miércoles, 19 de octubre de 2016
Una habitación, un milagro, un grito...
Graciela entró como cada mañana de los últimos diecisiete años a la pieza de Romina. Todo estaba tal cual lo había dejado ella en el momento que se fue. Repasaba el escritorio con la vista una vez más aunque ya se sabía de memoria la coreografía de los objetos dispuestos. Adivinaba hasta en lo oscuro donde estaba cada cosa. Una lágrima comenzó a dibujarse en los ojos. Se llevó la mano a la cara por enésima vez para ahogar el angustiado grito de una madre desesperada.
La congoja la volvía a cobijar como cada mañana.
Una vez más cerró los ojos y pidió por un milagro, no creía en Diós pero la desesperación te lleva a lugares inexplicables.
Sus hombros temblaron como nunca. Cerró muy fuerte sus ojos para alejarse del dolor que no paraba de crecer en su interior.
Una corriente de aire cortó en dos el silencio. El aire se congeló.
De la oscuridad del pasillo y a espaldas de Graciela, se recortó de entre las sombras una mano joven que avanzó lento hasta la dolida mujer. ¿Habrán sido escuchados los vanos ruegos de la esceptica mujer que ya no creía en nada ni en nadie? Los escasos centímetros que faltaban para el contacto entre la fantasmal mano y el hombro de Graciela se acortaban en cámara lenta . Todo estaba detenido en el aire y en el tiempo. La cara de Romina se materializó lentamente. No podía ver a su madre así. Apoyó su mano suave en el hombro de la mujer que dio un salto sobre sí misma como si le hubiera dado un shock eléctrico.
Se miraron fijamente madre e hija, como nunca, como siempre.
Graciela rompió en un grito.
“¿Sos pelotuda o qué te pasa Romina? ¿Cómo te me vas a aparecer así? ¿Te hiciste la rata de la escuela de nuevo? ¿Qué te pasó contestame boluda?”
“Faltó la de biología che...¿tanto escándalo por eso?” contestó Romina.
“No boluda, casi me matás del susto. Y arreglá la pieza que estoy can-sa-da de decirte que te la ordenés vos….tenés diecisiete años y no puede ser que te tenga que tender la cama a esta altura, y apurate por favor.”
La cachetada en la nuca de Romina fue lo último que se escuchó ese día.
sábado, 3 de septiembre de 2016
La razón y la fuerza
Don Osorio se
levantó de la ronda de mate pálido, unas gotas de transpiración y
un gesto duro se le dibujaron en el rostro. Caminó agarrándose de
la pared arrastrando pesadamente su cuerpo por el pasillo que se le
había vuelto interminable. Tanteando el lo oscuro, alcanzó la tecla
de la luz del baño y cerró tras de sí la puerta con dos vueltas
de llave.
Torpemente se sacó
toda la ropa de arriba de un tirón y la tiró contra la puerta
mientras se desabrochaba el cinturón para luego dejarse caer sobre
el inodoro. Su mente se puso en blanco, los azulejos esmaltados se
quedaron sin límites y el cuerpo le hervía.
Tomó aire y
pronunció una letra “m” que se prolongó todo el tiempo que duró
la contención del aire en sus pulmones para liberarse en un brusco
resoplido.
Volvió a inhalar
ruidosamente para reencontrarse con esa improvisada contracción y
esta vez fue un desgarrador gruñido el que acompañó la acción de
hacer fuerza.
Volvió una vez más
a tomar aire decidido a terminar por fin lo que había empezado.
Para ello se agarró
del lavabo y lo apretó con todas sus fuerzas al tiempo que gritaba
blasfemias a todos lo santos. Un estruendoso ruido coronó el pesar
de Don Osorio que gritaba su desgarramiento rompiéndose la garganta
y parte del lavabo.
Empapado en sudor
frío su cuerpo se aflojó y se desplomó sobre sus muslos
afiebrados.
Tenía taquicardia y
le dolía un costado del abdomen.
