miércoles, 19 de octubre de 2016

Una habitación, un milagro, un grito...


Graciela entró como cada mañana de los últimos diecisiete años a la pieza de Romina. Todo estaba tal cual lo había dejado ella en el momento que se fue. Repasaba el escritorio con la vista una vez más aunque ya se sabía de memoria la coreografía de los objetos dispuestos. Adivinaba hasta en lo oscuro donde estaba cada cosa. Una lágrima comenzó a dibujarse en los ojos. Se llevó la mano a la cara por enésima vez para ahogar el angustiado grito de una madre desesperada.
La congoja la volvía a cobijar como cada mañana.
Una vez más cerró los ojos y pidió por un milagro, no creía en Diós pero la desesperación te lleva a lugares inexplicables.
Sus hombros temblaron como nunca. Cerró muy fuerte sus ojos para alejarse del dolor que no paraba de crecer en su interior.
Una corriente de aire cortó en dos el silencio. El aire se congeló.
De la oscuridad del pasillo y a espaldas de Graciela, se recortó de entre las sombras una mano joven que avanzó lento hasta la dolida mujer. ¿Habrán sido escuchados los vanos ruegos de la esceptica mujer que ya no creía en nada ni en nadie? Los escasos centímetros que faltaban para el contacto entre la fantasmal mano y el hombro de Graciela se acortaban en cámara lenta . Todo estaba detenido en el aire y en el tiempo. La cara de Romina se materializó lentamente. No podía ver a su madre así. Apoyó su mano suave en el hombro de la mujer que dio un salto sobre sí misma como si le hubiera dado un shock eléctrico.
Se miraron fijamente madre e hija, como nunca, como siempre.
Graciela rompió en un grito.
“¿Sos pelotuda o qué te pasa Romina? ¿Cómo te me vas a aparecer así? ¿Te hiciste la rata de la escuela de nuevo? ¿Qué te pasó contestame boluda?”
“Faltó la de biología che...¿tanto escándalo por eso?” contestó Romina.
“No boluda, casi me matás del susto. Y arreglá la pieza que estoy can-sa-da de decirte que te la ordenés vos….tenés diecisiete años y no puede ser que te tenga que tender la cama a esta altura, y apurate por favor.”
La cachetada en la nuca de Romina fue lo último que se escuchó ese día.

sábado, 3 de septiembre de 2016

La razón y la fuerza


Don Osorio se levantó de la ronda de mate pálido, unas gotas de transpiración y un gesto duro se le dibujaron en el rostro. Caminó agarrándose de la pared arrastrando pesadamente su cuerpo por el pasillo que se le había vuelto interminable. Tanteando el lo oscuro, alcanzó la tecla de la luz del baño y cerró tras de sí la puerta con dos vueltas de llave.
Torpemente se sacó toda la ropa de arriba de un tirón y la tiró contra la puerta mientras se desabrochaba el cinturón para luego dejarse caer sobre el inodoro. Su mente se puso en blanco, los azulejos esmaltados se quedaron sin límites y el cuerpo le hervía.
Tomó aire y pronunció una letra “m” que se prolongó todo el tiempo que duró la contención del aire en sus pulmones para liberarse en un brusco resoplido.
Volvió a inhalar ruidosamente para reencontrarse con esa improvisada contracción y esta vez fue un desgarrador gruñido el que acompañó la acción de hacer fuerza.
Volvió una vez más a tomar aire decidido a terminar por fin lo que había empezado.
Para ello se agarró del lavabo y lo apretó con todas sus fuerzas al tiempo que gritaba blasfemias a todos lo santos. Un estruendoso ruido coronó el pesar de Don Osorio que gritaba su desgarramiento rompiéndose la garganta y parte del lavabo.
Empapado en sudor frío su cuerpo se aflojó y se desplomó sobre sus muslos afiebrados.
Tenía taquicardia y le dolía un costado del abdomen.
Cuando logró incorporarse, abrió la canilla del lavabo y se mojó la cara y el pecho.
Alcanzó como pudo la toalla y se secó el cuello y el cuerpo.
Del bolsillo del pantalón sacó un atado de cigarrillos hecho un nudo. De los puchos que le quedaban sanos eligió el mejor y lo encendió. Después de dos pitadas se levantó y se dio vuelta para ver lo sucedido. La imagen que tenía ante sus ojos era apocalíptica. Una suerte de cocodrilo marrón nacía en el fondo del inodoro y se prolongaba y engrosaba hacia afuera del agua alcanzando casi el borde del mismo. Mirarlo, ya le producía dolor.

