa modestia, simplemente me cuesta sacar de la cabeza una idea y formarla para que termine como un texto escrito. Admiro a quien lo hace.
Como sea, acá estoy, escribiéndote esta especie de despedida y vos leyéndola. ¿Viste?
Si llegaste hasta acá no fue por accidente.
Y te agradezco el tiempo dedicado.
Esto es lo último que voy a escribir, el pez que andaba panza arriba terminó de fingir y volvió a andar como siempre anduvo, y se volvió un pez igual que todos los otros del cardúmen.
Ojalá lo hayas pasado un poco bien y te hayas entretenido con las entradas, yo me divertí bastante haciéndolas.
Al principio nadie leyó nada de esto, hoy vi que hay cerca de 3300 visitas, mucho más de lo que esperaba.
A vos, que llegaste hasta acá ¡Muchas gracias!
Si te gustaron las historias estoy por acá
grupotranseuntes@gmail.com
Suerte y adiós.
Panza arriba.
marzo del 2015
fin.
martes, 10 de marzo de 2015
Día 1 - Naranjas
Como la mayoría de las historias, ésta tiene dos comienzos.
Veníamos del Tigre con mi familia una tarde hace unos meses
en el auto por la ruta nueve, cuando a la altura de San Pedro un rastrojero
subió a la autopista y se le cayó un cajón de naranjas. El cerebro se me
paralizó y cerrando los ojos clavé los frenos. El auto comenzó a hacer un
trompo y se fue a la banquina. Mi mujer y mis hijas dormían hasta el accidente,
y se sobresaltaron hasta el infarto. Las imágenes me pasaban como una película,
yo veía todo desde afuera, como un espectador. Los sonidos eran confusos y
carecían de agudos, hasta que mi hija menor me tocó el hombro y me dijo
"Papá...¿Estás bien?". Recién ahí volví a la realidad, mi mujer
gritaba mi nombre sin parar y un par de personas que no conocía me preguntaban
cosas típicas para constatar daños cerebrales o algo de eso. Me di vuelta y
constaté que estaban todos bien, un poco sacudidos pero nada grave. Salí del
auto y todo estaba casi en orden, ningún herido ni autos chocados por suerte.
Intercambiamos los datos del seguro con los otros dos conductores que
despistaron por mi maniobra y retomamos el regreso a casa. "Me dormí"
le mentí a mi esposa.
El comienzo de esta historia, data del año 1980. Teníamos
diez años y mucho tiempo al pedo. En el fondo de mi casa, había un limonero y
cuatro árboles de una naranja salvaje que llamábamos bergamota. Como fruta era
incomible, pero se usaba la cáscara seca para el mate y el resto, se lo tirábamos
a las gallinas, porque según mi abuelo Ramón, servía para endurecer la cáscara
del huevo. El sobrante de naranjas, eran elementos de diversión masiva.
Jugábamos a ver quien aguantaba más tiempo con un gajo en la boca. Era
horrible.
Un día descubrimos que podíamos usar las naranjas para
ejercitar puntería. Desde la terraza de uno de los chicos del barrio,
improvisamos un juego de bochas que consistía en arrojar las naranjas por
turnos y ganaba quien dejaba una lo más cerca posible de un punto elegido de
antemano. Un día, sin querer, una de las naranjas impactó de lleno en el techo
de un auto. Como los móviles de aquellos tiempos eran robustos y fuertes, no
sucedió nada con la chapa del techo y el auto siguió si detener su marcha. Fue
una revelación.
Como jugar y hacer daño en algún momento de nuestra vida no
difiere demasiado, nos dedicamos a lanzar naranjas a los autos. Para ello,
había que ser precisos pero sobre todo cautos. La maniobra era imposible, había
que arrojar la naranja en una parábola pero había que estar escondido para que
el chofer no sepa quien fue el que le tiró el proyectil. Los objetivos fueron
los camiones y colectivos y teníamos un singular éxito.
Una tarde, encontramos en casa un frasco con clavos para
madera. Mi papá era carpintero y no era raro encontrar este tipo de cosas en
casa. Se nos ocurrió ponerle clavos a las naranjas, cuatro o cinco por cada
una, cosa que si algún chofer juguetón pisaba las frutas se iba a llevar una
fea sorpresa. Armamos las "naranjas miguelitos" como las llamamos y
las regamos por la calle, mientras esperábamos pacientes. El juego era más bien
aburrido y no tenía la adrenalina del otro donde ejercitábamos puntería, pero
era infinitamente menos riesgoso. Ya nos estábamos por volver cada uno a
nuestra casa cuando de pronto pasó. Un colectivo de la línea 515 pisó al menos
cinco naranjas, reventando las tres gomas del lado izquierdo, girando
violentamente e impactando de lleno en la pared de la carnicería del barrio.
Salió gente de todas las casas y no tardaron en arrimarse al lugar del choque.
Fue la primera vez en mi vida que vi gente grande llorar. Mi papá se acercó y
nunca supe como , pero algo sospechó que teníamos que ver. Me llevó a casa y me
pegó mucho, en silencio, sin saber por qué, pero creo que esperaba que le diga
algo. Como era una costumbre pegarnos, me aguanté y no dije nada, igual que lo
hicieron Diego y Marcelo mis dos amigos y compañeros de travesura. Al otro día
nos cruzamos los tres, ninguno dijo nada, ninguno diría nada nunca. Se nos
notaba que algo se había roto esa tarde. Supimos que una persona murió en el
accidente del 515, y que hubo muchos heridos, pero nada más. No quisimos saber
nada más. Para nosotros era suficiente.
Por eso, 35 años después el destino me muestra lo pequeños y
vulnerables que somos, y que todo lo que uno hace y no resuelve, vuelve.
Esta historia no la pude contar nunca, a nadie. Si Diego y
Marcelo (omito los apellidos por razones personales) llegan a leer esto de pura
casualidad, ya que no son muy afectos a los blogs, creo que no les va a causar
mucha gracia.
A mi tampoco me causa escribirlo, pero esta vez lo siento
necesario.
A lo mejor así, me lo puedo sacar un poco de la cabeza,
aunque desde el accidente con mi mujer y mis hijas, no paro de pensar en el
515, las naranjas y los clavos.