Cuando logró
incorporarse, abrió la canilla del lavabo y se mojó la cara y el
pecho.
Alcanzó como pudo
la toalla y se secó el cuello y el cuerpo.
Del bolsillo del
pantalón sacó un atado de cigarrillos hecho un nudo. De los puchos
que le quedaban sanos eligió el mejor y lo encendió. Después de
dos pitadas se levantó y se dio vuelta para ver lo sucedido. La
imagen que tenía ante sus ojos era apocalíptica. Una suerte de
cocodrilo marrón nacía en el fondo del inodoro y se prolongaba y
engrosaba hacia afuera del agua alcanzando casi el borde del mismo.
Mirarlo, ya le producía dolor.
“¡Claro! ¿Cómo
mierda no va a haber putos?” Dijo Don Osorio y tiró la cadena no
menos de cinco veces antes de perder de vista al cocodrilo.
Se vistió, echó
desodorante y volvió a tomar mate, esta vez se mantuvo de pie hasta
el final.
jueves, 1 de septiembre de 2016
Hipoacusia
Había nacido
sordomudo.
Su universo estaba
cimentado en imágenes carentes de banda de sonido. Lo más parecido
a un ruido eran las vibraciones que producían unas galletas cuando
las mordía o las aceleraciones de los colectivos cuando pasaban por
su lado.
Nunca escuchó
música alguna, Beethoven, Louis Armstrong y Elvis le eran ajenos y
lejanos, todos ellos gesticulaban algo que nunca iban a emocionarlo
en absoluto.
Le llamaba mucho la
atención cuando la gente en algunos salones unían sus cuerpos y se
movían a algún ritmo, con una cadencia y hasta en una armonía que
nunca iba a entender. Tampoco iba a entender como dos personas que
gesticulaban unas frente a otras, a veces terminaban a los besos y
abrazos y otras veces terminaban agrediéndose o dejando de verse
para siempre.
Otra señal que le
indicaba que era un extranjero en el mundo, consistía en los
esfuerzos inútiles que hacían sus amigos, conocidos, parientes y
anónimos para explicarle el por qué de algunas cuestiones que no
iban a modificar en absoluto su vida.
La vida sin sonidos
no le había desarrollado en particular ninguno de los otros sentidos
en particular, olía y veía como cualquier persona. Su grado de
dispersión era como el de cualquiera, ya que los estímulos visuales
lo llevaban a pensar las distintas posibilidades de combinación o
deformaciones. Esto había disparado su imaginación y le
posibilitaba dibujar surrealismo con gran facilidad.
Vanos eran los
intentos de sus amigos por entenderlo y sobre todo era inútil
intentar preguntar cuestiones sumamente subjetivas en lenguaje de
señas y no sabían como hacer para llegar a su corazón.
Mucho tiempo le
dedicaron al plan y lograron entrenar a un montón de personas en
lenguaje de señas, gente que iba a cruzarse “casualmente” por su
vida durante el día haciéndolo sentir integrado a una sociedad que
lo había excluido durante años. Durante todo un día lo iban a
llevar por sus lugares preferidos y los actores le iban a preguntar y
responder cosas en lenguaje de señas a lo largo de todo el
recorrido. Para documentar la experiencia, pusieron varias cámaras
en lugares estratégicos a modo de cámara oculta.
El día comenzó y
el recorrido le pareció raro, mucha gente le comunicaba preguntas y
le agradecían la ayuda o la información. Se sentía incómodo pero
integrad a una suerte de diálogos casuales. Nadie lo esquivaba ni lo
miraba torcido. Todos se mostraban gentiles y cordiales. El mundo era
un lugar nuevo ese día.
Al final le contaron
el plan y aparecieron todos los cómplices a saludar al sordomudo.
Días después
subieron el video a las redes y el mundo lo coronó de likes y
comentarios, tuvo muchas reproducciones y lo compartieron muchas
personas.
Luego de varias
semanas de ausencia buscaron al sordomudo. Tras varias horas lo
encontraron en su cama muerto de una sobredosis de calmantes.
