jueves, 28 de abril de 2016

1983 - Un exceso de imaginación

En los años 80, internet era un sueño de trece geeks que no querían salir de su oficina y debían compartir sus documentos digitales. De la misma manera, la pornografía se resumía a un puñado de revistas grandotas imposibles de esconder y enormes y ruidosos vhs que repetían una y otra vez espantosas posiciones sexuales horriblemente filmadas. La mayor parte de los jóvenes poseían a la fuerza una gran imaginación ya sea para mentir hazañas sexuales o para inventar excusas para no tenerlas.
Jorgito Arévalo fue un pionero en la búsqueda de la autofellación. Según decía, si lo lograba, se iba a hacer un implante de tetas a la altura de la cintura y así prescindiría de las minas para siempre. Para ello hacían falta reunir varios factores. Primero, y fundamental, que no haya nadie en la casa y para ello Jorge aprovechó una salida familiar para fingir que tenía que estudiar mucho. Segundo, una buena erección, en tiempos donde no se conocía el viagra y los celulares, tablets que proyectan porno no existían, la revista Penthouse era imprescindible, ya que si el pene estaba dormído era imposible llegar a chuparlo. En el mejor de los casos, la punta de la chota estaba a un triple decímetro de la boca (triple decímetro: especie de regla de 30 cm que se usa en dibujo técnico) así que la tercer condición necesaria era un lugar cómodo e intimo y las posibilidades se redujeron al baño. Se sentó en el inodoro y apoyó la espalda contra la pared. Se manoseó hasta lograr la erección y acercó todo lo que pudo la boca a la chota. Los treinta centímetros no se acortaban así que empezó a apoyar los pies en el lavabo. Con este combo ganó 5 valiosos centímetros y empezó a bajar la espalda deslizando su traste hacia adelante hasta trabarlo con la tabla del inodoro. Bajó en forma imposible la cabeza y ganó 5 centímetros lo cual representaba un tercio del camino recorrido. Su cara estaba roja y los labios se pusieron en una mueca muy graciosa similar a un chimpancé eructando. Se agarró de los muslos y con todas sus fuerzas tensando sus tobillos y acercando imposiblemente el miembro a la boca. Escasos 10 centímetros lo separaban de la gloria. En un intento desesperado sacó la lengua y la estiró en forma sobrehumana sintiendo un sonido de los maxilares desencajándose en pos del objetivo. Su espalda le dolía enormemente y las vértebras parecían a punto de estallar. Tuvo la sensación de partirse en dos en cualquier momento. Su cuello estaba púrpura y surcado de venas hinchadas cuando sintió un chasquido seco. Creyó que se trataba de su columna vertebral, pero fueron los tornillos de la tapa del inodoro que se cortaron de cuajo y su cuerpo fue a parar violentamente contra la base del lavabo desencajándolo. El inodoro cayó a sus espaldas y partiéndose contra el piso lo mojó íntegro. El lavabo se le vino encima dándole de lleno en la frente dejándolo desmayado. Lo primero que recordó Jorge después del desmayo fue la cara del doctor Fanaro, un vecino de la familia. Al resto de la escena nadie quiso contárselo, pero si hubiera sucedido en estos tiempos, Pedro su hermano menor , le hubiera sacado una foto con su smartphone y la hubiéramos colocado acá abajo.
Paciencia querido lector, imagíneselo.
 Le aseguro que no va a estar ni cerca.

domingo, 24 de abril de 2016

El patio en otoño

Hace más o menos dos semanas de perra lluvia que no para de caer. Las hojas de la enredadera taparon el patio, literalmente.
Recién hace un ratito paró un poco y mi mujer barrió todo lo que pudo y embolsó la mugre recuperando el patio en casi su totalidad. Estaba cansada por el esfuerzo y luego de un relajante baño se fue a la ventana de la cocina y mirando el patio su cara se desarmó en un gesto triste. Me acerqué a ver que pasaba y el viento había tapado nuevamente el piso volviendo inútil el trabajo de una tarde.
La abracé y le dije "Fijate flaca, el patio vendría a ser como la mente de un ser humano. Las hojas serían las ideas, los pensamientos. Mirá allá, esas ideas chiquitas y secas son las más movedizas pero las que duran menos, el viento, que vendría a ser como el tiempo, se las lleva en un santiamén. Hay otras hojas más pesadas y grandes que tardan en caer pero si lo hacen se quedan mucho más tiempo en el patio. Vendrían a ser grandes ideas maduras y que habitan la mente por más tiempo. Pero fijate bien aquellas de allá, son pocas, pero tienen el color de las maduras y la humedad de las frescas y se adhieren al patio moificándolo casi para siempre. Se pegan con tal fuerza que es imposible que el viento o el agua las saque. Esas son las ideas que van formando nuestro carácter e identidad, son casi perennes y dejan una huella profunda ¿Viste?"
La flaca miró el patio largamente, me miró fijo y me dijo "¡Por qué no te vas a la puta que te parió!"

miércoles, 30 de marzo de 2016

Persiana Americana


Desde su habitación, Valeria veía a sus lejanos ídolos pegados en la puerta. Eran tres personajes irreales que hacían una música que la transportaba lejos del silencio monótono de Firmat, una localidad al sur de Santa Fe. No conocía ningún boliche bailable y lo más parecido por esas tierras eran unos bailes familiares con orquesta en vivo. En su pieza tenía un tocadiscos y seis vinilos de rock nacional, una infinidad de cassetes grabados por un amigo de la radio y unas revistas de las que recortaba fotos y notas del grupo favorito y pegaba prolijamente en las tapas de las carpetas de estudio.