“¡Claro! ¿Cómo mierda no va a haber putos?” Dijo Don Osorio y tiró la cadena no menos de cinco veces antes de perder de vista al cocodrilo.

Se vistió, echó desodorante y volvió a tomar mate, esta vez se mantuvo de pie hasta el final.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Hipoacusia




Había nacido sordomudo.
Su universo estaba cimentado en imágenes carentes de banda de sonido. Lo más parecido a un ruido eran las vibraciones que producían unas galletas cuando las mordía o las aceleraciones de los colectivos cuando pasaban por su lado.
Nunca escuchó música alguna, Beethoven, Louis Armstrong y Elvis le eran ajenos y lejanos, todos ellos gesticulaban algo que nunca iban a emocionarlo en absoluto.
Le llamaba mucho la atención cuando la gente en algunos salones unían sus cuerpos y se movían a algún ritmo, con una cadencia y hasta en una armonía que nunca iba a entender. Tampoco iba a entender como dos personas que gesticulaban unas frente a otras, a veces terminaban a los besos y abrazos y otras veces terminaban agrediéndose o dejando de verse para siempre.
Otra señal que le indicaba que era un extranjero en el mundo, consistía en los esfuerzos inútiles que hacían sus amigos, conocidos, parientes y anónimos para explicarle el por qué de algunas cuestiones que no iban a modificar en absoluto su vida.
La vida sin sonidos no le había desarrollado en particular ninguno de los otros sentidos en particular, olía y veía como cualquier persona. Su grado de dispersión era como el de cualquiera, ya que los estímulos visuales lo llevaban a pensar las distintas posibilidades de combinación o deformaciones. Esto había disparado su imaginación y le posibilitaba dibujar surrealismo con gran facilidad.
Vanos eran los intentos de sus amigos por entenderlo y sobre todo era inútil intentar preguntar cuestiones sumamente subjetivas en lenguaje de señas y no sabían como hacer para llegar a su corazón.
Mucho tiempo le dedicaron al plan y lograron entrenar a un montón de personas en lenguaje de señas, gente que iba a cruzarse “casualmente” por su vida durante el día haciéndolo sentir integrado a una sociedad que lo había excluido durante años. Durante todo un día lo iban a llevar por sus lugares preferidos y los actores le iban a preguntar y responder cosas en lenguaje de señas a lo largo de todo el recorrido. Para documentar la experiencia, pusieron varias cámaras en lugares estratégicos a modo de cámara oculta.
El día comenzó y el recorrido le pareció raro, mucha gente le comunicaba preguntas y le agradecían la ayuda o la información. Se sentía incómodo pero integrad a una suerte de diálogos casuales. Nadie lo esquivaba ni lo miraba torcido. Todos se mostraban gentiles y cordiales. El mundo era un lugar nuevo ese día.
Al final le contaron el plan y aparecieron todos los cómplices a saludar al sordomudo.
Días después subieron el video a las redes y el mundo lo coronó de likes y comentarios, tuvo muchas reproducciones y lo compartieron muchas personas.
Luego de varias semanas de ausencia buscaron al sordomudo. Tras varias horas lo encontraron en su cama muerto de una sobredosis de calmantes.
Nadie entendió que fue lo que le pasó.
No tenía motivo alguno para tomar semejante determinación.
No tenía familiares y fue olvidado al tiempo.


Unos minutos antes de tomar los calmantes, empapado en un mar de lágrimas y alcohol, pensaba que toda su vida había sido único, a su manera, el mejor en lo suyo, y ahora sus amigos le habían demostrado que con un mínimo de entrenamiento cualquiera podría ser como él…
Pero NUNCA él iba a ser como ellos.
Y empezó el camino de regreso.


