jueves, 1 de septiembre de 2016

Hipoacusia




Había nacido sordomudo.
Su universo estaba cimentado en imágenes carentes de banda de sonido. Lo más parecido a un ruido eran las vibraciones que producían unas galletas cuando las mordía o las aceleraciones de los colectivos cuando pasaban por su lado.
Nunca escuchó música alguna, Beethoven, Louis Armstrong y Elvis le eran ajenos y lejanos, todos ellos gesticulaban algo que nunca iban a emocionarlo en absoluto.
Le llamaba mucho la atención cuando la gente en algunos salones unían sus cuerpos y se movían a algún ritmo, con una cadencia y hasta en una armonía que nunca iba a entender. Tampoco iba a entender como dos personas que gesticulaban unas frente a otras, a veces terminaban a los besos y abrazos y otras veces terminaban agrediéndose o dejando de verse para siempre.
Otra señal que le indicaba que era un extranjero en el mundo, consistía en los esfuerzos inútiles que hacían sus amigos, conocidos, parientes y anónimos para explicarle el por qué de algunas cuestiones que no iban a modificar en absoluto su vida.
La vida sin sonidos no le había desarrollado en particular ninguno de los otros sentidos en particular, olía y veía como cualquier persona. Su grado de dispersión era como el de cualquiera, ya que los estímulos visuales lo llevaban a pensar las distintas posibilidades de combinación o deformaciones. Esto había disparado su imaginación y le posibilitaba dibujar surrealismo con gran facilidad.
Vanos eran los intentos de sus amigos por entenderlo y sobre todo era inútil intentar preguntar cuestiones sumamente subjetivas en lenguaje de señas y no sabían como hacer para llegar a su corazón.
Mucho tiempo le dedicaron al plan y lograron entrenar a un montón de personas en lenguaje de señas, gente que iba a cruzarse “casualmente” por su vida durante el día haciéndolo sentir integrado a una sociedad que lo había excluido durante años. Durante todo un día lo iban a llevar por sus lugares preferidos y los actores le iban a preguntar y responder cosas en lenguaje de señas a lo largo de todo el recorrido. Para documentar la experiencia, pusieron varias cámaras en lugares estratégicos a modo de cámara oculta.
El día comenzó y el recorrido le pareció raro, mucha gente le comunicaba preguntas y le agradecían la ayuda o la información. Se sentía incómodo pero integrad a una suerte de diálogos casuales. Nadie lo esquivaba ni lo miraba torcido. Todos se mostraban gentiles y cordiales. El mundo era un lugar nuevo ese día.
Al final le contaron el plan y aparecieron todos los cómplices a saludar al sordomudo.
Días después subieron el video a las redes y el mundo lo coronó de likes y comentarios, tuvo muchas reproducciones y lo compartieron muchas personas.
Luego de varias semanas de ausencia buscaron al sordomudo. Tras varias horas lo encontraron en su cama muerto de una sobredosis de calmantes.
Nadie entendió que fue lo que le pasó.
No tenía motivo alguno para tomar semejante determinación.
No tenía familiares y fue olvidado al tiempo.


Unos minutos antes de tomar los calmantes, empapado en un mar de lágrimas y alcohol, pensaba que toda su vida había sido único, a su manera, el mejor en lo suyo, y ahora sus amigos le habían demostrado que con un mínimo de entrenamiento cualquiera podría ser como él…
Pero NUNCA él iba a ser como ellos.
Y empezó el camino de regreso.