Una tarde de abril, su amigo de la radio le pasó un dato: se iba a hacer un concurso por una entrada a un boliche bailable al cual iban a venir sus ídolos. Solo había que adivinar la canción y llamar a la radio ni bien anuncien el concurso. En esa época no había teléfonos móviles y no todas las casas tenían teléfono fijo así que había que estar muy atento a la radio y sobre todo cerca de un teléfono. Era una tarde soleada y Valeria no se despegaba de la radio ni un segundo. Lejos estaba de hacer la monografía de historia europea y corría riesgos de empezar mal el último año de la secundaria. Entonces pasó: el locutor comenzó una efusiva arenga con un tema de fondo hasta que por fin anunció el concurso "Desde ahora, quien llame a la radio y diga el nombre correcto de la canción , se lleva cuatro entradas para ver Soda Stereo" y el volumen del tema subió hasta el infinito. Valeria cerró los ojos, hizo fuerza y salió corriendo al living de la casa. Marcó torpemente seis veces el teléfono de la radio , hasta que del otro lado recibió el ansiado mensaje "Te comunicaste con la radio, decime como se llama el tema y tus tres últimos números del documento". "¡Prófugos!¡Se llama prófugos y es de Soda Stereo!" gritó Valeria en la soledad de la casa que retumbó interminablemente. "Quedate en línea Vale" le dijeron mientras sentía que se le salía el corazón del pecho. A lo lejos se escuchó "Nos llamó Vale de Firmat, cuyo documento termina en tres cinco siete y su respuesta es.....¡Correcta!¡Se ganó cuatro entradas para el sábado dos de mayo, para ver Soda Stereo! ¡felicitaciones! Pasalas a buscar a la radio de quince a diecisiete con el documento."

Valeria colgó y se puso a gritar como loca, llamó a sus amigos quienes la saludaron ya que estaban escuchando la radio. Faltaba la parte más difícil, decirle a sus padres que se iba a otra ciudad a un boliche.No le gustaba mentirles pero la posibilidad que la dejaran ir era remota y se iba a poner muy mal si se confirmaba su sospecha.

Con el ánimo dividido se fue a lo de su amiga Malena quien le dió la solución que no encontraba. "Es el feriado del día del trabajo, vamos de campamento a la localidad del recital a un camping y a la noche del sábado nos vamos a ver Soda y al otro día a la tarde nos volvemos. Traete la ropa de salir a casa unos dias antes así no levantas sospechas. ¡y no te olvidés de las entradas!" Con un fuerte abrazo le agradeció y fue a su casa a terminar la bendita monografía y a hacer buena letra para que la dejen ir de campamento, algo que era mucho más viable que la salida nocturna.

Como era de esperar, el permiso fue dado y los preparativos se hicieron en tiempo record. Las iba a llevar el papá de Malena en la camioneta junto con dos amigos más del barrio. Si bien el plan marchaba viento en popa, Valeria sentía que estaba traicionando la confianza de los padres y estuvo tentada de decirles la verdad cuando estaban a punto de partir. Los miró en silencio un par de segundos y el silencio lo rompió el papá de Vale diciendo "¡Cuidate!¡Te vamos a extrañar!". Valeria sintió un vació en el estómago que casi la hizo soltar dos lágrimas. Esa sensación le duró hasta que Malena le recordó el motivo del viaje y la alegría le volvió de a ratos. "Mirá boluda, cuando volvamos a casa, si te dura la culpa les decís a tus viejos lo que pasó y te bancás lo que sigue, o hacés de cuenta que no pasó nada y jurate que nunca más les vas a mentir. Por ahí se te hace más liviano. De todas maneras no estamos haciendo nada malo, nos vamos a un recital nomás.¿eh?" le dijo Malena y Valeria optó por la segunda opción, no quería defraudar a sus padres y enos por algo menor como este tema.

El viernes se pasó en el viaje y la tarde del sábado escuchando hasta el hartazgo el cassete grabado del complidao de Soda Stereo. La noche era ideal, un cielo estrellado las recibía en la puerta del boliche. Los nervios pudieron más y Valeria comenzó a vomitar saliendo de la fila. "¿Te sentís bien?" le preguntó Malena. "Vamos boluda, no puedo entrar, no puedo....es mas fuerte que yo..." dijo Valeria y empezó a llorar desconsoladamente "Me voy a casa Male, quedate vos con los chicos". "¡pará Vale! Vámonos las dos, te acompaño, dejamos a los chicos y les damos las dos entradas extras, no te puedo dejar sola así." Cerca de ellas, dos muchachos escucharon la charla y disculpándose les ofrecieron comprarle las entradas. "Miren chicas, somos de Arroyo Seco y vinimos cuando nos enteramos y no quedan más entradas" les dijo uno de ellos "Si no van a ir se las pagamos a lo que salen en la boletería o lo que ustedes pidan, ¿Quieren?". "Tomá flaco, disfrutalas, no hay drama, pasalo bien que mi amiga está descompuesta y me la tengo que llevar" les dijo Malena dándole las entradas.