Nadie entendió que
fue lo que le pasó.
No tenía motivo
alguno para tomar semejante determinación.
No tenía familiares
y fue olvidado al tiempo.
Unos minutos antes
de tomar los calmantes, empapado en un mar de lágrimas y alcohol,
pensaba que toda su vida había sido único, a su manera, el mejor en
lo suyo, y ahora sus amigos le habían demostrado que con un mínimo
de entrenamiento cualquiera podría ser como él…
Pero NUNCA él iba a
ser como ellos.
Y empezó el camino
de regreso.
miércoles, 31 de agosto de 2016
Amistad
Cuando se despertó
después de noche de borrachera, se encontró esposado al cadáver de
su mejor amigo. Ambos estaban unidos por sus manos derechas. La
primer reacción que le permitió su cuerpo, fue un continuo vómito
y la sensación de querer despertar de una pesadilla que no fue.
Vanos fueron los esfuerzos por desprenderse de su compañero de
resacas. La cabeza le latía y el dolor lo hacía maniobrar torpe e
inconsistente. Cuando pudo juntar un poco de fuerza, logró cargar a
su amigo sobre su espalda y trató de salir del lejano lugar donde se
encontraban ambos. Las habitaciones se sucedían y las ventanas se
encontraban trabadas por fuera. Ni un ruido ni un indicio que lo
pudiera orientar o al menos confundirlo en una forma más conocida.
Vagó horas por la casa, gritó todo lo que pudo, golpeó cuanta
ventana se cruzó y derribó con la poca fuerza que le quedaba cada
puerta que lo alejaba de la salida. Sus piernas comenzaron a temblar
y cada paso le costaba una blasfemia. El escaso aire apenas lo
mantuvo con vida durante seis o siete horas de tremendos esfuerzos
inútiles. Cayó pesadamente al piso y un bulto se le hizo familiar
en la cintura. Con dificultad y luchando contra la rigidez cadavérica
de su amigo, logró sacar el revolver que contenía una sola bala.
Ausente de soluciones y abatido en su lucha, llevó el revólver a la
sien y se reventó la cabeza con un sordo grito que retumbó en toda
la casa.
Yacían ambos
cuerpos en el piso cuando el supuesto cadáver comenzó a moverse
pesadamente. Se levantó con el cuerpo acalambrado y miró a su amigo
largamente.
Buscó en sus
bolsillos y sacó tres llaves. Con la más chica, abrió las esposas
y se liberó de su carga.
Se masajeó la
muñeca entumecida y se dirigió a la puerta más cercana. Con la
llave más grande abrió la primer puerta que encontró y un
resplandor iluminó la habitación. Salió y cerró la puerta con
llave mientras que tiraba a una alcantarilla la tercer llave.
El cuerpo aún con
vida del suicida, vio toda la situación mientras un hondo sopor le
alivió todos los dolores y las culpas.
domingo, 28 de agosto de 2016
miércoles, 24 de agosto de 2016
Segundos hijos.
La historia, por lo
general, le guarda un lugar privilegiado a los primeros, a los únicos
, a los pioneros, esos seres que tienen toda la atención, las
expectativas y el apoyo incondicional ante los tropezones de la vida
coronando y enalteciendo cada uno de sus logros, por insignificantes
que parezcan.
Los últimos también
tienen su lugar en el salón de la fama logrando ser los antihéroes
llevándose las palmas ya que al igual que los primeros, son los
extremos por donde se van a mover los del montón. Aquí se desprende
una palabra condenatoria: el montón. Y ahí es justo cuando el
segundo , se convierte en el mejor del montón, el mejor de lo que
queda, el premio consuelo.
Cuando de hijos se
trata, al primero se lo piensa, se lo concibe, se lo espera y se lo
recibe en plenitud, con los miedos pero también con las esperanzas y
los sueños y se le abre todas las puertas para que nada se
interponga entre el éxito y él.