miércoles, 31 de agosto de 2016

Amistad


Cuando se despertó después de noche de borrachera, se encontró esposado al cadáver de su mejor amigo. Ambos estaban unidos por sus manos derechas. La primer reacción que le permitió su cuerpo, fue un continuo vómito y la sensación de querer despertar de una pesadilla que no fue. Vanos fueron los esfuerzos por desprenderse de su compañero de resacas. La cabeza le latía y el dolor lo hacía maniobrar torpe e inconsistente. Cuando pudo juntar un poco de fuerza, logró cargar a su amigo sobre su espalda y trató de salir del lejano lugar donde se encontraban ambos. Las habitaciones se sucedían y las ventanas se encontraban trabadas por fuera. Ni un ruido ni un indicio que lo pudiera orientar o al menos confundirlo en una forma más conocida. Vagó horas por la casa, gritó todo lo que pudo, golpeó cuanta ventana se cruzó y derribó con la poca fuerza que le quedaba cada puerta que lo alejaba de la salida. Sus piernas comenzaron a temblar y cada paso le costaba una blasfemia. El escaso aire apenas lo mantuvo con vida durante seis o siete horas de tremendos esfuerzos inútiles. Cayó pesadamente al piso y un bulto se le hizo familiar en la cintura. Con dificultad y luchando contra la rigidez cadavérica de su amigo, logró sacar el revolver que contenía una sola bala. Ausente de soluciones y abatido en su lucha, llevó el revólver a la sien y se reventó la cabeza con un sordo grito que retumbó en toda la casa.
Yacían ambos cuerpos en el piso cuando el supuesto cadáver comenzó a moverse pesadamente. Se levantó con el cuerpo acalambrado y miró a su amigo largamente.
Buscó en sus bolsillos y sacó tres llaves. Con la más chica, abrió las esposas y se liberó de su carga.
Se masajeó la muñeca entumecida y se dirigió a la puerta más cercana. Con la llave más grande abrió la primer puerta que encontró y un resplandor iluminó la habitación. Salió y cerró la puerta con llave mientras que tiraba a una alcantarilla la tercer llave.
El cuerpo aún con vida del suicida, vio toda la situación mientras un hondo sopor le alivió todos los dolores y las culpas.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Segundos hijos.




La historia, por lo general, le guarda un lugar privilegiado a los primeros, a los únicos , a los pioneros, esos seres que tienen toda la atención, las expectativas y el apoyo incondicional ante los tropezones de la vida coronando y enalteciendo cada uno de sus logros, por insignificantes que parezcan.
Los últimos también tienen su lugar en el salón de la fama logrando ser los antihéroes llevándose las palmas ya que al igual que los primeros, son los extremos por donde se van a mover los del montón. Aquí se desprende una palabra condenatoria: el montón. Y ahí es justo cuando el segundo , se convierte en el mejor del montón, el mejor de lo que queda, el premio consuelo.
Cuando de hijos se trata, al primero se lo piensa, se lo concibe, se lo espera y se lo recibe en plenitud, con los miedos pero también con las esperanzas y los sueños y se le abre todas las puertas para que nada se interponga entre el éxito y él.
Ahora , cuando viene el segundo, comienzan las complicaciones. ¿Cómo le explicamos al primero que va a perder la exclusividad? Simple, no la pierde, solo que se divide entre los tíos, abuelos, vecinos y profesores forjadores del mañana. Entonces el segundo nace sin saber que tiene exactamente el cariño que le sobra al primero, pero para él bastan y sobran….al principio.
Cuando el primero va a la escuela, ya sienta un precedente, para bien o para mal ya traza un camino. Si es un chico problema, las maestras se lo van a tratar de sacar de encima y lo van a ubicar sin conocerlo en el turno tarde, si es posible en otra escuela. Ahora si es un erudito, van a someter al segundo hijo a interminables comparaciones que solo lo van a frustrar ante sus compañeritos y la sociedad entera.
Este karma va a acompañar al segundo hijo durante todo lo que empiece. Si sigue una carrera que no tiene nada que ver con el primer hijo, las viejas van a decir “Es la oveja negra de la familia, nada que ver con el mayorcito que es un santo” Ahora si se le ocurre seguir algo parecido al hermano mayor, va a estar a su sombra siempre, aún los fracasos del mayor van a opacar los éxitos del segundo.
Si ocurre una fatalidad con el primer hijo, el segundo nunca va a ocupar su lugar, todo lo contrario, va a ser el encargado de sostener los ánimos ya que los amigos y vecinos van a decir “Y bueh, por lo menos les queda el más chico” como si fuera el que sigue en una suerte de lista negra.
Los segundos son como hijos tributo del primero, es decir, son casi como el primero, pero los aplausos son para el original.
Segundos hijos, no bajemos los brazos, defendamos nuestro lugar, y si nos tocó ser los mejores del montón, al menos sabemos que somos el modelo a seguir de otra gente, no tal vez de los exitosos, ni de los felices, pero si de los libres de la responsabilidad de ser primeros.
Salud.