 A las dos de la mañana se anunció el show, Hacía mucho calor y las luces se apagaron. Desde la oscuridad se escucharon los primeros acordes. Los gritos llenaron el lugar y la luz cegó a todos. Empezó el recital con toda la furia y la gente comenzó a saltar imparable.

La noticia no podía ser más impactante. El único diario de San Nicolás titulaba la tragedia como "La masacre de Highland Road" aludiendo al frustrado recital de un grupo que se llamaba "Sol Estereo" como escribió alguien que no conocía el mundillo del rock.

Corria el mes de mayo del año 1987.
 El boliche aún sigue cerrado, a pesar de los intentos de reabrirlo aunque sea como un templo religioso.

Valeria no pudo confesar su escape con Malena. Tampoco volvió a escuchar más Soda Stereo. Malena carga con la culpa de lo que pasó con los muchachos, aunque a lo mejor fueron otros dos los muchachos de Arroyo Seco que cayeron desde el balcón.

 

miércoles, 9 de marzo de 2016

Aracnofobia - El fin de un amor

Hace unos años , yo formaba parte de un grupo de teatro vocacional. Ensayábamos obras de dramaturgos europeos y también se nos daba por improvisar escenas de diario llevadas al extremo. El grupo era bastante numeroso y costaba ponernos de acuerdo sobre todo en la forma de abordar los temas. La mayoría eran muchachas de entre 17 y 23 años. Los poco jóvenes masculinos, buscábamos la manera de aparearnos con alguna de estas chicas en flor. Particularmente yo venía haciendo un trabajo finísimo en Malena, la más alegre de las chicas. Las estrategias que intenté con ella iban desde la táctica de la lástima (ya me voy a extender en este concepto) hasta la figura del winner con la respuesta espontánea e ingeniosa a flor de labios  que me venía dando resultado hasta ahora.
La jugada perfilaba bastante bien y la iba a definir esta noche al finalizar el enésimo ensayo de "Las aventuras de Royalita y Puloi". La obra víenía demorada y el estreno era inminente. Si salía todo como Dios manda, Malena se iba a relajar, yo la acompañaría hasta la casa pero antes íbamos a pasar por mi depto a buscar la última corrección del texto que veníamos trabajando. Si todo cuadraba, Malena terminaba su noche conmigo.No podía fallar.
Esa noche el ensayo tuvo lugar en un salón de la comisión vecinal del barrio. Era un galón enorme con una salita acomodada para las clases de yoga, más atrás había un enorme depósito de motores, maderas y chapas destinadas a reciclar y ser destinadas a la venta para reacondicionar el salón. Pasando entre la mugre, había un laberíntico pasillo que llevaba al único baño instalado que constaba de un inodoro limpio, un lavatorio, un toallero y un rollo de papel higiénico apoyado en un banquito.
Quisieron los nervios que el estómago empezara a pedir a gritos un baño, inevitablemente me estaba cagando. Sentía escalosfríos y sudaba como animal en celo. Corté el ensayo para ir al baño, no entré en detalles para no arruinar el plan en marcha. Lo único que me preocupaba, era que hubiera un desodorante de ambientes o al menos un par de fósforos para quemar la evidencia.
Me escabullí en el pasillo oscuro y apuré el paso llevándome todo por delante. La luz del celular (un nokia 1112) apenas me servía  para abrirme paso. Después de un infinito caracol llegué al inodoro y vi que el "baño" no tenía puerta alguna, que dependía de la suerte que nadie apareciera a buscarme cuando era lo menos oportuno. Me senté rápido y empecé el duro derrotero.
Aliviado y más lúcido, comprobé que había muchas telarañas y me acordé de mi aracnofobia. Cada rincón era una amenaza, cada sombra se movía y cada vez más mi miedo crecía irremediablemente. Con el celular iluminaba cada recoveco y una rejilla en particular se había hecho el blanco de mis sospechas. De allí iba a salir mi temeraria enemiga. Sin dejar de iluminar el piso, me estiré para agarrar el papel higiénico. Le metí el dedo mayor en el hueco del rollo y sentí unas cosquillas en la mano. Alumbré con el celular y veo las patas peludas de algo que salía lento y se me quería subir a la mano. Sacudí el brazo que tenía el papel y le pegué celularazos a algo que creí que seguía subiéndome al cuerpo. Me paré rápido y sin pensar y retrocedí todo lo que me permitieron los pantalones aún bajos a la altura de los tobillos. Perdí el equilibrio y retrocedí un millón de pasos hasta llevarme puesto un tabique de durlock que se quebró y pasé directamente a la sala de ensayos, con el culo cagado, con la cara desencajada, con el celular en la mano y transpirado a más no poder. Con este cuadro se encontró el grupo de teatro....y Malena.
De la araña nunca se supo nada. Al durlock, hubo que pagarlo.
A Malena no la volví a ver más.
Tengo miedo de encontrar a algún miembro de ese grupo en el facebook y que recuerde este penoso hecho.

Religiones, hombres y semáforos.