miércoles, 31 de agosto de 2016

Amistad


Cuando se despertó después de noche de borrachera, se encontró esposado al cadáver de su mejor amigo. Ambos estaban unidos por sus manos derechas. La primer reacción que le permitió su cuerpo, fue un continuo vómito y la sensación de querer despertar de una pesadilla que no fue. Vanos fueron los esfuerzos por desprenderse de su compañero de resacas. La cabeza le latía y el dolor lo hacía maniobrar torpe e inconsistente. Cuando pudo juntar un poco de fuerza, logró cargar a su amigo sobre su espalda y trató de salir del lejano lugar donde se encontraban ambos. Las habitaciones se sucedían y las ventanas se encontraban trabadas por fuera. Ni un ruido ni un indicio que lo pudiera orientar o al menos confundirlo en una forma más conocida. Vagó horas por la casa, gritó todo lo que pudo, golpeó cuanta ventana se cruzó y derribó con la poca fuerza que le quedaba cada puerta que lo alejaba de la salida. Sus piernas comenzaron a temblar y cada paso le costaba una blasfemia. El escaso aire apenas lo mantuvo con vida durante seis o siete horas de tremendos esfuerzos inútiles. Cayó pesadamente al piso y un bulto se le hizo familiar en la cintura. Con dificultad y luchando contra la rigidez cadavérica de su amigo, logró sacar el revolver que contenía una sola bala. Ausente de soluciones y abatido en su lucha, llevó el revólver a la sien y se reventó la cabeza con un sordo grito que retumbó en toda la casa.
Yacían ambos cuerpos en el piso cuando el supuesto cadáver comenzó a moverse pesadamente. Se levantó con el cuerpo acalambrado y miró a su amigo largamente.
Buscó en sus bolsillos y sacó tres llaves. Con la más chica, abrió las esposas y se liberó de su carga.
Se masajeó la muñeca entumecida y se dirigió a la puerta más cercana. Con la llave más grande abrió la primer puerta que encontró y un resplandor iluminó la habitación. Salió y cerró la puerta con llave mientras que tiraba a una alcantarilla la tercer llave.
El cuerpo aún con vida del suicida, vio toda la situación mientras un hondo sopor le alivió todos los dolores y las culpas.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Segundos hijos.




La historia, por lo general, le guarda un lugar privilegiado a los primeros, a los únicos , a los pioneros, esos seres que tienen toda la atención, las expectativas y el apoyo incondicional ante los tropezones de la vida coronando y enalteciendo cada uno de sus logros, por insignificantes que parezcan.
Los últimos también tienen su lugar en el salón de la fama logrando ser los antihéroes llevándose las palmas ya que al igual que los primeros, son los extremos por donde se van a mover los del montón. Aquí se desprende una palabra condenatoria: el montón. Y ahí es justo cuando el segundo , se convierte en el mejor del montón, el mejor de lo que queda, el premio consuelo.
Cuando de hijos se trata, al primero se lo piensa, se lo concibe, se lo espera y se lo recibe en plenitud, con los miedos pero también con las esperanzas y los sueños y se le abre todas las puertas para que nada se interponga entre el éxito y él.
Ahora , cuando viene el segundo, comienzan las complicaciones. ¿Cómo le explicamos al primero que va a perder la exclusividad? Simple, no la pierde, solo que se divide entre los tíos, abuelos, vecinos y profesores forjadores del mañana. Entonces el segundo nace sin saber que tiene exactamente el cariño que le sobra al primero, pero para él bastan y sobran….al principio.
Cuando el primero va a la escuela, ya sienta un precedente, para bien o para mal ya traza un camino. Si es un chico problema, las maestras se lo van a tratar de sacar de encima y lo van a ubicar sin conocerlo en el turno tarde, si es posible en otra escuela. Ahora si es un erudito, van a someter al segundo hijo a interminables comparaciones que solo lo van a frustrar ante sus compañeritos y la sociedad entera.
Este karma va a acompañar al segundo hijo durante todo lo que empiece. Si sigue una carrera que no tiene nada que ver con el primer hijo, las viejas van a decir “Es la oveja negra de la familia, nada que ver con el mayorcito que es un santo” Ahora si se le ocurre seguir algo parecido al hermano mayor, va a estar a su sombra siempre, aún los fracasos del mayor van a opacar los éxitos del segundo.
Si ocurre una fatalidad con el primer hijo, el segundo nunca va a ocupar su lugar, todo lo contrario, va a ser el encargado de sostener los ánimos ya que los amigos y vecinos van a decir “Y bueh, por lo menos les queda el más chico” como si fuera el que sigue en una suerte de lista negra.
Los segundos son como hijos tributo del primero, es decir, son casi como el primero, pero los aplausos son para el original.
Segundos hijos, no bajemos los brazos, defendamos nuestro lugar, y si nos tocó ser los mejores del montón, al menos sabemos que somos el modelo a seguir de otra gente, no tal vez de los exitosos, ni de los felices, pero si de los libres de la responsabilidad de ser primeros.
Salud.