Ahora , cuando viene
el segundo, comienzan las complicaciones. ¿Cómo le explicamos al
primero que va a perder la exclusividad? Simple, no la pierde, solo
que se divide entre los tíos, abuelos, vecinos y profesores
forjadores del mañana. Entonces el segundo nace sin saber que tiene
exactamente el cariño que le sobra al primero, pero para él bastan
y sobran….al principio.
Cuando el primero va
a la escuela, ya sienta un precedente, para bien o para mal ya traza
un camino. Si es un chico problema, las maestras se lo van a tratar
de sacar de encima y lo van a ubicar sin conocerlo en el turno tarde,
si es posible en otra escuela. Ahora si es un erudito, van a someter
al segundo hijo a interminables comparaciones que solo lo van a
frustrar ante sus compañeritos y la sociedad entera.
Este karma va a
acompañar al segundo hijo durante todo lo que empiece. Si sigue una
carrera que no tiene nada que ver con el primer hijo, las viejas van
a decir “Es la oveja negra de la familia, nada que ver con el
mayorcito que es un santo” Ahora si se le ocurre seguir algo
parecido al hermano mayor, va a estar a su sombra siempre, aún los
fracasos del mayor van a opacar los éxitos del segundo.
Si ocurre una
fatalidad con el primer hijo, el segundo nunca va a ocupar su lugar,
todo lo contrario, va a ser el encargado de sostener los ánimos ya
que los amigos y vecinos van a decir “Y bueh, por lo menos les
queda el más chico” como si fuera el que sigue en una suerte de
lista negra.
Los segundos son
como hijos tributo del primero, es decir, son casi como el primero,
pero los aplausos son para el original.
Segundos hijos, no
bajemos los brazos, defendamos nuestro lugar, y si nos tocó ser los
mejores del montón, al menos sabemos que somos el modelo a seguir de
otra gente, no tal vez de los exitosos, ni de los felices, pero si de
los libres de la responsabilidad de ser primeros.
Salud.
lunes, 22 de agosto de 2016
Odio los barriletes
Hay cosas que cuando
no son para uno, no vale la pena insistir.
Hace un montón de
años, mi hija mayor tenía una barrileteada en la escuela del
barrio. Cada alumno junto con sus padres, debían llevar un barrilete
y algo para merendar y compartir con los demás padres. La maestra
insistió que en lo posible, los barriletes sean confeccionados por
las familias, así fomentaban los valores, la unión y otro puñado
de barbaridades. Yo no tenía ni tengo idea como se hace un
barrilete, y mi experiencia de remontar uno es un autentico canto al
fracaso que voy a detallar en otro post. La cuestión es que fuimos
un día antes a la casa de mis suegros en Rosario a almorzar y mi
hija comentó lo emocionada que estaba con el evento, que recién ahí
caímos que no teníamos barrilete alguno ya que especulábamos con
un probable frente de tormenta que iba a arruinar la tarde pero la
lluvia no llegó nunca.
Mi suegro saltó de
la silla y con la cara iluminada nos dijo “¡No podrían tener más
suerte! Conozco a Sanabria que hizo la colimba conmigo y vende
barriletes en la plaza del shopping Alto Rosario. Vamos y de paso lo
visito a Sanabria, pobre infeliz.”
No había terminado
la oración cuando ya nos había subido al auto y manejaba como loco
contándonos anécdotas de sus años de conscripción. Llegamos a una
plaza y ahí estaba Sanabria, sentado en una reposera leyendo el
diario y escuchando la radio. Mi suegro me dijo “Vení, vamos que
lo voy a hacer cagar todo.” y lo encaramos desde atrás.
“¿Qué tal cómo
le va?” le dijo mi suegro a Sanabria haciéndose el serio. “Somos
de la inspección municipal y veo que está vendiendo barriletes.
¿Tiene los permisos?”