Hubo un tiempo que la gente se sentía sola y un poco el ombligo del mundo, hasta que a un grupo se les ocurrió un plan macabro: inventar a un ser invisible y poderoso que sea incuestionable que dirija los destinos de la gente a gusto y piachere de los cinco creadores. Sería apresurado y poco objetivo aventurar que se iba a llamar Dios, así que vamos a suponer que así fue.
Al principio todo marchaba de maravillas, puesto que Dios iba a solucionar cuestiones inexplicables y a perdonar esas cosas inaceptables para los hombres. Como el concepto era un tanto subjetivo, le dieron forma humana y crearon un sinnúmero de leyendas y prodigios como separar la luz de las tinieblas y crear todo en siete días, a pesar que los días no existían siquiera. Así fueron naciendo las religiones, algunas más cerradas, otras más liberales, unas con mayor cantidad de dioses, otras con seres terrenales dotados de algún poder, algunas contrapuestas con los principios básicos de la creación, pero más o menos todas se parecían.
La diferencia mas grande, tenía que ver con lo geográfico. Los hombres que habitaban tierras áridas, rezaban pero también trabajaban a destajo día tras día para hacer de su aldea, un lugar habitable. La escasez de recursos los obligó a cuidar mucho aquello que cosechaban volviendo sus carácteres hoscos y poco hospitalarios, no celebraban con mucha bulla ni hacían grandes festines para poder guardar para los tiempos poco prósperos. Estos hombres, pertenecieron mayormente a las razas arias y sajonas.
Por contrapartida, en las geografías más fértiles, las tierras proveían alimento y refugio para todos. Sólo hacía falta rezar para que la suerte no cambie y la madre naturaleza siga entregando sus frutos. Para ello se ofrendaban bailes y canciones regados de vinos y manjares que supieron cosechar en la bonanza. Difícilmente se guardaba alimento para tiempos malos porque no había necesidad, pocas veces faltaba de comer. Cuando este fenómeno sucedía, se hacían sacrificios matando un animal u ofreciendo alguna niña consagrada a los dioses para que vuelvan a proveer agua, lluvia para las cosechas y el regreso de los animales. Eran soluciones casi mágicas, que dependían más de los deseos que del esfuerzo.
Yo nací y vivo en la parte del planeta donde la geografía es prometedora y la suerte es la moneda en curso.
¿Será por eso que cada vez que llego a un semáforo en rojo cierro los ojos, cuento hasta tres y los abró esperando encontrarlo en verde?
Interrumpo este breve pensamiento desde la oscuridad de mis ojos cerrados cuando los automovilistas que esperan atrás mío me gritan "¡Daaaaleee pelotudo! ¿Estás dormido o qué?".
Sin dudas, son descendientes de países arios.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Tomando medidas

En los años 90, era muy común tener mascotas exóticas. Las arañas, los reptiles y los axolotes encabezaban las preferencias de los jóvenes. Nunca quedó claro si a los dueños les simpatizaban este tipo de mascotas o era para parecer temerarios y llevarse la atención de sus amigos o conocidos.  María José, una amiga y vecina de edificio, había logrado entrar al país una Piton en estado de recién nacida. La misma medía unos 50 cm cuando llegó a su casa y se alimentaba de pequeños ratones que le vendía el dueño de un supermercado chino que los criaba especialmente para Majo. Se los cobraba relativamente baratos y se los proveía vivo para que la serpiente no pierda su instinto cazador y muera de hambre. La mascota andaba suelta por la casa y era inofensiva, la mayor parte de las veces evitaba las multitudes y se escondía bajo un sofá de dos cuerpos o atrás de la heladera. Unos pocos pudimos verla cuando paseaba de la cocina a la habitación de Majo. Los cuidados que había que tener, eran cerrar las puertas de todo, la del departamento, la de la heladera y la de la cocina respectivamente. También había que cerrar la tapa del inodoro ya que corría el riesgo que la boa se fuera por el desagüe. Carmen, como Majo llamaba a la piton, dormía a los pies de la cama hecha un bollito y se acercaba a los pies de la dueña emitiendo un ronroneo como el de los gatos cuando están relajados.
Los días pasaban, y la alimentación de Carmen se tornó un incordio, ya que el chino del supermercado se negaba a seguir criando ratones en el depósito porque las viejas estaban corriendo la bola que el chino era un mugriento y no iban a comprarle ni lavandina. A los amigos de Majo no les caía en gracia la idea de criarle o cazarle ratones para la serpiente y decidió comprarlos en la veterinaria lo cual le iba a llevar casi todos los ahorros obligándola a hacer horas extras para mantener a Carmen.
Majo terminaba reventada pero estaba feliz con su amiga Carmen quien se mostraba agradecida y empezaba a dormir a lo largo de la cama, tomando casi la misma posición que su dueña.
Esta actitud, a lo largo de los día le llamó la atención a Majo, la piton se estiraba a lo largo de la cama y se contraía en intervalos regulares y de a ratos emitía un hondo quejido como un bostezo prolongado. Majo pensó que Carmen estaba imitando el ritual de acostarse a dormir, estirando y contrayendo el cuerpo bostezando, pero para salir de dudas fue a consultarle al veterinario que a esa altura de los hechos, ya se había hecho amigo y tenía una bicicleta nueva gracias al negocio de los ratones. Le preguntó el veterinario a Majo cuándo comenzó esta conducta y si algo había variado en estos días, si hubo algo que podría haber alterado a Carmen o si había comido algo fuera de la dieta de ratones, pero nada de eso había pasado. Buscando una respuesta que parecía nunca llegar a su cabeza, el veterinario detuvo su respiración para ponerse pálido y mirar con miedo a Majo y preguntarle "¿Cuánto mide Carmen?" . Majo no entendía bien adonde se conectaba la pregunta con la cara del veterinario. "¡Qué se yo! Un metro sesenta y pico, creo.¿Por?" preguntó al borde de la preocupación.
El veterinario al borde del grito le dijo "¡Tarada! ¿Vos no leíste nunca nada acerca de las piton? ¡Te está midiendo! Cada noche te va a medir y el bostezo es para ver si te puede empezar a comer. ¡Boluda, matá a esa serpiente ya o te va a matar ella a vos!"
Majo empezó a temblar imperceptiblemente y se fue corriendo .El veterinario trató de seguirla pero llegó hasta la puerta del edificio pero no pudo llegar más lejos ya que no sabía en que piso y departamento vivía Majo.
Fue una noche larga, Majo nunca salió del edificio y los vecinos denunciaron al veterinario por conducta sospechosa. En vano fueron los intentos de explicar la historia de Majo y Carmen.
Supe por un amigo común que Majo se fue del edificio y a sus cosas se las llevó una amiga a un depósito. El veterinario estuvo todo el tiempo que pudo vigilando el edificio y alertando a los vecinos de la serpiente. El dueño y el presidente de consorcio lo intimaron al veterinario a desistir de esta actitud ya que espantaba a los inquilinos si ninguna base seria. Terminó por cerrar la veterinaria e irse de la ciudad para siempre.
De Carmen nunca más se supo nada.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Nunca más fue lo mismo.