lunes, 22 de agosto de 2016

Odio los barriletes


Hay cosas que cuando no son para uno, no vale la pena insistir.
Hace un montón de años, mi hija mayor tenía una barrileteada en la escuela del barrio. Cada alumno junto con sus padres, debían llevar un barrilete y algo para merendar y compartir con los demás padres. La maestra insistió que en lo posible, los barriletes sean confeccionados por las familias, así fomentaban los valores, la unión y otro puñado de barbaridades. Yo no tenía ni tengo idea como se hace un barrilete, y mi experiencia de remontar uno es un autentico canto al fracaso que voy a detallar en otro post. La cuestión es que fuimos un día antes a la casa de mis suegros en Rosario a almorzar y mi hija comentó lo emocionada que estaba con el evento, que recién ahí caímos que no teníamos barrilete alguno ya que especulábamos con un probable frente de tormenta que iba a arruinar la tarde pero la lluvia no llegó nunca.
Mi suegro saltó de la silla y con la cara iluminada nos dijo “¡No podrían tener más suerte! Conozco a Sanabria que hizo la colimba conmigo y vende barriletes en la plaza del shopping Alto Rosario. Vamos y de paso lo visito a Sanabria, pobre infeliz.”
No había terminado la oración cuando ya nos había subido al auto y manejaba como loco contándonos anécdotas de sus años de conscripción. Llegamos a una plaza y ahí estaba Sanabria, sentado en una reposera leyendo el diario y escuchando la radio. Mi suegro me dijo “Vení, vamos que lo voy a hacer cagar todo.” y lo encaramos desde atrás.
“¿Qué tal cómo le va?” le dijo mi suegro a Sanabria haciéndose el serio. “Somos de la inspección municipal y veo que está vendiendo barriletes. ¿Tiene los permisos?”
Sanabria empezó a buscar nervioso los papeles que no existían, y mi suegro empezó a reírse mal. “¡No te cagués Sanabria! Soy el flaco Olivieri, hicimos la colimba juntos, en Bahia Blanca...¿No te acordás? ¡Estás hecho mierda che!”
La presentación mutua duró casi dos horas. Sanabria no se llamaba Sanabria, se llamaba Salinas. La colimba la habían hecho en Azul, no en Bahía Blanca y así con la casi toda la historia. Cuando sintonizaron, mi suegro le pidió el mejor barrilete para su nieta. Había no menos de veinticinco barriletes volando y uno solo apoyado contra un árbol. “Este es el mejor flaco” le dijo Salinas a mi suegro, “pura fiselina, no se rompe nunca, y el hilo es encerado, nunca se corta ni lo jode la humedad. Llevátelo flaco, te lo regalo. Si es para tu nieta es un regalo.”
Mi suegro insistió en pagar hasta que logró que Salinas se lo cobre “Ya que insistís flaco son 24$” sentenció Salinas. (en esa época, 1U$ = 3$, osea que el barrilete costaba 8 U$) “¡Uh, qué macana! Me dejé la billetera en el auto. Pagale que después te lo doy en casa.” me dijo mi suegro, y pagué el barrilete más caro del planeta. Pesaba un millón de kilos y era duro. Así que lo llevamos a casa.
Al otro día fue la barrileteada. Había de todo, unos barriletitos minúsculos, otros standart, y unos tipo cajón que eran enormes.
Todos, absolutamente todos los barriletes volaron altísimo, menos el barrilete nuestro que era una suerte de baldosón hexagonal de colores con un hilo sisal encerado. El cuadro era devastador: mi hija iba adelante, en el medio a un metro atrás de ella iba Yamila, y un metro atrás Camila, las tres sosteniendo el hilo sisal y corriendo mientras el barrilete daba unos humillantes tumbos frente a los eruditos del barrilete que aconsejaban que le sobraba cola, que le faltaba cola, que tenía mucho hilo, que le faltaba tal o cual cosa, la cuestión es que yo rogaba que el barrilete se destruya y acabe el sufrimiento.
Las maestras nos miraban con lástima y a mi hija los demás papás le prestaron un barrilete para sacarse una foto.
Volvimos a casa y revoleé el barrilete al galpón para olvidarme del asunto.
Los demás chicos subieron todas las fotos al facebook de la escuela, abajo de la foto de mi hija decían los comentarios “Acá está fulanita con nuestro barrilete, que se lo prestamos porque el de ella no se levantó” y tenía como dos mil likes y la compartieron cientos de veces.
A la noche cuando todo era paz y silencio, todos se habían dormido menos yo que estaba como loco tratando de alinear los chakras con una vela aromática y unos mantras. Ya me iba a dormir y vi que tenía un mensaje en el celular. Lo abrí y era de mi suegro “¿Como les fue con el flamante barrilete?”.
Desde entonces veo un barrilete y me viene taquicardia.