Sanabria empezó a
buscar nervioso los papeles que no existían, y mi suegro empezó a
reírse mal. “¡No te cagués Sanabria! Soy el flaco Olivieri,
hicimos la colimba juntos, en Bahia Blanca...¿No te acordás? ¡Estás
hecho mierda che!”
La presentación
mutua duró casi dos horas. Sanabria no se llamaba Sanabria, se
llamaba Salinas. La colimba la habían hecho en Azul, no en Bahía
Blanca y así con la casi toda la historia. Cuando sintonizaron, mi
suegro le pidió el mejor barrilete para su nieta. Había no menos de
veinticinco barriletes volando y uno solo apoyado contra un árbol.
“Este es el mejor flaco” le dijo Salinas a mi suegro, “pura
fiselina, no se rompe nunca, y el hilo es encerado, nunca se corta ni
lo jode la humedad. Llevátelo flaco, te lo regalo. Si es para tu
nieta es un regalo.”
Mi suegro insistió
en pagar hasta que logró que Salinas se lo cobre “Ya que insistís
flaco son 24$” sentenció Salinas. (en esa época, 1U$ = 3$, osea
que el barrilete costaba 8 U$) “¡Uh, qué macana! Me dejé la
billetera en el auto. Pagale que después te lo doy en casa.” me
dijo mi suegro, y pagué el barrilete más caro del planeta. Pesaba
un millón de kilos y era duro. Así que lo llevamos a casa.
Al otro día fue la
barrileteada. Había de todo, unos barriletitos minúsculos, otros
standart, y unos tipo cajón que eran enormes.
Todos, absolutamente
todos los barriletes volaron altísimo, menos el barrilete nuestro
que era una suerte de baldosón hexagonal de colores con un hilo
sisal encerado. El cuadro era devastador: mi hija iba adelante, en el
medio a un metro atrás de ella iba Yamila, y un metro atrás Camila,
las tres sosteniendo el hilo sisal y corriendo mientras el barrilete
daba unos humillantes tumbos frente a los eruditos del barrilete que
aconsejaban que le sobraba cola, que le faltaba cola, que tenía
mucho hilo, que le faltaba tal o cual cosa, la cuestión es que yo
rogaba que el barrilete se destruya y acabe el sufrimiento.
Las maestras nos
miraban con lástima y a mi hija los demás papás le prestaron un
barrilete para sacarse una foto.
Volvimos a casa y
revoleé el barrilete al galpón para olvidarme del asunto.
Los demás chicos
subieron todas las fotos al facebook de la escuela, abajo de la foto
de mi hija decían los comentarios “Acá está fulanita con nuestro
barrilete, que se lo prestamos porque el de ella no se levantó” y
tenía como dos mil likes y la compartieron cientos de veces.
A la noche cuando
todo era paz y silencio, todos se habían dormido menos yo que estaba
como loco tratando de alinear los chakras con una vela aromática y
unos mantras. Ya me iba a dormir y vi que tenía un mensaje en el
celular. Lo abrí y era de mi suegro “¿Como les fue con el
flamante barrilete?”.
Desde entonces veo
un barrilete y me viene taquicardia.
martes, 2 de agosto de 2016
El sobreviviente
Con el motivo del 50 aniversario del fin del holocausto, un canal
de televisión y una radio local decidieron hacer una cobertura
especial en un conocido teatro del sur de Neuquén. Para ello habían
recolectado historias y documentos que presentaron junto con
filmaciones de la época. El evento, sin dudas iba a ser el más
importante de la región y se esperaban cerca de 2000 invitados de
los alrededores. Se organizaron canciones típicas y una feria de
platos temática. Todo marchaba viento en popa, hasta que apareció
el sonidista con una bomba: su abuelo conocía un sobreviviente del
holocausto. Fue lo único que acaparó la atención y los esfuerzos
durante la semana previa a la cobertura. No fue fácil dar con el
paradero del sobreviviente. Era un anciano que vivía alejado de la
sociedad en una pequeña cabaña, probablemente con miedo del ruido
urbano. Llegaron hasta la casa y con una amable sonrisa de 90 años
Martin Bergman los atendió y con la ayuda de un intérprete lograron
convencerlo de participar de los acontecimientos. Martin solo hablaba
en alemán y dio a entender que se vio forzado a hacerlo dada las
circunstancias.