Algunas cosas de chicos , 37 años después nos siguen torturando.
Vamos a situarnos en tiempo y espacio para entender este texto. Teníamos 9 años mas o menos y vivíamos en una cortada de tierra que en una esquina daba a la calle Francia y en la otra esquina había una villa miseria. La casa de Oscarcito estaba en la esquina que daba a la villa y tenía una terraza austera que nos servía para las precarias diversiones juveniles. Desde ahí le tirábamos bolitas de paraíso con un rulero y un globo a colectivos y autos que pasaban. Justo frente a la casa, había una suerte de lápida que tenía una de las pocas canillas públicas que abastecían a la villa de agua potable. Todos los días iban los habitantes a cargar fuentones, baldes y bidones a la canilla comunitaria, en verano preferían mandar a los chicos al mandado.
Un chico en particular nos había llamado la atención, tenía nuestra edad y todos los días de verano a la misma hora cargaba dos baldes de agua y se perdía en la villa entre los pasillos. Un día mientras llenaba el recipiente, nos miró y se encontró con nuestra mirada observadora. "¡Qué mirás pendejo!" le gritó Diego, el más quilombero de los nuestros. Por toda respuesta nos miró y sonrió. "Nos agarra para la joda" siguió Diego. Oscarcito le tiró una bolita de paraíso que picó cerca del primer balde lleno. Una idea idiota nos iluminó, jugamos a embocar las bolitas de paraíso en el balde lleno y empezamos a tirar. Marcelito fue el primero que embocó una y lo celebró con un grito. Lo miramos más con envidia que con admiración mientras el chico de la villa sacaba pacientemente la bolita del balde. La competencia pudo más que nuestro sentido común y volvimos a la carga para ver quien lograba más puntos en este juego dañino. Uno por uno íbamos anotando mientras que el pibe sacaba cada vez con menos gracia las bolitas embocadas. Ya no tenía demasiada gracia el juego cuando Oscarcito se abrió paso entre todos y revoleó algo negro y redondo que fue a dar justo en el balde lleno. Fue impecable. Pasó por encima de los cables y cayó justo en el agua y todos gritamos ¡GOOOOOLLL!. La torta de barro obligó al chico a vaciar el contenido del balde y empezar de nuevo la tarea.La escena se repitió tres o cuatro veces más hasta que nos llamaron a tomar la leche y nos fuimos todos abajo. Vimos los tres chiflados y después nos fuimos a jugar a la pelota hasta la hora de cenar. La vida era simple.
Pasaron los días y una mañana de domingo mi vieja me mandó a comprar pescado para la comida. Iba saliendo de la pescadería y un muchacho me cerró un ojo de una trompada que me hizo perder el equilibrio y parte del vuelto del mandado. Cuando volví a hacer foco, un flaco de mas o menos doce o trece años me miraba con los puños cerrados y un gesto duro. Atrás de él, estaba el pibe de los baldes de agua. "¡Pará! ¡Él no fue! Estaba con los otros pero él no fue, fue el de rulitos." le dijo el pibe al muchacho de doce que no me dejaba pasar. Me agaché despació a juntar el vuelto mientras trataba de anudar el por qué de semejante trompada por una estupidez que recordábamos muy lejana y poco importante. "¡Cagón!¡Asesinos de mierda!¡Cagones y asesinos!" dijo a los gritos y se fue mirándome con odio o resentimiento...o creo que fue lástima también al verme tan patético. El más chico de los dos pibes, el de los baldes, me miró con cara de "¿Qué que rés que le haga?".
Me fui a casa y en el camino me fui convenciendo que me merecía una piña y que ahí terminaba todo, unas bolitas por una piña era un negocio justo me pareció. A pesar del golpe, lo que me sonaba a demasiado era la palabra "asesinos". Era muy fuerte para un puñado de chicos entre nueve y doce años. La respuesta vino unas semanas después.
El chico que llenaba baldes, era el tercero de cinco hermanos de una familia de la Villa Pulmón como la llamábamos entonces. El que me pegó era su hermano inmediatamente mayor de doce y el mayor de todos tenía quince y trabajaba todo el día en una carpintería del barrio. También tenían dos hermanitos menores de menos de un año. Ambos sufrían de catarros constantes y diarreas dada la precariedad en la que vivían. Constantemente necesitaban estar hidratados y bajar la eventual fiebre con baños fríos ya que la medicación antifebril era un lujo para ellos. Esa tarde que lo bombardeamos, sus hermanitos estaban convulsionando de fiebre y necesitaba el agua rápido. Estaba realmente cansado y su mamá contaba con su ayuda en forma urgente. Ahí se topó con nuestra estupidez y demoró más de lo debido en llegar con el agua y cuando por fin lo hizo, se encontró con un cuadro devastador, ambos hermanitos estaban muertos y su mamá en medio de un ataque de nervios. Le gritó de todo lo que puede ocurrírsele a una madre que busca un culpable de la muerte de sus dos hijos más chicos e indefensos, no reparó en adjetivos y le tiró el agua encima gritándole  de todo. El chico salió corriendo con más indignación que dolor y se chocó con su hermano que fue el único que creyó su historia. Cuando pasó el dolor y solo quedó la rabia y el rencor se pusieron a buscar a Oscarcito o a cualquiera de nosotros para cobrar aunque sea una parte de la deuda de dolor.
Esto pasó mas o menos para esta época pre navideña hace treinta y siete años, me la contó un primo que hacía reparto de soda en la villa y supo de los hermanos muertos de fiebre.
Es la primera vez que puedo poner esta historia en palabras. No se la conté a nadie nunca. Fue la palabra asesino, la que me devolvió un espejo roto de lo que somos capaces de hacer con nuestra temprana idiotez. No sé si agarraron a Oscarcito, ni a Diego, ni a Guille. Supe que unos meses después la villa fue desmantelada y a la gente la trasladaron e otros pueblos de los alrededores. Allanaron el terreno y hoy se levanta ahí una basílica, quizas la más importante de la ciudad. En algun lugar del terreno están sepultados los dos hermanitos muertos , en algun lugar de esa geografía está sepultada nuestra inocencia precozmente arrebatada en el verano del 78.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Un delirio del pasado