lunes, 22 de agosto de 2016

Odio los barriletes


Hay cosas que cuando no son para uno, no vale la pena insistir.
Hace un montón de años, mi hija mayor tenía una barrileteada en la escuela del barrio. Cada alumno junto con sus padres, debían llevar un barrilete y algo para merendar y compartir con los demás padres. La maestra insistió que en lo posible, los barriletes sean confeccionados por las familias, así fomentaban los valores, la unión y otro puñado de barbaridades. Yo no tenía ni tengo idea como se hace un barrilete, y mi experiencia de remontar uno es un autentico canto al fracaso que voy a detallar en otro post. La cuestión es que fuimos un día antes a la casa de mis suegros en Rosario a almorzar y mi hija comentó lo emocionada que estaba con el evento, que recién ahí caímos que no teníamos barrilete alguno ya que especulábamos con un probable frente de tormenta que iba a arruinar la tarde pero la lluvia no llegó nunca.
Mi suegro saltó de la silla y con la cara iluminada nos dijo “¡No podrían tener más suerte! Conozco a Sanabria que hizo la colimba conmigo y vende barriletes en la plaza del shopping Alto Rosario. Vamos y de paso lo visito a Sanabria, pobre infeliz.”
No había terminado la oración cuando ya nos había subido al auto y manejaba como loco contándonos anécdotas de sus años de conscripción. Llegamos a una plaza y ahí estaba Sanabria, sentado en una reposera leyendo el diario y escuchando la radio. Mi suegro me dijo “Vení, vamos que lo voy a hacer cagar todo.” y lo encaramos desde atrás.
“¿Qué tal cómo le va?” le dijo mi suegro a Sanabria haciéndose el serio. “Somos de la inspección municipal y veo que está vendiendo barriletes. ¿Tiene los permisos?”
Sanabria empezó a buscar nervioso los papeles que no existían, y mi suegro empezó a reírse mal. “¡No te cagués Sanabria! Soy el flaco Olivieri, hicimos la colimba juntos, en Bahia Blanca...¿No te acordás? ¡Estás hecho mierda che!”
La presentación mutua duró casi dos horas. Sanabria no se llamaba Sanabria, se llamaba Salinas. La colimba la habían hecho en Azul, no en Bahía Blanca y así con la casi toda la historia. Cuando sintonizaron, mi suegro le pidió el mejor barrilete para su nieta. Había no menos de veinticinco barriletes volando y uno solo apoyado contra un árbol. “Este es el mejor flaco” le dijo Salinas a mi suegro, “pura fiselina, no se rompe nunca, y el hilo es encerado, nunca se corta ni lo jode la humedad. Llevátelo flaco, te lo regalo. Si es para tu nieta es un regalo.”
Mi suegro insistió en pagar hasta que logró que Salinas se lo cobre “Ya que insistís flaco son 24$” sentenció Salinas. (en esa época, 1U$ = 3$, osea que el barrilete costaba 8 U$) “¡Uh, qué macana! Me dejé la billetera en el auto. Pagale que después te lo doy en casa.” me dijo mi suegro, y pagué el barrilete más caro del planeta. Pesaba un millón de kilos y era duro. Así que lo llevamos a casa.
Al otro día fue la barrileteada. Había de todo, unos barriletitos minúsculos, otros standart, y unos tipo cajón que eran enormes.
Todos, absolutamente todos los barriletes volaron altísimo, menos el barrilete nuestro que era una suerte de baldosón hexagonal de colores con un hilo sisal encerado. El cuadro era devastador: mi hija iba adelante, en el medio a un metro atrás de ella iba Yamila, y un metro atrás Camila, las tres sosteniendo el hilo sisal y corriendo mientras el barrilete daba unos humillantes tumbos frente a los eruditos del barrilete que aconsejaban que le sobraba cola, que le faltaba cola, que tenía mucho hilo, que le faltaba tal o cual cosa, la cuestión es que yo rogaba que el barrilete se destruya y acabe el sufrimiento.
Las maestras nos miraban con lástima y a mi hija los demás papás le prestaron un barrilete para sacarse una foto.
Volvimos a casa y revoleé el barrilete al galpón para olvidarme del asunto.
Los demás chicos subieron todas las fotos al facebook de la escuela, abajo de la foto de mi hija decían los comentarios “Acá está fulanita con nuestro barrilete, que se lo prestamos porque el de ella no se levantó” y tenía como dos mil likes y la compartieron cientos de veces.
A la noche cuando todo era paz y silencio, todos se habían dormido menos yo que estaba como loco tratando de alinear los chakras con una vela aromática y unos mantras. Ya me iba a dormir y vi que tenía un mensaje en el celular. Lo abrí y era de mi suegro “¿Como les fue con el flamante barrilete?”.
Desde entonces veo un barrilete y me viene taquicardia.