Me cuesta dormir y ya no tengo paz.
lunes, 9 de marzo de 2015
Día 2 - Jurados
Hace unos días fui a ver una serie de obras de teatro en el marco de un festival provincial donde los jurados elegirían una para representar a la provincia en la fase nacional del mismo.
En el medio de una de las obras, sentí muchas ganas de irme, o al menos levantarme y gritarle a los actores que se pongan las pilas o devuelvan el dinero. Aquello era un verdadero asco. Dos mujeres gritaban cosas incomprensibles mientras que dos flacos barrían el escenario tarareando "la bamba" todo esto bañado de una luz azul que viraba hacia los magenta. El escenario era un tiradero de mugre, elementos innecesarios y objetos que nunca utilizaron los actores.
Estaba realmente incómodo hasta que vi a un flaco entre el público que tenía la mirada muy atenta, a pesar del embole que transmitía con el resto del cuerpo salvo los hombros que apuntaban hacia adelante. Era uno de los miembros del jurado.
Pobre flaco pensé, él sí está jodido, no puede irse alegremente...es más, debe quedarse hasta el final, y hasta todos los finales de las obras.
Intenté ponerme en los zapatos del pobre tipo....imposible.
Imagínese estimado lector, tener que ver o escuchar o leer algo que apesta y encima de eso, elaborar un puntaje o una crítica constructiva o algo que con mucha paciencia iba a terminar beneficiando sólo a una persona o grupo y ganarse el odio de un montón más...
¡Qué insufrible debe ser! No poder pararse y decir "¡Esto es una cagada! ¡Me voy a perder el tiempo en algo más productivo!" o al final del festival decir como conclusión "¡La mayoría de las obras fueron una cagada inentendible! ¡Dediquensé a otra cosa pero no le roben más la plata a la gente! ¡Lo siento, esto no es lo suyo!"
Pero diosa paciencia, prima hermana de la hipocresía y parienta lejana de la diplomacia, hace que estos pobres seres, los jurados, traguen hondo y elaboren informes embetunados en vaselina y con cara de alegría señalar los puntos positivos, y a lo inentendible señalarlo como innovador o transgresor.
A los 5 minutos o 10 como mucho, uno se da cuenta si lo que ve es una bosta o es sublime. Hay imbeciles que piensan que si empezó mal la obra, con el proceso y el tiempo puede mejorar. Mentiras.
Pensemos en este ejemplo. Sos un jurado en un concurso de comidas y te sirven un sorete, de verdad, sin metáforas, un pedazo de mierda en un fino plato blanco. Vos lo probás y le insistís al cheff que es una mierda, que sabe a mierda, y el cheff te dice "¡Ehhh!¡Cómo se atreve a prejuzgar tan rápido si no lo terminó! ¡Eso que aún no probó la salsa de hongos marroquíes y el postre!"
No digo que hay que plantar la bandera en los primeros minutos de una obra o en las primeras lineas de un texto, pero la mayoría de los hechos artísticos si empiezan mal, acaban peor.
Estaba pensando en esto cuando el flaco del jurado, pestañeó largo, tomó aire y abrió los ojos mirádome como si me hubiera leído la mente. Cerró los ojos y asintió con su cabeza y siguió mirando derrotado, lo que quedaba de la obra.
Miré a mi alrededor y algunos me ponían un gesto de desagrado, otros como de resignación.
Juro que en el transcurso de todo esto que escribí, no dije una sola palabra en la sala, ni hice ningún quejido o suspiro o algo parecido.
A lo mejor eso de pensar en voz alta es cierto.
O tal vez debí usar menos desodorante.
Como sea, ¡Que laburo de mierda es ser jurado!
En el medio de una de las obras, sentí muchas ganas de irme, o al menos levantarme y gritarle a los actores que se pongan las pilas o devuelvan el dinero. Aquello era un verdadero asco. Dos mujeres gritaban cosas incomprensibles mientras que dos flacos barrían el escenario tarareando "la bamba" todo esto bañado de una luz azul que viraba hacia los magenta. El escenario era un tiradero de mugre, elementos innecesarios y objetos que nunca utilizaron los actores.
Estaba realmente incómodo hasta que vi a un flaco entre el público que tenía la mirada muy atenta, a pesar del embole que transmitía con el resto del cuerpo salvo los hombros que apuntaban hacia adelante. Era uno de los miembros del jurado.
Pobre flaco pensé, él sí está jodido, no puede irse alegremente...es más, debe quedarse hasta el final, y hasta todos los finales de las obras.
Intenté ponerme en los zapatos del pobre tipo....imposible.
Imagínese estimado lector, tener que ver o escuchar o leer algo que apesta y encima de eso, elaborar un puntaje o una crítica constructiva o algo que con mucha paciencia iba a terminar beneficiando sólo a una persona o grupo y ganarse el odio de un montón más...
¡Qué insufrible debe ser! No poder pararse y decir "¡Esto es una cagada! ¡Me voy a perder el tiempo en algo más productivo!" o al final del festival decir como conclusión "¡La mayoría de las obras fueron una cagada inentendible! ¡Dediquensé a otra cosa pero no le roben más la plata a la gente! ¡Lo siento, esto no es lo suyo!"
Pero diosa paciencia, prima hermana de la hipocresía y parienta lejana de la diplomacia, hace que estos pobres seres, los jurados, traguen hondo y elaboren informes embetunados en vaselina y con cara de alegría señalar los puntos positivos, y a lo inentendible señalarlo como innovador o transgresor.
A los 5 minutos o 10 como mucho, uno se da cuenta si lo que ve es una bosta o es sublime. Hay imbeciles que piensan que si empezó mal la obra, con el proceso y el tiempo puede mejorar. Mentiras.
Pensemos en este ejemplo. Sos un jurado en un concurso de comidas y te sirven un sorete, de verdad, sin metáforas, un pedazo de mierda en un fino plato blanco. Vos lo probás y le insistís al cheff que es una mierda, que sabe a mierda, y el cheff te dice "¡Ehhh!¡Cómo se atreve a prejuzgar tan rápido si no lo terminó! ¡Eso que aún no probó la salsa de hongos marroquíes y el postre!"
No digo que hay que plantar la bandera en los primeros minutos de una obra o en las primeras lineas de un texto, pero la mayoría de los hechos artísticos si empiezan mal, acaban peor.