Una tarde como tantas en el año 1984, mi mamá atendió un llamado telefónico. Su cara se fue transformando a pesar de lo breve del llamado. Cortó y me dijo “¡Vamos de la Gladys!” y se sacó el delantal con un gesto de angustia como el que tenía cuando le diagnosticaron cáncer a mi viejo. En esos tiempos las órdenes de cualquier persona mayor de cuarenta años no se discutían, se acataban en silencio y sin cuestiones. Cruzamos la calle y nos metimos en la casa de Gladys sin pedir permiso ni tocar timbre, en esos barrios las puertas se cerraban con llave solo a la noche y si alguien se acordaba de hacerlo. “Pase sola Erlinda” le dijo Gladys a mi vieja quien me hizo la clásica seña del dedo índice en los labios como la enfermera de los carteles del hospital. Cerró la puerta de vidrio y lo que sigue es una reconstrucción con imágenes de lo que escuché.
“Pase Erlinda, siéntese.” “¡Gladys! ¡Como tiene las lastimaduras! ¿Quiere que llame a la renga que pone inyecciones así la cura?” “Son estigmas Erlinda y no llame a nadie por favor” dijo Gladys con mucha paz en su voz, “necesito que se siente que le voy a dictar un mensaje.”
“No Gladys “dijo mi vieja “no creo que yo sea la persona indicada para esto. Si quiere llamo a la morocha que ella estuvo siempre o a doña Adelaida que es muy creyente.” “¡Erlinda por favor! ¡Hay cosas que no pueden esperar! ¡Ella la eligió a usted para que escriba este mensaje! Agarre por favor la birome y escriba, no puedo esperar mucho. ¡Por favor!” le dijo Gladys con un hilo de voz. Mi mamá tomó la birome y empezó a escribir, no escuchó nada de lo que le dictaba Gladys pero su mano percudida de lavandina y detergente se movían rítmicamente dibujando los signos ajenos. Juro que solo se escuchaba un murmullo sordo desde donde me encontraba y una especie de sonido grave entorpecía todo lo que podría llegar a escuchar. Cerré los ojos para poder concentrarme en la voz de Gladys pero fue inútil. De pronto todo se apagó, se suspendió el tiempo como si alguien hubiese puesto una pausa. Quedé detenido en ese sillón mullido con los ojos cerrados hasta que mi vieja me sacudió suave el hombro. “¡Vamos! Ya está.” me dijo y salimos en silencio a la calle.
Dos horas después sonó de nuevo el teléfono. Esta vez la cara de mi vieja estaba distendida. “Venga Gladys que estamos solos” fue lo único que dijo mi mamá. Y cuando cortó fue al baño a acomodarse un poco. “¡Andá a abrirle a la Gladys!” dijo mi mamá cuando golpearon “Debe ser ella”. Cuando abrí la puerta, Gladys pareció sorprenderse conmigo. “Dale a tu mamá esto. Decile que muchas gracias. La Virgen también le agradece.” y dándome un papel doblado en cuatro se fue por donde vino.
“¡Má…! La Gladys te manda esto” y le di el papel cuadriculado doblado prolijamente en cuatro. Mi mamá lo abrió y se sentó y empezó a llorar mucho. “Andá, andá con los chicos a jugar un rato “ me dijo…
Cuando mi mamá murió, entre unas fotos viejas estaba el papel cuadriculado todavía doblado en cuatro. Me lo llevé a mi casa donde actualmente vivo con mi mujer y mis hijas. Cuando se fueron a dormir todas, me puse a ver fotos y busqué el papel cuadriculado. Con mucho cuidado lo abrí y ahí estaba la letra de mi mamá, redonda y prolija. El mensaje que ella escribió no fue dictado para ella ni para nadie que no sea Gladys. Será por eso que no recordaba nada de lo que escribió hasta que lo leyó dos horas más tarde en el baño de mi casa. Cuando lo leí, lo literal no me estremeció tanto como el sonido de la birome y el murmullo de Gladys volviendo del año 1984 hasta hace un rato y la cabeza se me nubló y lloré como nunca, en silencio, hasta que mi hija menor me preguntó “¿Qué pasa pa? ¿Estás triste?” y me abrazó fuerte...”¡Te quiero mucho!” fue lo último que me dijo mientras el papel cuadriculado vacío de escrituras y recuerdos caía al piso para luego extraviarse para siempre.