Se tomaron muchos recaudos para hacer posible el testimonio de Martin en televisión. Sacaron algunas de las fotos de los campos de concentración ya que podrían llegar a perturbarlo. Se eligieron cuidadosamente las preguntas y cuidaron de la sensibilidad del anciano en extremo.
Llegado el día, se tocó solo música clásica como signo de neutralidad y los asistentes llevaron pacientemente a Martin al sillón donde iba a ser brevemente entrevistado. Esta transmisión, iba a salir en vivo por varios canales del país ya que era un hecho inédito.
Se tomaron muchos recaudos para hacer posible el testimonio de Martin en televisión. Sacaron algunas de las fotos de los campos de concentración ya que podrían llegar a perturbarlo. Se eligieron cuidadosamente las preguntas y cuidaron de la sensibilidad del anciano en extremo.
Llegado el día, se tocó solo música clásica como signo de neutralidad y los asistentes llevaron pacientemente a Martin al sillón donde iba a ser brevemente entrevistado. Esta transmisión, iba a salir en vivo por varios canales del país ya que era un hecho inédito.
La entrevista solo
constó de una sola frase: ¿Cómo recuerda esos días don Martin?
“Fueron años muy
tristes. Había horror en el aire. Todo se poblaba de gritos sin
sentido. Cuando uno se despertaba la esperanza de un nuevo día se
nublaba. Mis amigos y hermanos sufrieron mucho. Es terrible el dolor,
pero creo que hay que saber perdonar y entender. El pueblo Alemán
tenía una manera de ver las cosas, tal vez no fue la correcta pero
si rescatamos lo bueno, creo que ningún sacrificio es en vano. Todo
en esta vida ayuda a crecer y a ser quien uno es. Hay batallas por
dar siempre y en todo lugar, pero la paz de sentir que podemos hacer
de este mundo un mundo mejor no tiene límites. Si vemos al
adversario como un enemigo y no como un ser humano, ahí dejamos de
ser personas. Perdón y comprensión para los que no piensan como
nosotros y saber ponernos en su lugar, es el legado más grande que
tengo de aquellos años”
Diciendo esto,
Martin se levantó entre un montón de aplausos y con paso lento se
fue caminando entre los asistentes que desbordaban de emoción ante
el discurso desprovisto de rencores y rico en la esperanza que un
mundo distinto comenzaba en ese instante. Se subió al auto que lo
llevó de regreso a su casa ya que no estaba acostumbrado a estos
trajines.
“¿Cómo supo tu
abuelo que este hombre era un sobreviviente del holocausto?” le
preguntaron al sonidista del evento. “Una vez, mi abuelo fue a
llevarle kerosene a un viejo hermitaño chileno y lo agarró la noche
y se perdió. Manejó como pudo hasta que dió con la casa del viejo
Martin. No hablaban una palabra en común, pero se hicieron entender
y el viejo le dio comida y abrigo hasta que pasara la fría noche.
Cuando amaneció, se despidió y se fue.” comentó el sonidista.
“Está bien, pero
¿cómo se dio cuenta que el viejo Martin era un sobreviviente del
holocausto?” insistieron.
“Según mi abuelo, había unas fotos arriba del hogar donde el
viejo Martin estaba con un uniforme gris y decía en un rincón -für
mein treuer Freund Martin Bormann - Berlin 1939-, algo
así como Para mi fiel amigo Martin o algo así, Berlín 1939“
“¡Boludo!
¿Vos no dijiste Martin Bergman“
“No,
bah, no me acuerdo. Bergman Bormann es lo mismo, es un sobreviviente
¿o no?“ se molestó el sonidista.
“¡No!
¡No es lo mismo! ¡Martin Bormann era el segundo de Hitler, idiota!