martes, 2 de agosto de 2016

El sobreviviente

Con el motivo del 50 aniversario del fin del holocausto, un canal de televisión y una radio local decidieron hacer una cobertura especial en un conocido teatro del sur de Neuquén. Para ello habían recolectado historias y documentos que presentaron junto con filmaciones de la época. El evento, sin dudas  iba a ser el más importante de la región y se esperaban cerca de 2000 invitados de los alrededores. Se organizaron canciones típicas y una feria de platos temática. Todo marchaba viento en popa, hasta que apareció el sonidista con una bomba: su abuelo conocía un sobreviviente del holocausto. Fue lo único que acaparó la atención y los esfuerzos durante la semana previa a la cobertura. No fue fácil dar con el paradero del sobreviviente. Era un anciano que vivía alejado de la sociedad en una pequeña cabaña, probablemente con miedo del ruido urbano. Llegaron hasta la casa y con una amable sonrisa de 90 años Martin Bergman los atendió y con la ayuda de un intérprete lograron convencerlo de participar de los acontecimientos. Martin solo hablaba en alemán y dio a entender que se vio forzado a hacerlo dada las circunstancias.
Se tomaron muchos recaudos para hacer posible el testimonio de Martin en televisión. Sacaron algunas de las fotos de los campos de concentración ya que podrían llegar a perturbarlo. Se eligieron cuidadosamente las preguntas y cuidaron de la sensibilidad del anciano en extremo.
Llegado el día, se tocó solo música clásica como signo de neutralidad y los asistentes llevaron pacientemente a Martin al sillón donde iba a ser brevemente entrevistado. Esta transmisión, iba a salir en vivo por varios canales del país ya que era un hecho inédito.
La entrevista solo constó de una sola frase: ¿Cómo recuerda esos días don Martin?

“Fueron años muy tristes. Había horror en el aire. Todo se poblaba de gritos sin sentido. Cuando uno se despertaba la esperanza de un nuevo día se nublaba. Mis amigos y hermanos sufrieron mucho. Es terrible el dolor, pero creo que hay que saber perdonar y entender. El pueblo Alemán tenía una manera de ver las cosas, tal vez no fue la correcta pero si rescatamos lo bueno, creo que ningún sacrificio es en vano. Todo en esta vida ayuda a crecer y a ser quien uno es. Hay batallas por dar siempre y en todo lugar, pero la paz de sentir que podemos hacer de este mundo un mundo mejor no tiene límites. Si vemos al adversario como un enemigo y no como un ser humano, ahí dejamos de ser personas. Perdón y comprensión para los que no piensan como nosotros y saber ponernos en su lugar, es el legado más grande que tengo de aquellos años”

Diciendo esto, Martin se levantó entre un montón de aplausos y con paso lento se fue caminando entre los asistentes que desbordaban de emoción ante el discurso desprovisto de rencores y rico en la esperanza que un mundo distinto comenzaba en ese instante. Se subió al auto que lo llevó de regreso a su casa ya que no estaba acostumbrado a estos trajines.