martes, 1 de diciembre de 2015

Peluqueros, carniceros e ingenieros.

Arnaldo Ibarra era uno de los peluqueros de mi ciudad. Si bien en los '70 no había muchos peluqueros de profesión, Ibarra era un referente obligado y cobraba caro.
Una tarde entró un hombre de traje con un niño de la mano riendo acaloradamente de una imitación de José María Muñoz. Cuando todos lo miraron pidió disculpas y se presentó "Buenas tardes. Soy el ingeniero Palazzolo.Permiso" y se sentó en un rincón cercano al revistero. El clima siguió como siempre, charlas de personajes, comentarios acerca de las noticias de la radio y fuertes cruces entre los clientes por el poster de Boca Jr campeon 1970. Los rituales cotideanos se interrumpían cada vez que se perdía la señal de la radio o entraba algún cliente a preguntar si había lugar para uno más o volvía en otro momento.
Así pasó la tarde hasta que le llegó el turno al ingeniero Palazzolo. Se sentó con el diario La Razón abierto en la sección de economía y finanzas comentando en voz alta lo que lo indignaba la situación del país y el mundo en general.
"Media americana" le indicó al peluquero "Y un poco de tinte en el bigote, que tengo una reunión mañana y tengo que quedar bien ¿Me entiende?". Ibarra le cortó el pelo y muy prolijo le puso glostora logrando un brilloso tono azabache. Con un pincelito en miniatura le coloreó los bigotes y patillas dejando al ingeniero Palazzolo con el porte de un prócer. Causaba mucha impresión el resultado, se encontraban ante un hombre poderoso en su mejor momento. Le pasó una ancha pinceleta y completó su trabajo con una tijerita diminuta con la que cortó uno a uno los pelos de las orejas y nariz.
Palazzolo se miró varias veces al espejo con cara de insatisfacción, pero finalmente soltó un bufido y comentó "Está bien Ibarra, está bien. Lo felicito por el trabajo. Cortemelé al pibe a la romana que me cruzo a comprar cigarrillos y vuelvo a terminar la charla acerca de economía y a contarle unas ideas que se me ocurrieron para mejorar el negocio de la peluquería...¿Tiene cambio para los cigarrillos? Salí sin sencillo, no se preocupe, le pago todo junto." Ibarra presto, sacó del cajón de la recaudación dos billetes marrones y se los dió a Palazzolo quien le agradeció y se cruzó al quiosco de enfrente.
Ibarra acomodó al niño en el sillón y le cortó el pelo tal cual le indicara Palazzolo que estaba tardando un poco más de la cuenta. "Supongo que no encontró los cigarros que fuma y se fue a la otra cuadra, por eso debe tardar..." pensó Ibarra mientras terminaba de cortar el pelo al niño. Cuando finalizó, lo ayudó a bajar del sillón y se fue al rincón del revistero a hojear una revistas El Gráfico.
La tarde transcurría y en algún momento la ausencia de Palazzolo le colmó la paciencia y le preguntó al niño "Che nene, ¿no sabés si tu papá va a tardar mucho?"
"No sé" dijo el niño "¿en qué va a tardar mucho?"
"¡En volver nene! ¡Hace como una hora que se fue! ¿Qué fue a hacer? ¿A comprar o a fabricar los cigarrillos?" le dijo Ibarra medio en serio y medio jorobandolo al pibe.
El nene lo miraba en silencio arrugando la frente como si le hablaran en chino mandarín.
"¡Tu papá nene! ¡El ingeniero Palazzolo! ¿Te agarró amnesia te agarró?" se impacientó Ibarra.
"¿El ingeniero? Mi papá es el carnicero de la esquina. No conozco a ningún ingeniero" dijo el nene.
"¿Y PALAZZOLO?¿El hombre que entró con vos?¿Quien es?"
"¡Que se yo! Yo estaba jugando en la esquina y me dio unos caramelos y me dijo que lo acompañe a cortarse el pelo. Me preguntó de que cuadro era y empezó a hacer como el de la radio. Bueno, me  voy yendo que es tarde. ¿Me puedo ir?"
Ibarra sentía ganas de agarrar a patadas en el culo al nene pero se ve que tambien era victima del engaño.Como estaba se cruzó al quiosco de enfrente y preguntó si habían visto a Palazzolo. Obviamente el qiosquero no tenía idea de que le hablaba Ibarra.
Entró deshecho a la peluquería y le dijo al pibe "Andá nene, andá. Tu viejo debe estar preocupado, andá." y cuando salió el pibe se desplomó en el sillón pensando como lo había cagado Palazzolo.
Terminó el turno y pasó por la carnicería a ver como estaba el pibe, si había llegado ya que era tarde. Lo interceptó el carnicero diciendo "Ibarra viejo, justo me agarraste cerrando, ya iba para la peluquería. ¿Te dejó el pedido Palazzolo?"
"¿Qué pedido?" le dijo mirándolo extrañado.
Despues de un silencio el carnicero rompió "¡Qué hijo de mil puta! ¡Me recagó! ¡Me dijo que iba a tu peluquería a pedir cambio para pagar dos kilos de lomo que se llevó! Ya iba a buscarlo...¿Cerraste Ibarra?"
"Si hombre, venía a preguntarte si llegó bien tu pibe. A mí me garcó un corte de pelo y plata para los puchos que me pidió con el verso del cambio." le explicó a grosso modo Ibarra.
"¿Qué pibe?" le cortó en seco el carnicero"Yo no tengo pibes, soy soltero."
Lejos de allí, el ingeniero Palazzolo se iba a su casa con su hijo, los dos kilos de lomo y los Parliament negros sin filtro en el colectivo urbano.