Estaba pensando en esto cuando el flaco del jurado, pestañeó largo, tomó aire y abrió los ojos mirádome como si me hubiera leído la mente. Cerró los ojos y asintió con su cabeza y siguió mirando derrotado, lo que quedaba de la obra.
Miré a mi alrededor y algunos me ponían un gesto de desagrado, otros como de resignación.
Juro que en el transcurso de todo esto que escribí, no dije una sola palabra en la sala, ni hice ningún quejido o suspiro o algo parecido.
A lo mejor eso de pensar en voz alta es cierto.
O tal vez debí usar menos desodorante.
Como sea, ¡Que laburo de mierda es ser jurado!
martes, 3 de marzo de 2015
gracias...
en tres entradas más este blog se termina....ojalá lo hayan pasado tan bien como lo estoy pasando yo.
está bueno escribir pero no es lo mío...
no se bien qué es lo mío.
me siento un poco caradura pero lo pasé bien sabiendo que alguien lee lo que escribo.
nos vemos en un rato.
chau
está bueno escribir pero no es lo mío...
no se bien qué es lo mío.
me siento un poco caradura pero lo pasé bien sabiendo que alguien lee lo que escribo.
nos vemos en un rato.
chau
Día 3 - Diarios de fotografía cordobesa en Villa Constitución
En cada acontecimiento importante de
Villa Constitución, el Cordobés siempre estaba inmortalizando el
momento con su cámara de fotos. Cuentan que la ganó en una rifa del
Cuartel de Bomberos Voluntarios y que el equipo estaba bastante
completo, tenía un flash enorme y una valija de cuerina.
Nunca tuvo tiempo de usarla hasta que
se jubiló de su puesto en la Mutual de Empleados de Comercio.
Una tarde se dio cuenta que la
economía no le cerraba y pensó en vender la cámara de fotos. Sin
éxitos y con pocas reservas para comer, decidió experimentar un
poco con el artefacto. No parecía tan complicado después de un rato
de hacer foco y calcular luminosidades. Aprendió solo a calcular
velocidades de obturación y a darle el flash necesario a las
escenas.
Salió entonces a probar suerte en una
plaza donde había una pareja paseando un perro. Quiso la suerte que
le pidieran una serie de fotos del perro, pero el cordobés les
aclaró que solo se estaba distrayendo. La pareja insistió con pagar
las fotos por adelantado y una luz se le hizo al cordobés en la
cara.Por fin se le iluminaba el panorama, iba a tener un ingreso
regular. Improvisó una suerte de agenda y organizó su trabajo. No
tardaron en llamarlo de fiestas, graduaciones y todo aquello que
parecía importante en Villa Constitución. La paga no era cuantiosa
pero aomía regularmente en los ágapes e inauguraciones. La gente lo
llamaba más por solidaridad que por el trabajo en sí mismo ya que
la mayoría le tenía un particular afecto. Fue así que estaba
presente en el choque de la ambulancia con el tractor en Rueda, en el
suicidio de Gamerro el contador, en la suelta de palomas por la
venida del Papa a la Argentina y cuando ascendió el club Fortín al
Nacional B metropolitano. Prácticamente la historia de Villa
constitución pasaba por sus ojos.
Un día, sin mucho preámbulo
falleció, su corazón desbordado de emociones dijo basta y fueron
los mejores años de su vida. Toda una vida encerrado en el depósito
de la Mutual ordenando papeles lo habían privado de la vida social.
Luego del velorio, su único hermano
que llegó desde Cruz del Eje, pasó a ordenar los papeles de la casa
paterna donde vivía el cordobés. En eso estaba cuando casi todo el
pueblo tocó la puerta. Los gabitantes de Villa constitución se
excusaron y entendían el dolor y el mal momento, pero no podían
dejar de pasar a saludar y si se podía a buscar el trabajo
fotográfico del cordobés, ya que constituía en la más fiel de las
miradas e iba a servir para ilustrar un libro que se estaba gestando
acerca de la historia del pueblo. La gente ofreció a pagar como sea
por ese valioso tesoro tratando que no se pierda para siempre como
suele suceder con las cosas importantes.
El hermano del cordobés frunció el
ceño feo. Después de unos minutos de mirar el piso sentenció, “¡Mi
hermano jamás en la puta vida sacó una foto! ¡No tenía idea como
hacerlo! Es más, ¡No tenía máquina!”
Se adelantó Filipelli el de la
gestoría, para corregir al forastero, y le describió el maletín y
la agenda donde constaba la incansable labor del fotógrafo de Villa
, como solían conocerlo. Revolviendo encontraron el maletín y la
multitud respiró aliviada. En la agenda constaban todos los trabajos
del cordobés, fecha por fecha, dato por dato, apellido por apellido.
Sólo restaba encontrar las fotos.
El hermano del cordobés los miró con
los ojos más abiertos que nunca. “¿Alguno ha visto las fotos de
mi hermano? ¿Le pagaron?”
“¡Por supuesto que le pagamos!” y
enseguida recordaron que nadie nunca había visto una sola foto del
cordobés. Se miraron los unos a los otros hasta que todas las
miradas recayeron en Mancino, el dueño de la óptica de Villa. “¡A
mi nunca me compró un solo rollo!” dijo mirando al resto como
esperando el dato que hiciera feliz a todos. Pero esa respuesta nunca
llegaría. Todo era silencio en la casa, hasta que el hermano del
cordobés preguntó “¿Alguien le explicó a mi hermano que la
máquina lleva un rollo?”
Así se fue el proyecto del libro por
la borda. Sólo el cordobés sabía que había pasado con las fotos.
La mayoría creen hasta hoy que el tipo los cagó, lisa y llanamente.
Unos pocos aun siguen buscando la historia perdida. Por un momento,
el cordobés había sido alguien, y eso sí que nunca se lo iban a
poder quitar.
sábado, 14 de febrero de 2015
Día 4 - Edgar
Cuando niño, Edgar era el típico chico gordito del grupo. Lo elegían último para formar los equipos de cualquier deporte y era el primero en recibir las burlas de todos los demás, aún cuando la causa haya sido cualquier otro chico.