“¿Cómo supo tu abuelo que este hombre era un sobreviviente del holocausto?” le preguntaron al sonidista del evento. “Una vez, mi abuelo fue a llevarle kerosene a un viejo hermitaño chileno y lo agarró la noche y se perdió. Manejó como pudo hasta que dió con la casa del viejo Martin. No hablaban una palabra en común, pero se hicieron entender y el viejo le dio comida y abrigo hasta que pasara la fría noche. Cuando amaneció, se despidió y se fue.” comentó el sonidista.

“Está bien, pero ¿cómo se dio cuenta que el viejo Martin era un sobreviviente del holocausto?” insistieron.
“Según mi abuelo, había unas fotos arriba del hogar donde el viejo Martin estaba con un uniforme gris y decía en un rincón -für mein treuer Freund Martin Bormann - Berlin 1939-, algo así como Para mi fiel amigo Martin o algo así, Berlín 1939“
¡Boludo! ¿Vos no dijiste Martin Bergman“
No, bah, no me acuerdo. Bergman Bormann es lo mismo, es un sobreviviente ¿o no?“ se molestó el sonidista.
¡No! ¡No es lo mismo! ¡Martin Bormann era el segundo de Hitler, idiota! Llevamos a uno de los Nazis más buscados de la historia a un aniversario del holocausto! ¡Si lo ven los Judíos a esto nos van a cortar las pelotas en julianas a todos! ¡Ya hay que parar todo lo que se transmitió y ojalá nadie lo haya reconocido!“
Y todos corrieron a tratar de desarmar todo de la manera más discreta posible, borrando todo y rogando que nadie se haya avivado.

¡Qué tanto lío! Pidieron un sobreviviente y les traje uno, y así me lo agradecen….¿por qué no aclararon antes de que lado era el sobreviviente que querían…? Ni las gracias me dieron.“ murmuraba el sonidista mientras desarmaba la consola ya que a la noche tenía un cumpleaños de 15 y al fin y al cabo eso era plata segura.
 

sábado, 30 de julio de 2016

Gloria y ocaso de una aplicación.


Hace unos años, unos becarios de la escuela secundaria técnica del barrio, trajeron una App que se llamaba Shazam. Básicamente consistía en “escuchar” una melodía , una canción y comparar un par de compases con una inmensa base de datos y descifrar el título de la canción , su intérprete y una captura de la tapa del disco donde fue publicada. Uno de los becarios comentó que estaba trabajando duro en una aplicación para celulares que iba a identificar a los dueños de los flatos de acuerdo al ruido que emitían. Para ello ya había conseguido emular el algoritmo de búsqueda de Shazam , pero lo más complicado radicaba en la confección de la base de datos. No solo tenía que grabar los flatos e identificarlos, sino que también debía barajar las alternativas entre flatos cortos, largos, secos o húmedos. Era un trabajo desagradable y más allá de lo divertido del proyecto, era inexacto y poco serio. Uno de los padres de los becarios les dijo “si hicieran algo de eso para detectar a través de los ruidos que hace el auto, cual es la falla y qué hay que cambiarle, serían millonarios”. Fue como una iluminación en la noche. Ese era el dato que les faltaba. Ya tenían el algoritmo de comparación, y para la confección de la base de datos, los becarios recorrieron infinidad de talleres buscando apoyo económico y sobre todo que los dejen grabar los motores de los distintos autos y lo más arriesgado, generarle fallas conocidas para lograr el cierre del proyecto. Con la ayuda de varios mecánicos y después de mucho tiempo de ensayo y trabajo, lograron detectar una bujía empastada en un Audi A3 del 2012 , un platino jodido en un Renault 12 Break 1978, y un carburador sucio en un Fiat Duna Weekend 1993.
El proyecto estaba listo para ser presentado en sociedad. Se iba a llamar Carl Shazam, un poco por el origen de la app y otro poco como una broma u homenaje al astrónomo estadounidense Carl Sagan.
Para presentarlo, pidieron el salón azul de la Universidad Tecnológica Nacional y pusieron a punto la aplicación que iba a ser presentada en pantalla gigante y transmitida por Skype y via web en la página de la Universidad.
Subieron hasta el tercer piso un Volskwagen Gol y pidieron que venga un grupo de mecánicos de la zona a poner a prueba el proyecto. Los becarios, luego de explicar lo complejo de la aplicación, pasaron al plato fuerte, la demostración en vivo. Pidieron a un mecánico de la sala que suba y provoque una falla en el auto exhibido, así cerrarían la demostración con un ejemplo práctico.
Del público, un pequeño hombre mal entrazado, subió al escenario. Pascual dijo llamarse, y se acercó al auto. Pidió que no lo miren hacerle la falla para que no truchen la aplicación, los becarios se rieron y apagaron la cámara que lo estaba filmando a Pascual. El mecánico vio que algunas cosas del motor no estaban del todo bien y las corrigió de acuerdo a su criterio, también aflojó una correa y puso unas tuercas y arandelas en el motor por donde se lubrica con aceite. Esto debería provocar un montón de confusas señales pensó Pascual y se puso en un rincón mirando sobrador.
Uno de los becarios entró al auto y le dio arranque. El ruido fue insoportable y parecía que el auto se estaba por desarmar, el público pidió parar la prueba pero la aplicación estaba explorando el origen de la falla. No podían detener las pruebas a esa altura, todos estaba expectantes de la pantalla de la aplicación. El relojito giraba hasta que se detuvo. La pantalla exhibía un mensaje que decía “detectando falla 30%”. El avance de la detección era lento y la cara de Pascual parecía desarmarse puesto que podría quedar al descubierto la mano sucia del mecánico. Cuando la detección iba por el 85% los rostros estaban congelados mirando la pantalla gigante, la web de la Universidad era trending topic hasta que la aplicación indicó “Falla detectada – coincidencia 100%”
Pascual desapareció aprovechando la expectante mirada a la pantalla.
La aplicación indicó:

Falla: Kioto
Modelo: Bangarang
Año: 2011
Marca: SKRYLLEX

Los becarios apagaron todo y se fueron corriendo….
Nunca más se supo de ellos.

Carta abierta a Nicolás Cabré


San Nicolás, sábado 30 de julio del 2016

Estimado Nicolás Cabré:
Hace unos meses fui para Capital Federal a ver la obra de teatro “Nuestras mujeres” en el CITI. Cuando terminó la función comí algo por la misma cuadra del teatro en calle Corrientes y al salir a buscar mi auto para volver junto con mi mujer a casa, te vimos salir del lugar donde estás presentando tu trabajo “El quilombero”. Te vi rodeado de algunas mujeres que te esperaron para sacarse una foto con vos. La mayoría iban en grupo y solo se limitaban a sacarse de a una la foto, darte un beso y salir caminando compartiendo el testimonio en alguna red o chequeando que la luz y el foco estuviesen en condiciones. Te vi siempre bien dispuesto y sonriendo mientras un muchacho de traje te esperaba pacientemente a modo de patovica. Cuando más o menos pudiste zafar del grupo dejando a todas conformes, te alejaste caminando. Justo con mi mujer íbamos a escasos pasos tuyos cuando te interceptó otra chica que abrió sus brazos y te dijo “¡Nooo...con vos me saco una foto!” y sacó su celu y lo seteó mientras el patovica siguió caminando sin dejar de prestarte atención. Te pasamos mientras la chica te acogotaba en una interminable sesión selfie. Como a las demás, le diste un beso y se alejó. Ahí retomaste tu paso y quedaste caminando mas o menos treinta metros al lado nuestro. Te hacía más alto y más antipático, de verdad. Cuando ibas caminando al lado nuestro pensé en saludarte, o felicitarte por algún trabajo en el que te haya visto, pero no se me vino ninguno a la cabeza en ese momento y me pareció demasiado saludarte así porque sí y pararte para otra foto más. Seguimos caminando y pensé en decirte lo mucho que me gustó una historia que contaste en lo de Mirtha Legrand acerca de tu viejo. Contabas que se había puesto muy contento un día que cambió el estéreo del auto mientras que vos tenías un auto nuevo. En como las cosas simples te seguían emocionando.
Pensaba en esto y te miré y te ví cansado, tenías los ojos mirando el piso pensando quién sabe qué cosa y justo levantaste la cara. Te hice un gesto (bajé un poco la cara y levanté las cejas como preguntando ¿todo bien?) y me hiciste un algo parecido a un “si, todo bien”. Ahí aflojamos las caras y nos miraste un ratito más a mi mujer y a mí y te fuiste a alcanzar al patovica que iba despacio mirando el celular.
Te vi simple y sincero . No la careteaste con nadie, y eso me cayó muy bien Nicolás.
Eso es todo, nada más.