Llevamos a uno de los Nazis más buscados de la historia a un
aniversario del holocausto! ¡Si lo ven los Judíos a esto nos van a
cortar las pelotas en julianas a todos! ¡Ya hay que parar todo lo
que se transmitió y ojalá nadie lo haya reconocido!“
Y
todos corrieron a tratar de desarmar todo de la manera más discreta
posible, borrando todo y rogando que nadie se haya avivado.
“¡Qué
tanto lío! Pidieron un sobreviviente y les traje uno, y así me lo
agradecen….¿por qué no aclararon antes de que lado era el
sobreviviente que querían…? Ni las gracias me dieron.“ murmuraba
el sonidista mientras desarmaba la consola ya que a la noche tenía
un cumpleaños de 15 y al fin y al cabo eso era plata segura.
sábado, 30 de julio de 2016
Gloria y ocaso de una aplicación.
Hace unos años,
unos becarios de la escuela secundaria técnica del barrio, trajeron
una App que se llamaba Shazam. Básicamente consistía en “escuchar”
una melodía , una canción y comparar un par de compases con una
inmensa base de datos y descifrar el título de la canción , su
intérprete y una captura de la tapa del disco donde fue publicada.
Uno de los becarios comentó que estaba trabajando duro en una
aplicación para celulares que iba a identificar a los dueños de los
flatos de acuerdo al ruido que emitían. Para ello ya había
conseguido emular el algoritmo de búsqueda de Shazam , pero lo más
complicado radicaba en la confección de la base de datos. No solo
tenía que grabar los flatos e identificarlos, sino que también
debía barajar las alternativas entre flatos cortos, largos, secos o
húmedos. Era un trabajo desagradable y más allá de lo divertido
del proyecto, era inexacto y poco serio. Uno de los padres de los
becarios les dijo “si hicieran algo de eso para detectar a través
de los ruidos que hace el auto, cual es la falla y qué hay que
cambiarle, serían millonarios”. Fue como una iluminación en la
noche. Ese era el dato que les faltaba. Ya tenían el algoritmo de
comparación, y para la confección de la base de datos, los becarios
recorrieron infinidad de talleres buscando apoyo económico y sobre
todo que los dejen grabar los motores de los distintos autos y lo más
arriesgado, generarle fallas conocidas para lograr el cierre del
proyecto. Con la ayuda de varios mecánicos y después de mucho
tiempo de ensayo y trabajo, lograron detectar una bujía empastada en
un Audi A3 del 2012 , un platino jodido en un Renault 12 Break 1978,
y un carburador sucio en un Fiat Duna Weekend 1993.
El proyecto estaba
listo para ser presentado en sociedad. Se iba a llamar Carl Shazam,
un poco por el origen de la app y otro poco como una broma u homenaje
al astrónomo estadounidense Carl Sagan.
Para presentarlo,
pidieron el salón azul de la Universidad Tecnológica Nacional y
pusieron a punto la aplicación que iba a ser presentada en pantalla
gigante y transmitida por Skype y via web en la página de la
Universidad.
Subieron hasta el
tercer piso un Volskwagen Gol y pidieron que venga un grupo de
mecánicos de la zona a poner a prueba el proyecto. Los becarios,
luego de explicar lo complejo de la aplicación, pasaron al plato
fuerte, la demostración en vivo. Pidieron a un mecánico de la sala
que suba y provoque una falla en el auto exhibido, así cerrarían la
demostración con un ejemplo práctico.
Del público, un
pequeño hombre mal entrazado, subió al escenario. Pascual dijo
llamarse, y se acercó al auto. Pidió que no lo miren hacerle la
falla para que no truchen la aplicación, los becarios se rieron y
apagaron la cámara que lo estaba filmando a Pascual. El mecánico
vio que algunas cosas del motor no estaban del todo bien y las
corrigió de acuerdo a su criterio, también aflojó una correa y
puso unas tuercas y arandelas en el motor por donde se lubrica con
aceite. Esto debería provocar un montón de confusas señales pensó
Pascual y se puso en un rincón mirando sobrador.