Su estómago crecía a pesar de los deportes, las dietas y las prohibiciones de las cosas lindas de la vida. Ni siquiera estaba bien visto que lea acostado en su cama ya que según su padre, además de obeso iba a ser un homosexual. Su vida fue un calvario por aquellos tiempos. de todas formas se las ingenió para inventarse combates épicos en miserables partidos de futbol, o relatar mentalmente los avatares de una reñida carrera en bicicleta. Sus maestras de lengua, alababan las composiciones de Edgar, realmente eran creativas y cargadas de una atmósfera llamativamente gris y oscura.
Sin embargo, parte del vaticinio paterno se volvía una triste realidad, al talentoso niño todos le llamaban "gordo puto" sin ningún escrúpulo. Así fue que se dedicó a estudiar actuación, donde los personajes ocultarían fugazmente al verdadero Edgar.
Su vida pasaba felizmente desapercibida a los ojos de la cruel sociedad, hasta que la fama llamó a su puerta. Quiso la suerte, que el personaje que le dio fama mundial, fue El Señor Barriga, y como segunda alternativa un gordito afeminado llamado "Ñoño". La alegría y el cariño que prodigó a muchos niños, le hicieron olvidar los grises años. Pasaron muchos años y su personaje se volvió inmortal, aún cuando incursionó Edgar en películas de terror, en dramas y hasta se animó a la dramaturgia. Sólo seguía sonando en su cabeza "Ey Señor Barriga....¿se saca una foto conmigo?"
Cuando a la fama se la come el tiempo y Edgar tiene un cierto dinero, decide hacerse un cinturón gástrico, que es una operación que anula parte del estómago y lo reduce dramaticamente.
Ya más flaco y en forma, se decide a salir al mundo en busca de nuevos proyectos. Piensa mucho, crea mucho pero nada parece resultarle facil.
Lamentablemente la respuesta fue su aspecto. A pesar de estar mejor y más flaco, nadie lo reconoce. Y a pesar de los esfuerzos que hace para repetir las líneas del Señor Barriga, ya en su cara flaca no resuenan como entonces.
Deprimido vaga por las calles en taxis, pero ya nadie le pide "Ey Señor Barriga....¿una foto?"
Su estómago crecía a pesar de los deportes, las dietas y las prohibiciones de las cosas lindas de la vida. Ni siquiera estaba bien visto que lea acostado en su cama ya que según su padre, además de obeso iba a ser un homosexual. Su vida fue un calvario por aquellos tiempos. de todas formas se las ingenió para inventarse combates épicos en miserables partidos de futbol, o relatar mentalmente los avatares de una reñida carrera en bicicleta. Sus maestras de lengua, alababan las composiciones de Edgar, realmente eran creativas y cargadas de una atmósfera llamativamente gris y oscura.
Sin embargo, parte del vaticinio paterno se volvía una triste realidad, al talentoso niño todos le llamaban "gordo puto" sin ningún escrúpulo. Así fue que se dedicó a estudiar actuación, donde los personajes ocultarían fugazmente al verdadero Edgar.
Su vida pasaba felizmente desapercibida a los ojos de la cruel sociedad, hasta que la fama llamó a su puerta. Quiso la suerte, que el personaje que le dio fama mundial, fue El Señor Barriga, y como segunda alternativa un gordito afeminado llamado "Ñoño". La alegría y el cariño que prodigó a muchos niños, le hicieron olvidar los grises años. Pasaron muchos años y su personaje se volvió inmortal, aún cuando incursionó Edgar en películas de terror, en dramas y hasta se animó a la dramaturgia. Sólo seguía sonando en su cabeza "Ey Señor Barriga....¿se saca una foto conmigo?"
Cuando a la fama se la come el tiempo y Edgar tiene un cierto dinero, decide hacerse un cinturón gástrico, que es una operación que anula parte del estómago y lo reduce dramaticamente.
Ya más flaco y en forma, se decide a salir al mundo en busca de nuevos proyectos. Piensa mucho, crea mucho pero nada parece resultarle facil.
Lamentablemente la respuesta fue su aspecto. A pesar de estar mejor y más flaco, nadie lo reconoce. Y a pesar de los esfuerzos que hace para repetir las líneas del Señor Barriga, ya en su cara flaca no resuenan como entonces.
Deprimido vaga por las calles en taxis, pero ya nadie le pide "Ey Señor Barriga....¿una foto?"
jueves, 12 de febrero de 2015
Día 5 - Maní tostado, un aroma de la infancia.
Hay aromas de la infancia que nos marcan para siempre. No se sabe si es el aroma en sí, las circunstancias del entorno o sólamente es la frágil inocencia con que se reciben ciertas cosas en la vida.
Augusto Quiroga, era un anciano setentón y soltero hasta la médula. Su vida pasó más tiempo arriba de un avión que en tierra firme. Fue un viajado ingeniero químico que sabía hacernos reír con explosivos caseros y tintas invisibles que fabricaba con comestibles. Sin dudas había aprendido mucho en su vida y se afanaba por aplicarlo en lo cotideano. En su jubilación, decidió mudarse cerca de casa por la proximidad al río y por el clima de campo que se vivía en San Cristobal.
Pero lo que más nos atraía, era conocer el secreto de sus maníes tostados, tenían un sabor único como nunca ninguno había probado en la vida.Lo seguíamos en secreto pero todos los intentos terminaban en una puerta que él , ingeniosamente llamaba "Laboratorio Q" y cuya llave colgaba de su cuello. Cada vez que se encerraba en el laboratorio, por la ventana salía el inconfundible olor a maní tostado, y era un llamado que ninguno podía resistir, todos dejábamos el partido de futbol, o las escondidas y corríamos a lo de don Quiroga, quien minutos después, salía con tres enormes cucuruchos de papel de diario repletos de exquisito maní.
Nuestras madres empezaron a ponerse celosas y empezaron sin exito, a probar distintas fórmulas para tostar maní. Lo único certero, era que lo compraba por bolsas en el almacen del barrio, el resto un secreto guardado bajo siete llaves.