Saludos

jueves, 28 de julio de 2016

Bussiness are bussiness


“Sin dudas su padre es un gran hombre. Se merece algo realmente acorde con su estilo. Me permito recomendarle este modelo. Ya se que es un tanto más costoso que el que traías en mente, pero ya que vas a hacer una inversión es preferible que tengas en cuenta que una vez que elijas, va a ser difícil revertir la situación. Sé que sos muy joven y es muy probable que dudes de mí. Lo que pensás es cierto, que soy un comerciante y más allá de lo que quieras está primero mi negocio, pero permitime decirte esto. Te veo a vos , y me veo a mí mismo a tu edad, con dudas, con desconcierto con cierta ansiedad, y por eso quiero guiarte en la decisión correcta, la que te va a hacer sentir bien a vos que en definitiva sos quien va a hacer una elección casi te diría , de las más importantes que hayas tomado. Vení conmigo a la oficina, no lo pienses más o vas a terminar lamentándolo. Tomate un café y revisá si los papeles están en orden. Después de firmar tenés treinta días para traerme el dinero, pero no te preocupes, es un plazo legal que se puede conversar si te acercás por la oficina una semana antes que venza el plazo. Tranquilo, te dejo dos minutos que hago un llamadito y estoy con vos.”
Miré los papeles , pero no entendía nada. Tres páginas de texto plano con condiciones legales son demasiado para un tipo de diecisiete años con la mente en cualquier parte y el cuerpo cansado. Me limité a firmar donde había una linea de puntos y acomodé todo con ganas de irme lo más rápido de ese nefasto lugar.
Cuando estás solo rodeado de ataúdes vacíos colocados de pie contra una pared, cualquier cosa que te digan te suena lógica y vacía. Cuando un tipo grande te habla de dinero en un momento donde no tenés ni idea que puede pasar diez minutos después o como vas a seguir viviendo, o quien va a escuchar tus futuras dudas, o quien se va a poner orgulloso de vos cuando te recibas de algo o logres algo o te pase algo que merezca ser contado, el mundo de los grandes se resume a un puñado de cifras frías que siempre juegan a favor de los más fuertes.
Las palabras del hombre de la cochería se iban a repetir una vez más en mi vida, cuando ya no era un joven, cuando veintitantos años habrían pasado desde esa primera vez.
Sus palabras sonaron distinto, los ataúdes contra la pared eran los mismos, ese día también estaba solo. Se repitió la escena del llamado. Se repitió la ceremonia mecánica de la firma y la sensación de que esto se repetía todos los días, con distintas personas, y por primera vez pude intentar pensar en ese hombre, el dueño de la cochería y sentí una profunda lástima por él.
Yo me gano la vida arreglando cosas descompuestas y en algunos casos no tienen solución, y me alegra cuando una persona o una máquina recuperan parte de su funcionalidad y pueden seguir andando, pero el hombre de la cochería tiene que ingeniárselas cada día para poder dar un pequeño show y hacer de su oficio algo menos infame.
¿De qué se sentirá orgulloso? ¿De haber vendido un ataúd más caro del que pensaba vender? ¿Cuánto costaba esta felicidad? ¿Alguien le preguntaba a menudo cómo se ganaba la vida? ¿Valía la pena contarle esto a un hijo? Si su hijo hiciera una composición para la escuela donde refiera al trabajo de su papá ¿Cómo sería?
No me gustaría estar en sus zapatos.