martes, 2 de agosto de 2016

El sobreviviente

Con el motivo del 50 aniversario del fin del holocausto, un canal de televisión y una radio local decidieron hacer una cobertura especial en un conocido teatro del sur de Neuquén. Para ello habían recolectado historias y documentos que presentaron junto con filmaciones de la época. El evento, sin dudas  iba a ser el más importante de la región y se esperaban cerca de 2000 invitados de los alrededores. Se organizaron canciones típicas y una feria de platos temática. Todo marchaba viento en popa, hasta que apareció el sonidista con una bomba: su abuelo conocía un sobreviviente del holocausto. Fue lo único que acaparó la atención y los esfuerzos durante la semana previa a la cobertura. No fue fácil dar con el paradero del sobreviviente. Era un anciano que vivía alejado de la sociedad en una pequeña cabaña, probablemente con miedo del ruido urbano. Llegaron hasta la casa y con una amable sonrisa de 90 años Martin Bergman los atendió y con la ayuda de un intérprete lograron convencerlo de participar de los acontecimientos. Martin solo hablaba en alemán y dio a entender que se vio forzado a hacerlo dada las circunstancias.
Se tomaron muchos recaudos para hacer posible el testimonio de Martin en televisión. Sacaron algunas de las fotos de los campos de concentración ya que podrían llegar a perturbarlo. Se eligieron cuidadosamente las preguntas y cuidaron de la sensibilidad del anciano en extremo.
Llegado el día, se tocó solo música clásica como signo de neutralidad y los asistentes llevaron pacientemente a Martin al sillón donde iba a ser brevemente entrevistado. Esta transmisión, iba a salir en vivo por varios canales del país ya que era un hecho inédito.
La entrevista solo constó de una sola frase: ¿Cómo recuerda esos días don Martin?

“Fueron años muy tristes. Había horror en el aire. Todo se poblaba de gritos sin sentido. Cuando uno se despertaba la esperanza de un nuevo día se nublaba. Mis amigos y hermanos sufrieron mucho. Es terrible el dolor, pero creo que hay que saber perdonar y entender. El pueblo Alemán tenía una manera de ver las cosas, tal vez no fue la correcta pero si rescatamos lo bueno, creo que ningún sacrificio es en vano. Todo en esta vida ayuda a crecer y a ser quien uno es. Hay batallas por dar siempre y en todo lugar, pero la paz de sentir que podemos hacer de este mundo un mundo mejor no tiene límites. Si vemos al adversario como un enemigo y no como un ser humano, ahí dejamos de ser personas. Perdón y comprensión para los que no piensan como nosotros y saber ponernos en su lugar, es el legado más grande que tengo de aquellos años”

Diciendo esto, Martin se levantó entre un montón de aplausos y con paso lento se fue caminando entre los asistentes que desbordaban de emoción ante el discurso desprovisto de rencores y rico en la esperanza que un mundo distinto comenzaba en ese instante. Se subió al auto que lo llevó de regreso a su casa ya que no estaba acostumbrado a estos trajines.

“¿Cómo supo tu abuelo que este hombre era un sobreviviente del holocausto?” le preguntaron al sonidista del evento. “Una vez, mi abuelo fue a llevarle kerosene a un viejo hermitaño chileno y lo agarró la noche y se perdió. Manejó como pudo hasta que dió con la casa del viejo Martin. No hablaban una palabra en común, pero se hicieron entender y el viejo le dio comida y abrigo hasta que pasara la fría noche. Cuando amaneció, se despidió y se fue.” comentó el sonidista.