Cierta mañana se supo de la muerte de don Quiroga. Los que éramos sus habitués, sentimos una gran pérdida, obviamente en la medida de nuestras posibilidades. Se supo que sufrió un infarto mientras dormía. Se llevaba consigo uno de los grandes secretos de nuestra infancia. Como no tenía familiares, los vecinos más cercanos fueron a ordenar sus cosas, los niños de entonces fuimos a ver por última vez la casa. Alguien dijo, "Aquella llave de allá, la tenía atada al cuello, ¿alguien sabe de donde es?" .Como nadie sabía la llave quedó allí. Nosotros sí sabíamos, era del Laboratorio Q. Cuando estábamos por apoderarnos del secreto, el papá de Diego y Guille la agarró y dijo "Debe ser de esa pieza. Vamos a ver".
Abrieron ante nuestros ojos el Laboratorio Q. No era lo que esperábamos. Siempre nos imaginamos un lugar con frascos humeantes, líquidos verdes y mecheros bunsen. En lugar de eso había un enorme colador de pastas, un tostador ordinario, varias bolsas de maní y una especie de olla. En la pared había infinidad de recortes, pero uno resaltaba entre todos. Era uno que se titulaba "Kopi Luwak". Nuestros padres que sabían leer, quedaron blancos. "¡Que viejo hijo de mil puta!" dijo mi papá, "Con razón había tantos frascos de laxante en la basura."
Nos sacaron de allí y nunca nos permitieron preguntar nada.
Nadie volvió a mencionar a don Quiroga.
Nunca.
Augusto Quiroga, era un anciano setentón y soltero hasta la médula. Su vida pasó más tiempo arriba de un avión que en tierra firme. Fue un viajado ingeniero químico que sabía hacernos reír con explosivos caseros y tintas invisibles que fabricaba con comestibles. Sin dudas había aprendido mucho en su vida y se afanaba por aplicarlo en lo cotideano. En su jubilación, decidió mudarse cerca de casa por la proximidad al río y por el clima de campo que se vivía en San Cristobal.
Pero lo que más nos atraía, era conocer el secreto de sus maníes tostados, tenían un sabor único como nunca ninguno había probado en la vida.Lo seguíamos en secreto pero todos los intentos terminaban en una puerta que él , ingeniosamente llamaba "Laboratorio Q" y cuya llave colgaba de su cuello. Cada vez que se encerraba en el laboratorio, por la ventana salía el inconfundible olor a maní tostado, y era un llamado que ninguno podía resistir, todos dejábamos el partido de futbol, o las escondidas y corríamos a lo de don Quiroga, quien minutos después, salía con tres enormes cucuruchos de papel de diario repletos de exquisito maní.
Nuestras madres empezaron a ponerse celosas y empezaron sin exito, a probar distintas fórmulas para tostar maní. Lo único certero, era que lo compraba por bolsas en el almacen del barrio, el resto un secreto guardado bajo siete llaves.
Cierta mañana se supo de la muerte de don Quiroga. Los que éramos sus habitués, sentimos una gran pérdida, obviamente en la medida de nuestras posibilidades. Se supo que sufrió un infarto mientras dormía. Se llevaba consigo uno de los grandes secretos de nuestra infancia. Como no tenía familiares, los vecinos más cercanos fueron a ordenar sus cosas, los niños de entonces fuimos a ver por última vez la casa. Alguien dijo, "Aquella llave de allá, la tenía atada al cuello, ¿alguien sabe de donde es?" .Como nadie sabía la llave quedó allí. Nosotros sí sabíamos, era del Laboratorio Q. Cuando estábamos por apoderarnos del secreto, el papá de Diego y Guille la agarró y dijo "Debe ser de esa pieza. Vamos a ver".
Abrieron ante nuestros ojos el Laboratorio Q. No era lo que esperábamos. Siempre nos imaginamos un lugar con frascos humeantes, líquidos verdes y mecheros bunsen. En lugar de eso había un enorme colador de pastas, un tostador ordinario, varias bolsas de maní y una especie de olla. En la pared había infinidad de recortes, pero uno resaltaba entre todos. Era uno que se titulaba "Kopi Luwak". Nuestros padres que sabían leer, quedaron blancos. "¡Que viejo hijo de mil puta!" dijo mi papá, "Con razón había tantos frascos de laxante en la basura."
Nos sacaron de allí y nunca nos permitieron preguntar nada.
Nadie volvió a mencionar a don Quiroga.
Nunca.
jueves, 29 de enero de 2015
Día 6 - Literalmente
Don Nannini nos contaba cómo una enfermedad lo separó de lo que restaba de su familia.
Nunca fue un tipo sociable, la mayor parte de las veces se peleaba con los vecinos, a los chicos les reventaba cada pelota que caía en su jardín, a su hija le hizo la vida imposible con cada novio que tuvo, de los oficiales y de los otros. Esto puso mucha distancia con su única familia. Lo único que doblegaba a don Nannini era su nieta Camila. Tal era la distancia entre su hija y él, que su corazón pareció endurecer más con el tiempo.
Como siempre sucede, estas cosas se diluyen cuando la muerte ronda por la tierra. Así fue que un cancer de intestino, terminó por dejar a don Nannini sin fe ni sistema excretor. Quiso suicidarse con una escopeta vieja, pero la invitación a último momento al cumpleaños número tres de Camila terminó por ablandar lo que quedaba de su viejo corazón.
Se dio un baño, buscó la camisa blanca y se acomodó prolijo la bolsita de colostomía para que le quede a un costado.
Como pudo llegó a la casa de su hija. Se bajó del taxi y Camila abrió la puerta ante la sorpresa pintada en la cara de toda la familia política de Nannini. Como en cámara lenta, Camila abrió los brazos y corrió hacia su abuelo gritando feliz. La hija de don Nannini pareció olvidar por un segundo el tormento padecido en su juventud y pensó si se trataba de una segunda oportunidad.
Camila lo abrazó con mucha fuerza, de manera que la bolsa de colostomía reventó manchando de pies a cabeza a Camila que estrenaba un vestidito blanco.
Se alejó de su abuelo y la hija de don Nannini la agarró como a una bomba y la llevó mirando con profundo odio a su padre que sin querer arruinó el cumpleaños.
Nannini miró a todos y los mandó a la mierda. Giró sobre sus talones y volvió a la casa.
"La relación entre mi hija y yo se fue a la mierda" nos dijo don Nannini, "¡Literalmente!"