martes, 26 de julio de 2016

El 5 y 1/2

Una mañana de marzo, un domingo para ser exactos, mi viejo me llevó al tiro federal. Yo tenía 8 años. Me acuerdo porque mi vieja elegía las actividades de la semana, como inglés y catecismo , en tanto que mi viejo los fines de semana me llevaba a ver boxeo los sábados a la noche y al club los domingos a ver fútbol. Ninguna de las cuatro actividades me interesaba mucho. El rato que me quedaba libre veía televisión y dibujaba, todo a la vez.
En ese afán que tienen los padres de entender y saber que quieren los hijos, un día mi viejo me subió al Fiat 600 y me llevó al tiro federal. "A vos te gustan las películas de tiros, así que esto también te va a gustar." sentenció mi viejo y sin mucho Jean Piaget de por medio me llevó. En el lugar había un montón de gente común tirando con rifles, como los de las películas pero sin explosiones, solo un fuerte ruido mecánico. Eran rifles de aire comprimido, me explicó mi viejo, se usan para practicar, no matan ni hacen daño, y me mostró unos balines de plomo del tamaño de una lenteja. Cargó el rifle y le apuntó a un blanquito que estaba a 10 metros. Así hizo un montón de veces mientras que tocaba algo que se llamaba alzadura y formaba parte de la mira. Cuando metió un centro me dio el rifle y me dijo "la mira ya está calibrada, apuntale al blanco, contené la respiración y cuando estés seguro tirá despacio ¿sabés? Ah, y cuando no uses el rifle, apuntalo para arriba, por si sale el tiro."
Pesaba muchísimo el arma, y me pusieron una bolsita de arena para que lo apoye. Hice todo lo que dijo mi viejo, contuve la respiración, apunté, y cuando estaba seguro tiré. No le pegué a nada, el balín levantó tierra por lejos. "Ya va a aprender el pibe Don, téngale paciencia" le decían los otros francotiradores que no paraban de hacer centros. Intenté cinco veces más hasta que uno de los balines, más por piedad que por mi destreza, mordió el blanco en una esquina.
"Va queriendo pibe, va queriendo. Hay que practicar, no queda otra." gritaba un gordo al que todos le decían Talero.
Mi viejo cargó el rifle una vez más, y me lo dio. No perdía las esperanzas de sacarme bueno. Me puse a puntar de nuevo al casi inmaculado blanco cuando un pajarito se posó al lado. Era un gorrión. Nos miró a todos los francotiradores. "¡Bajalo pibe, es tuyo!" gritó Talero mientras se reía con ganas. Más por orgullo que por ganas le apunté al pajarito, y sin pensarlo mucho le tiré. Lo vi girar sobre si mismo y cayó al piso. "¡Viste que lo íbamos a sacar bueno al pibe!" gritó Talero y los demás lo festejaban. La cabeza se me nubló y salté la linea de tiro, alguien creo que fue mi viejo o Talero, gritaron que paren de tirar, llegué adonde estaban los blancos y me puse a buscar el pajarito muerto, revolví entre los yuyos. Solo basura y cardos que a pesar de lastimarme no lograban frenarme en la búsqueda. Un fuerte tirón de la ropa y parte del pelo me alejó del lugar del hecho. Diez metros después mi viejo me gritaba "¡Sos loco o boludo! ¿Qué querés hacer? ¿Que te maten?" pero nada de esto me sacaba de la cabeza la imagen del pajarito girando sobre sí mismo.
Tenía 8 años, lo sé porque esa mañana había ido a misa después de catecismo.
Por un tiempo pensé que era un mensaje de Dios, que había puesto ese pajarito como una prueba, a ver que tan débil podría llegar a ser, pero tiempo después lo único que me queda es que un cobarde con un arma, es un peligro innecesario, que ese pajarito girando sobre si mismo, me enseñó más que todos los años de catecismo, que nunca más pude tocar un arma, y que ese rifle, después que murió mi viejo, quedó perdido en un galpón hasta que lo regalé a un croto que pasaba con un carro tirado a caballo.
"¡Don, es un Maheli 5 y 1/2! ¡Muchas gracias!" me dijo el ciruja antes de perderse de mi vista para siempre.
El ciruja se llevó el 5 y 1/2, la irresponsabilidad de ese momento me sigue hasta estos días.