jueves, 29 de octubre de 2015

Esperando el bondi

Las terminales de omnibus tienen ese que se yo ¿Viste?

Una tardecita estaba esperando el colectivo que me lleve de vuelta a San Nicolás, y un hombre mucho más bajito que yó parecido a Guido Gorgatti, me encaró de frente. "Escuchame nene, pagame un pancho."

Asombrado por la caradurez del Guido y un poco sorprendido le iba a decir algo y enseguida me cortó "Mirá pibe, vos no sos de acá ¿no? Yo tampoco, no me banco a los porteños." Empecé a mirar con supuesto disimulo buscando un guardia o algo por las dudas. "¡No tengas miedo nene! No te estoy pidiendo plata, te pido que me pagués un pancho nomás. Me soltaron esta tarde y no tengo ni un mango para el pasaje. Lo único que te pido es un pancho, simple, sin mucha vuelta ¿no te podés poner un rato en mi lugar?"

A esa altura tenía un cagazo que no veía nada. Lo que tendría que ser un acto natural venía arropado en demasiado misterio para mi gusto. Pensé velozmente en no mostrar la billetera ya que tenía algunos pesos que había cobrado por una venta de internet, por otro lado no podía hacerme mucho el vivo porque Guido tenía a favor el misterio, no sabía a ciencia cierta si operaba solo o si tenía en los bolsillos (nunca sacó las manos de ellos) un arma o algo así. Le estaba por empezar a mentir que solo estaba esperando a un amigo que llegaría de un momento a otro so pretexto de intimidarlo, pero pescó mis intenciones y me anticipó :"No te asustés nene. Estoy solo igual que vos ¿Me tenés miedo? Mirame a mí...¿te doy miedo? Si lo único que te pido es un pancho. Incluso me podés decir que no, que no me lo querés pagar, o que no tenés plata y no hay drama, se termina la historia. ¿Vos tenés plata para pagarme un pancho? ¿me lo querés pagar?"

Apuré el tramite y le dije "Vamos, vamos para la panchería y pedite lo que quieras. Y si te querés pedir una coca o un café también, no hay drama. Te banco."

Guido me siguió y le dije rápido a la cajera "servile al hombre lo que te pida, y decime cuánto es, que te lo pago"

La cajera lo miró y suspiró porque se ve que esta práctica era más habitual de lo que yo imaginaba. Me dijo "Son treina y seis pesos." Le di cincuenta y me fui a sentar al corredor a esperar las dos horas siguientes la salida del micro a casa.

Despues de agradecerme Guido se fue a comer el pancho con el agua mineral a la escalera y yo me escapé de su campo visual. Traté de no hacer contacto con nadie más. Miré las revistas de una librería, fui al baño y me senté en una silla a observar las pizarras electrónicas.

Como una hora despues pasó Guido y me saludó con una cabeceada. En una de esas, se puso serio y levantó las cejas como señalandome algo atrás mío. Me di vuelta con desconfianza y vi que dos pendejos se hacían los que miraban a otra parte. En eso estaba y Guido se les fue al humo, algo les habló por lo bajo y me señaló discretamente con el menton. Los dos muchachos se dieron media vuelta y se fueron. Guidi se me acercó y me preguntó si me faltaba algo. Tenía todo conmigo, la mochila, la billetera y el buzo, así que no me faltaba nada.

"Cuidate pibe" me dijo Guido, "En estos lugares hay gente muy rara ....¡suerte!"