“Está bien, pero ¿cómo se dio cuenta que el viejo Martin era un sobreviviente del holocausto?” insistieron.
“Según mi abuelo, había unas fotos arriba del hogar donde el viejo Martin estaba con un uniforme gris y decía en un rincón -für mein treuer Freund Martin Bormann - Berlin 1939-, algo así como Para mi fiel amigo Martin o algo así, Berlín 1939“
¡Boludo! ¿Vos no dijiste Martin Bergman“
No, bah, no me acuerdo. Bergman Bormann es lo mismo, es un sobreviviente ¿o no?“ se molestó el sonidista.
¡No! ¡No es lo mismo! ¡Martin Bormann era el segundo de Hitler, idiota! Llevamos a uno de los Nazis más buscados de la historia a un aniversario del holocausto! ¡Si lo ven los Judíos a esto nos van a cortar las pelotas en julianas a todos! ¡Ya hay que parar todo lo que se transmitió y ojalá nadie lo haya reconocido!“
Y todos corrieron a tratar de desarmar todo de la manera más discreta posible, borrando todo y rogando que nadie se haya avivado.

¡Qué tanto lío! Pidieron un sobreviviente y les traje uno, y así me lo agradecen….¿por qué no aclararon antes de que lado era el sobreviviente que querían…? Ni las gracias me dieron.“ murmuraba el sonidista mientras desarmaba la consola ya que a la noche tenía un cumpleaños de 15 y al fin y al cabo eso era plata segura.
 

sábado, 30 de julio de 2016

Gloria y ocaso de una aplicación.


Hace unos años, unos becarios de la escuela secundaria técnica del barrio, trajeron una App que se llamaba Shazam. Básicamente consistía en “escuchar” una melodía , una canción y comparar un par de compases con una inmensa base de datos y descifrar el título de la canción , su intérprete y una captura de la tapa del disco donde fue publicada. Uno de los becarios comentó que estaba trabajando duro en una aplicación para celulares que iba a identificar a los dueños de los flatos de acuerdo al ruido que emitían. Para ello ya había conseguido emular el algoritmo de búsqueda de Shazam , pero lo más complicado radicaba en la confección de la base de datos. No solo tenía que grabar los flatos e identificarlos, sino que también debía barajar las alternativas entre flatos cortos, largos, secos o húmedos. Era un trabajo desagradable y más allá de lo divertido del proyecto, era inexacto y poco serio. Uno de los padres de los becarios les dijo “si hicieran algo de eso para detectar a través de los ruidos que hace el auto, cual es la falla y qué hay que cambiarle, serían millonarios”. Fue como una iluminación en la noche. Ese era el dato que les faltaba. Ya tenían el algoritmo de comparación, y para la confección de la base de datos, los becarios recorrieron infinidad de talleres buscando apoyo económico y sobre todo que los dejen grabar los motores de los distintos autos y lo más arriesgado, generarle fallas conocidas para lograr el cierre del proyecto. Con la ayuda de varios mecánicos y después de mucho tiempo de ensayo y trabajo, lograron detectar una bujía empastada en un Audi A3 del 2012 , un platino jodido en un Renault 12 Break 1978, y un carburador sucio en un Fiat Duna Weekend 1993.
El proyecto estaba listo para ser presentado en sociedad. Se iba a llamar Carl Shazam, un poco por el origen de la app y otro poco como una broma u homenaje al astrónomo estadounidense Carl Sagan.
Para presentarlo, pidieron el salón azul de la Universidad Tecnológica Nacional y pusieron a punto la aplicación que iba a ser presentada en pantalla gigante y transmitida por Skype y via web en la página de la Universidad.
Subieron hasta el tercer piso un Volskwagen Gol y pidieron que venga un grupo de mecánicos de la zona a poner a prueba el proyecto. Los becarios, luego de explicar lo complejo de la aplicación, pasaron al plato fuerte, la demostración en vivo. Pidieron a un mecánico de la sala que suba y provoque una falla en el auto exhibido, así cerrarían la demostración con un ejemplo práctico.
Del público, un pequeño hombre mal entrazado, subió al escenario. Pascual dijo llamarse, y se acercó al auto. Pidió que no lo miren hacerle la falla para que no truchen la aplicación, los becarios se rieron y apagaron la cámara que lo estaba filmando a Pascual. El mecánico vio que algunas cosas del motor no estaban del todo bien y las corrigió de acuerdo a su criterio, también aflojó una correa y puso unas tuercas y arandelas en el motor por donde se lubrica con aceite. Esto debería provocar un montón de confusas señales pensó Pascual y se puso en un rincón mirando sobrador.
Uno de los becarios entró al auto y le dio arranque. El ruido fue insoportable y parecía que el auto se estaba por desarmar, el público pidió parar la prueba pero la aplicación estaba explorando el origen de la falla. No podían detener las pruebas a esa altura, todos estaba expectantes de la pantalla de la aplicación. El relojito giraba hasta que se detuvo. La pantalla exhibía un mensaje que decía “detectando falla 30%”. El avance de la detección era lento y la cara de Pascual parecía desarmarse puesto que podría quedar al descubierto la mano sucia del mecánico. Cuando la detección iba por el 85% los rostros estaban congelados mirando la pantalla gigante, la web de la Universidad era trending topic hasta que la aplicación indicó “Falla detectada – coincidencia 100%”
Pascual desapareció aprovechando la expectante mirada a la pantalla.
La aplicación indicó:

Falla: Kioto
Modelo: Bangarang
Año: 2011
Marca: SKRYLLEX

Los becarios apagaron todo y se fueron corriendo….
Nunca más se supo de ellos.

Carta abierta a Nicolás Cabré


San Nicolás, sábado 30 de julio del 2016

Estimado Nicolás Cabré:
Hace unos meses fui para Capital Federal a ver la obra de teatro “Nuestras mujeres” en el CITI. Cuando terminó la función comí algo por la misma cuadra del teatro en calle Corrientes y al salir a buscar mi auto para volver junto con mi mujer a casa, te vimos salir del lugar donde estás presentando tu trabajo “El quilombero”. Te vi rodeado de algunas mujeres que te esperaron para sacarse una foto con vos. La mayoría iban en grupo y solo se limitaban a sacarse de a una la foto, darte un beso y salir caminando compartiendo el testimonio en alguna red o chequeando que la luz y el foco estuviesen en condiciones. Te vi siempre bien dispuesto y sonriendo mientras un muchacho de traje te esperaba pacientemente a modo de patovica. Cuando más o menos pudiste zafar del grupo dejando a todas conformes, te alejaste caminando. Justo con mi mujer íbamos a escasos pasos tuyos cuando te interceptó otra chica que abrió sus brazos y te dijo “¡Nooo...con vos me saco una foto!” y sacó su celu y lo seteó mientras el patovica siguió caminando sin dejar de prestarte atención. Te pasamos mientras la chica te acogotaba en una interminable sesión selfie. Como a las demás, le diste un beso y se alejó. Ahí retomaste tu paso y quedaste caminando mas o menos treinta metros al lado nuestro. Te hacía más alto y más antipático, de verdad. Cuando ibas caminando al lado nuestro pensé en saludarte, o felicitarte por algún trabajo en el que te haya visto, pero no se me vino ninguno a la cabeza en ese momento y me pareció demasiado saludarte así porque sí y pararte para otra foto más. Seguimos caminando y pensé en decirte lo mucho que me gustó una historia que contaste en lo de Mirtha Legrand acerca de tu viejo. Contabas que se había puesto muy contento un día que cambió el estéreo del auto mientras que vos tenías un auto nuevo. En como las cosas simples te seguían emocionando.
Pensaba en esto y te miré y te ví cansado, tenías los ojos mirando el piso pensando quién sabe qué cosa y justo levantaste la cara. Te hice un gesto (bajé un poco la cara y levanté las cejas como preguntando ¿todo bien?) y me hiciste un algo parecido a un “si, todo bien”. Ahí aflojamos las caras y nos miraste un ratito más a mi mujer y a mí y te fuiste a alcanzar al patovica que iba despacio mirando el celular.
Te vi simple y sincero . No la careteaste con nadie, y eso me cayó muy bien Nicolás.
Eso es todo, nada más.

Saludos