Nunca fue un tipo sociable, la mayor parte de las veces se peleaba con los vecinos, a los chicos les reventaba cada pelota que caía en su jardín, a su hija le hizo la vida imposible con cada novio que tuvo, de los oficiales y de los otros. Esto puso mucha distancia con su única familia. Lo único que doblegaba a don Nannini era su nieta Camila. Tal era la distancia entre su hija y él, que su corazón pareció endurecer más con el tiempo.
Como siempre sucede, estas cosas se diluyen cuando la muerte ronda por la tierra. Así fue que un cancer de intestino, terminó por dejar a don Nannini sin fe ni sistema excretor. Quiso suicidarse con una escopeta vieja, pero la invitación a último momento al cumpleaños número tres de Camila terminó por ablandar lo que quedaba de su viejo corazón.
Se dio un baño, buscó la camisa blanca y se acomodó prolijo la bolsita de colostomía para que le quede a un costado.
Como pudo llegó a la casa de su hija. Se bajó del taxi y Camila abrió la puerta ante la sorpresa pintada en la cara de toda la familia política de Nannini. Como en cámara lenta, Camila abrió los brazos y corrió hacia su abuelo gritando feliz. La hija de don Nannini pareció olvidar por un segundo el tormento padecido en su juventud y pensó si se trataba de una segunda oportunidad.
Camila lo abrazó con mucha fuerza, de manera que la bolsa de colostomía reventó manchando de pies a cabeza a Camila que estrenaba un vestidito blanco.
Se alejó de su abuelo y la hija de don Nannini la agarró como a una bomba y la llevó mirando con profundo odio a su padre que sin querer arruinó el cumpleaños.
Nannini miró a todos y los mandó a la mierda. Giró sobre sus talones y volvió a la casa.
"La relación entre mi hija y yo se fue a la mierda" nos dijo don Nannini, "¡Literalmente!"
jueves, 22 de enero de 2015
Día 8 - Primera impresión.
Lo malo de las primeras impresiones, es que son imborrables. A lo mejor y con mucha suerte lográs pilotear la situación y convertirla en una anécdota familiar.
Era el invierno del '97 y después de pasar la tarde juntos, mi pareja de entonces me propuso visitar a sus padres. La iniciativa en apariencia espontánea, ya se venía gestando a mis espaldas hace unas semanas. No conocía a mis futuros suegros y ellos tampoco me conocían, así que ambos estábamos preparando la versión demo mejorada de nuestras vidas para crear esa imagen de seguridad que a veces queremos inútilmente infundir en el otro, pensando que ese es el único y definitivo encuentro.
Me puse la chomba (mi vieja decía que una chomba da clase) un desodorante genérico, para lograr aceptación pero para no despertar falsas expectativas, y le pasé un trapo húmedo a la goma de las zapatillas logrando un color uniforme y no ese tono marmolado habitual, aunque después de una hora de colectivo la chomba queda hecha una lechuga roja, los sobacos apestan como un circo y las zapatillas refuerzan el entramado ocre y blanco.
Ya cerca de la casa de mis futuros suegros, la sensación de ajeno al lugar ganaba terreno en mi cabeza y en mi estómago que empezó a oprimirme igual que el día que pasé a dar la lección de los ríos de Europa en cuarto año y no había estudiado ni un poquito. Desde la puerta de calle, mi futura concuñada vestida de sporting colors y con una sonrisa de calavera maya que le quedaba pintada me daba la bienvenida a la familia. Mi futuro suegro era más alto de lo que yo esperaba y mi suegra más inquieta y comedida que lo habitual. "Sentate, sentate" insistieron. La mayoría de los tiempos verbales fueron variantes amables del imperativo. La sincronía de los actos era perfecta, cada vez que me llevaba un bocado a la boca me tiraban una de esas preguntas donde uno tiene que desarrollar, donde no basta un si o un no. "¿En qué trabajás? ¿Cuánto hace que vivís en Rosario? ¿ Cómo hiciste el pollo a la naranja?" eran las distintas fases del interrogatorio al que en vano traté de contestar en forma inteligente sin que se me escapen pedacitos de carne al horno con papas.
En medio de la velada, el estómago se declaró en rebeldía y empezó a pedir pista. Me excusé y formal pedí permiso. Me indicaron el camino amablemente y desaparecí a paso decidido por el largo corredor. Luego de lograr la intimidad advierto que la puerta no tiene trabas ni llave. Años después me explicaban que se trataba de que mis suegros eran gente grande y si algo les pasaba en el baño y la puerta estaba trabada podrían llegar a lamentar algo grave. Como sea, yo estaba ahí con muy poca gana de proyecciones más allá de cagar lavarme las manos y volver a la mesa como un duque. Sin pensar demasiado me bajé los pantalones y calzoncillos y empecé la suave melodía de los pedos. Me acomodé tratando de hacer que la cantidad de pliegues sea la menor así los vientos no se encontrarían con obstáculos y saldrían en silencio. Al principio fue un éxito. Sonaba el traste como los frenos de aire de los camiones, aunque a veces se transformaba en bufidos sordos y supermalolientes. Puse atención al exterior y se escuchaban a lo lejos las voces y los cubiertos. Todo bien, pensé. Me acomodé de nuevo y en la maniobra se me escapó un estruendoso pedo que aumentado por la caja resonante del inodoro, me dejó en ridículo por siempre, ya que si yo escuchaba las voces a lo lejos, poco probable es que pase desapercibido semejante trueno. Pero bueh, ya estaba en el baile. Escuché unos pasos que se acercaban al baño y me apuré a poner una mano en la puerta. En el medio dos minúsculos pedos similares a trompetitas se me escaparon. "¿Estás bien?" me preguntó mi pareja. "Si , ya voy." contesté mintiendo. Recién empezaba el calvario.
Sentí que se alejaban los pasos y que desde la mesa preguntaban cosas como "¿Está bien?¿Necesita ayuda?¿Llamamos al servicio de emergencias?"