Uno de los
becarios entró al auto y le dio arranque. El ruido fue insoportable
y parecía que el auto se estaba por desarmar, el público pidió
parar la prueba pero la aplicación estaba explorando el origen de la
falla. No podían detener las pruebas a esa altura, todos estaba
expectantes de la pantalla de la aplicación. El relojito giraba
hasta que se detuvo. La pantalla exhibía un mensaje que decía
“detectando falla 30%”. El avance de la detección era lento y la
cara de Pascual parecía desarmarse puesto que podría quedar al
descubierto la mano sucia del mecánico. Cuando la detección iba por
el 85% los rostros estaban congelados mirando la pantalla gigante, la
web de la Universidad era trending topic hasta que la aplicación
indicó “Falla detectada – coincidencia 100%”
Pascual desapareció
aprovechando la expectante mirada a la pantalla.
La aplicación
indicó:
Falla: Kioto
Modelo: Bangarang
Año: 2011
Marca: SKRYLLEX
Los becarios
apagaron todo y se fueron corriendo….
Nunca más se supo
de ellos.
Carta abierta a Nicolás Cabré
San
Nicolás, sábado 30 de julio del 2016
Estimado
Nicolás Cabré:
Hace
unos meses fui para Capital Federal a ver la obra de teatro “Nuestras
mujeres” en el CITI. Cuando terminó la función comí algo por la
misma cuadra del teatro en calle Corrientes y al salir a buscar mi
auto para volver junto con mi mujer a casa, te vimos salir del lugar
donde estás presentando tu trabajo “El quilombero”. Te vi
rodeado de algunas mujeres que te esperaron para sacarse una foto con
vos. La mayoría iban en grupo y solo se limitaban a sacarse de a una
la foto, darte un beso y salir caminando compartiendo el testimonio
en alguna red o chequeando que la luz y el foco estuviesen en
condiciones. Te vi siempre bien dispuesto y sonriendo mientras un
muchacho de traje te esperaba pacientemente a modo de patovica.
Cuando más o menos pudiste zafar del grupo dejando a todas
conformes, te alejaste caminando. Justo con mi mujer íbamos a
escasos pasos tuyos cuando te interceptó otra chica que abrió sus
brazos y te dijo “¡Nooo...con vos me saco una foto!” y sacó su
celu y lo seteó mientras el patovica siguió caminando sin dejar de
prestarte atención. Te pasamos mientras la chica te acogotaba en una
interminable sesión selfie. Como a las demás, le diste un beso y
se alejó. Ahí retomaste tu paso y quedaste caminando mas o menos
treinta metros al lado nuestro. Te hacía más alto y más
antipático, de verdad. Cuando ibas caminando al lado nuestro pensé
en saludarte, o felicitarte por algún trabajo en el que te haya
visto, pero no se me vino ninguno a la cabeza en ese momento y me
pareció demasiado saludarte así porque sí y pararte para otra foto
más. Seguimos caminando y pensé en decirte lo mucho que me gustó
una historia que contaste en lo de Mirtha Legrand acerca de tu viejo.
Contabas que se había puesto muy contento un día que cambió el
estéreo del auto mientras que vos tenías un auto nuevo. En como las
cosas simples te seguían emocionando.
Pensaba
en esto y te miré y te ví cansado, tenías los ojos mirando el piso
pensando quién sabe qué cosa y justo levantaste la cara. Te hice un
gesto (bajé un poco la cara y levanté las cejas como preguntando
¿todo bien?) y me hiciste un algo parecido a un “si, todo bien”.
Ahí aflojamos las caras y nos miraste un ratito más a mi mujer y a
mí y te fuiste a alcanzar al patovica que iba despacio mirando el
celular.
Te vi
simple y sincero . No la careteaste con nadie, y eso me cayó muy
bien Nicolás.
Eso es
todo, nada más.
Saludos
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