Traté de apurar el trámite, ya que la cosa pintaba feo. Hice fuerza y tras un par de gruñidos tres cocodrilos marrones cayeron al inodoro y fueron a pegarse a las paredes blancas del mismo cual tentáculos de pulpo. Aliviado, busqué algo de papel higiénico para terminar la ceremonia del adiós y seguir con la presentación en sociedad. Sin éxito en la búsqueda del papel sanitario me pasé al bidet. Abrí como nunca el chorro y me lavé el traste. Esta sensación de alivio se vio interrumpida cuando advierto que la única toalla que hay en el baño, es la pequeña que se usa para la cara y lucía blanca radiante. Mi cabeza se debatía infinitamente en usar o no esa toalla. Si seguía por ese camino debía esmerarme en la lavada de culo, éste debía quedar pulcro e inmaculado. La idea me daba vueltas en la cabeza cuando escuché nuevamente los pasos acercándose al baño. Hábilmente apreté el botón del depósito en una maniobra popularmente conocida como "tirar la cadena". El ruido de la descarga de agua alejó a quie quiera que sea que venía a preguntar como me encontraba. Aproveché para secarme muy muy por arriba el culo con la toalla de mano tratando de transferirle la menor cantidad de material didáctico. La miraba cada tanto para corroborar que los colores seguían inalterables. En un momento miré para el inodoro y ví que los tres tentáculos marrones seguían allí adheridos a la pared blanca. Me distraje y me sequé profundo con la toalla imprimiendo allí una mancha similar a una frenada de bicicleta. Alarmado y transpirado busqué un jabón para lavar la toalla. Le puse champú para la caspa con la esperanza de blanquear la toalla y sólo conseguí extender la mancha hasta que parecía un mapa de América. Refregué con fuerzas y a los ojos de un observador no muy exigente podría pasar desapercibida la mancha. Aún con los pantalones bajos miré el inodoro y aún quedaba por resolver esa cuestión de los tentáculos. Apunté con mi pene a los tres visitantes y empecé a orinar tratando de despegarlos de la pared. El resultado no podía ser pero. No sólo los soretes seguían allí, sinó que además el inodoro se pobló de lunares marrones. Siento los pasos nuevamente acercarse por el pasillo y cuando adiviné que estaban del otro lado de la puerta me apuré y dije "¡Ya vá!¡Estoy cagando! Entretené a tus viejos que arreglo esto y voy.". Después de un silencio mortal mi suegra dijo "Esta bien, te esperamos. Cualquier cosa avisá". No podía ser peor el panorama. Cuánto me iba a costar remontar esta situación.
Volví sin pensar tanto a la faena. Le pude agua oxigenada al inodoro y un poco de crema enjuague esperando vaya a saber qué milagro de la química. Tiré la cadena nuevamente y con un peine despegué los soretes que luego de varios giros fueron a trabarse en la escotilla de salida. Ya sin escrúpulos los destrocé literalmente con el peine hasta convertirlos en un puré de mierda. Junté agua en un balde y cuando se produjo el llenado del depósito, la maniobra conjunta de tirar la cadena y arrojar el balde terminó por llevarse el maloliente barro para el mas allá. Sólo restaba lavar el peine. Para ello usé un jaboncito y un cepillo de diente que elegí al azar para no cargar mi conciencia con algún nombre. Sentí los pasos nuevamente acercarse. Apuré el lavado y puse todo en su lugar. Fui al inodoro a echar un poco de desodorante de ambientes para neutralizar la atmósfera hedionda. En eso abre la puerta mi suegro. El cuadro no pudo ser más demoledor. La toalla de mano chorreaba gotas color whisky, el peine estaba mojado y en la jabonera, el jabón en el piso todo rasqueteado y el cepillo de dientes todo espumoso. La pared de azulejos blancos tenía aún lunares ocre. Yo estaba con los pantalones en el piso y el calzoncillo mojado el gran parte del culo.
"¿Todo bien?" preguntó mi suegro.
"Ya voy. Me lavo las manos y voy. Me descompuse pero ya estoy bien." dije con un hilo de voz y colorado como tomate.
Mi suegro cerró la puerta y se alejó. Escuché como les decía que estaba descompuesto a los demás. Las conjeturas y sugerencias acompañadas al final con un "pobre..." se hicieron eco en el largo pasillo. Me lavé las manos , eché desodorante, me acomodé la ropa y me dispuse a volver a la mesa.
Fueron los 20 minutos más largos de mi vida.
Ya pasó mucho tiempo de aquel día.
Muchas cosas cambiaron pero todavía no asimilé aquel hecho como una anécdota para recordar en mesa navideña.
Era el invierno del '97 y después de pasar la tarde juntos, mi pareja de entonces me propuso visitar a sus padres. La iniciativa en apariencia espontánea, ya se venía gestando a mis espaldas hace unas semanas. No conocía a mis futuros suegros y ellos tampoco me conocían, así que ambos estábamos preparando la versión demo mejorada de nuestras vidas para crear esa imagen de seguridad que a veces queremos inútilmente infundir en el otro, pensando que ese es el único y definitivo encuentro.
Me puse la chomba (mi vieja decía que una chomba da clase) un desodorante genérico, para lograr aceptación pero para no despertar falsas expectativas, y le pasé un trapo húmedo a la goma de las zapatillas logrando un color uniforme y no ese tono marmolado habitual, aunque después de una hora de colectivo la chomba queda hecha una lechuga roja, los sobacos apestan como un circo y las zapatillas refuerzan el entramado ocre y blanco.
Ya cerca de la casa de mis futuros suegros, la sensación de ajeno al lugar ganaba terreno en mi cabeza y en mi estómago que empezó a oprimirme igual que el día que pasé a dar la lección de los ríos de Europa en cuarto año y no había estudiado ni un poquito. Desde la puerta de calle, mi futura concuñada vestida de sporting colors y con una sonrisa de calavera maya que le quedaba pintada me daba la bienvenida a la familia. Mi futuro suegro era más alto de lo que yo esperaba y mi suegra más inquieta y comedida que lo habitual. "Sentate, sentate" insistieron. La mayoría de los tiempos verbales fueron variantes amables del imperativo. La sincronía de los actos era perfecta, cada vez que me llevaba un bocado a la boca me tiraban una de esas preguntas donde uno tiene que desarrollar, donde no basta un si o un no. "¿En qué trabajás? ¿Cuánto hace que vivís en Rosario? ¿ Cómo hiciste el pollo a la naranja?" eran las distintas fases del interrogatorio al que en vano traté de contestar en forma inteligente sin que se me escapen pedacitos de carne al horno con papas.
En medio de la velada, el estómago se declaró en rebeldía y empezó a pedir pista. Me excusé y formal pedí permiso. Me indicaron el camino amablemente y desaparecí a paso decidido por el largo corredor. Luego de lograr la intimidad advierto que la puerta no tiene trabas ni llave. Años después me explicaban que se trataba de que mis suegros eran gente grande y si algo les pasaba en el baño y la puerta estaba trabada podrían llegar a lamentar algo grave. Como sea, yo estaba ahí con muy poca gana de proyecciones más allá de cagar lavarme las manos y volver a la mesa como un duque. Sin pensar demasiado me bajé los pantalones y calzoncillos y empecé la suave melodía de los pedos. Me acomodé tratando de hacer que la cantidad de pliegues sea la menor así los vientos no se encontrarían con obstáculos y saldrían en silencio. Al principio fue un éxito. Sonaba el traste como los frenos de aire de los camiones, aunque a veces se transformaba en bufidos sordos y supermalolientes. Puse atención al exterior y se escuchaban a lo lejos las voces y los cubiertos. Todo bien, pensé. Me acomodé de nuevo y en la maniobra se me escapó un estruendoso pedo que aumentado por la caja resonante del inodoro, me dejó en ridículo por siempre, ya que si yo escuchaba las voces a lo lejos, poco probable es que pase desapercibido semejante trueno. Pero bueh, ya estaba en el baile. Escuché unos pasos que se acercaban al baño y me apuré a poner una mano en la puerta. En el medio dos minúsculos pedos similares a trompetitas se me escaparon. "¿Estás bien?" me preguntó mi pareja. "Si , ya voy." contesté mintiendo. Recién empezaba el calvario.
Sentí que se alejaban los pasos y que desde la mesa preguntaban cosas como "¿Está bien?¿Necesita ayuda?¿Llamamos al servicio de emergencias?"
Traté de apurar el trámite, ya que la cosa pintaba feo. Hice fuerza y tras un par de gruñidos tres cocodrilos marrones cayeron al inodoro y fueron a pegarse a las paredes blancas del mismo cual tentáculos de pulpo. Aliviado, busqué algo de papel higiénico para terminar la ceremonia del adiós y seguir con la presentación en sociedad. Sin éxito en la búsqueda del papel sanitario me pasé al bidet. Abrí como nunca el chorro y me lavé el traste. Esta sensación de alivio se vio interrumpida cuando advierto que la única toalla que hay en el baño, es la pequeña que se usa para la cara y lucía blanca radiante. Mi cabeza se debatía infinitamente en usar o no esa toalla. Si seguía por ese camino debía esmerarme en la lavada de culo, éste debía quedar pulcro e inmaculado. La idea me daba vueltas en la cabeza cuando escuché nuevamente los pasos acercándose al baño. Hábilmente apreté el botón del depósito en una maniobra popularmente conocida como "tirar la cadena". El ruido de la descarga de agua alejó a quie quiera que sea que venía a preguntar como me encontraba. Aproveché para secarme muy muy por arriba el culo con la toalla de mano tratando de transferirle la menor cantidad de material didáctico. La miraba cada tanto para corroborar que los colores seguían inalterables. En un momento miré para el inodoro y ví que los tres tentáculos marrones seguían allí adheridos a la pared blanca. Me distraje y me sequé profundo con la toalla imprimiendo allí una mancha similar a una frenada de bicicleta. Alarmado y transpirado busqué un jabón para lavar la toalla. Le puse champú para la caspa con la esperanza de blanquear la toalla y sólo conseguí extender la mancha hasta que parecía un mapa de América. Refregué con fuerzas y a los ojos de un observador no muy exigente podría pasar desapercibida la mancha. Aún con los pantalones bajos miré el inodoro y aún quedaba por resolver esa cuestión de los tentáculos. Apunté con mi pene a los tres visitantes y empecé a orinar tratando de despegarlos de la pared. El resultado no podía ser pero. No sólo los soretes seguían allí, sinó que además el inodoro se pobló de lunares marrones. Siento los pasos nuevamente acercarse por el pasillo y cuando adiviné que estaban del otro lado de la puerta me apuré y dije "¡Ya vá!¡Estoy cagando! Entretené a tus viejos que arreglo esto y voy.". Después de un silencio mortal mi suegra dijo "Esta bien, te esperamos. Cualquier cosa avisá". No podía ser peor el panorama. Cuánto me iba a costar remontar esta situación.
Volví sin pensar tanto a la faena. Le pude agua oxigenada al inodoro y un poco de crema enjuague esperando vaya a saber qué milagro de la química. Tiré la cadena nuevamente y con un peine despegué los soretes que luego de varios giros fueron a trabarse en la escotilla de salida. Ya sin escrúpulos los destrocé literalmente con el peine hasta convertirlos en un puré de mierda. Junté agua en un balde y cuando se produjo el llenado del depósito, la maniobra conjunta de tirar la cadena y arrojar el balde terminó por llevarse el maloliente barro para el mas allá. Sólo restaba lavar el peine. Para ello usé un jaboncito y un cepillo de diente que elegí al azar para no cargar mi conciencia con algún nombre. Sentí los pasos nuevamente acercarse. Apuré el lavado y puse todo en su lugar. Fui al inodoro a echar un poco de desodorante de ambientes para neutralizar la atmósfera hedionda. En eso abre la puerta mi suegro. El cuadro no pudo ser más demoledor. La toalla de mano chorreaba gotas color whisky, el peine estaba mojado y en la jabonera, el jabón en el piso todo rasqueteado y el cepillo de dientes todo espumoso. La pared de azulejos blancos tenía aún lunares ocre. Yo estaba con los pantalones en el piso y el calzoncillo mojado el gran parte del culo.
"¿Todo bien?" preguntó mi suegro.
"Ya voy. Me lavo las manos y voy. Me descompuse pero ya estoy bien." dije con un hilo de voz y colorado como tomate.
Mi suegro cerró la puerta y se alejó. Escuché como les decía que estaba descompuesto a los demás. Las conjeturas y sugerencias acompañadas al final con un "pobre..." se hicieron eco en el largo pasillo. Me lavé las manos , eché desodorante, me acomodé la ropa y me dispuse a volver a la mesa.
Fueron los 20 minutos más largos de mi vida.
Ya pasó mucho tiempo de aquel día.
Muchas cosas cambiaron pero todavía no asimilé aquel hecho como una anécdota para recordar en mesa navideña.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)