jueves, 4 de diciembre de 2014

Día 18 - Revisación médica periódica (final)

Ya estaba de nuevo en la sala de espera con mi planillita arrugadisima y con manchas de diversos tonos ocre. Débil y con hambre, opté por sacarle la birome y los bizcochos a un zombie que yacía en la puerta de entrada. Tenía el aspecto de estar tirado hacía días por el aspecto de los bizcochos que tenían reservas de penicilina para un año o más. Me estaba acercando cuando de repente un rayo de luz iluminó la planillita del desdichado y comprobé con sorpresa que estaba casi completa. Me improvisé con unos bajalenguas que le afané a Igor que los usaba para sacarle dulce de leche a las facturas. Aprovechando la pegajosidad, y con mucha paciencia, logré sacar muy muy despacito la ansiada planillita. Cuando la tuve en mis manos vi que solo le faltaba el casillero 8. Mi corazón debilitado por la radiación parecía que iba a partirse en cualquier momento. Cuando estaba al borde del infarto, tronó el parlante sobresaltándome. Algo incomprensible sonó parecido a mi apellido seguido de una tuberculosa catarata de palabras mal articuladas. Antes que el moribundo despierte, me escurrí al ritmo de los "Permisos" que iba recitando como un apócrifo padrenuestro. Gané la puerta e Igor me miró desconfiando. Oculté los bajalenguas en las mangas con repulsión por los restos de dulce de leche pegado. "¿Qué le falta?" gruñó seco Igor. Miré la planillita que Igor me arrancó de un tirón. El grotesco rostro de Igor se deformó hasta lo imposible. Arqueó ambas cejas como como dos corchetes borroneados con alcohol. Sos ojos estaban literalmente desorbitados y surcados de gruesas trazas rojas. Me miró temblando y me dejó la planillita en la mesita de  recepción. Con el dedo índice señaló un consultorio que parecía haber estado cerrado por siempre. La puerta tenía un 8 acostado como si fuera un infinito. Algo no estaba bien. "¿Qué le pasa?" le pregunté a Igor que se ponía verde a cada minuto. "Nunca nadie llegó al consultorio 8" murmuró Igor, Por primera vez vi gestos humanos en su cara. "Vaya" insistió...y tiró sal gruesa adonde yo había estado parado.
Fui hasta la puerta y cuando estaba por golpear se abrió lento con un chirrido de madera vieja, como en los sótanos de las películas de terror. Una luz desde el fondo me cegó. La silueta de algo parecido a un ser humando de dimensiones anormales, se recortaba con dificultad. "¡Bájese los pantalones y los calzoncillos! ¡Y deje la planillita en el piso!" bramó algo desde el fondo de la habitación. Mientras me sacaba la ropa, se escuchó que el doctor abrió un cajón ruidosamente y se sintió un ruido a látex reseco. Se acercó lentamente fumando un destartalado cigarro armado. "¡Mire al costado!" mugió, y me puso un dedo en la ingle. Tuve por momentos la sensación que me iba a colgar como un pedazo de carne. "¡Tuesa!" ordenó el galeno. Mi cabeza procesó la palabra y al segundo le ordenó al cuerpo ponerse en posición de carcajada."¡Tuesa!¿Es sordo o pelotudo?" insistió. El cuerpo me convulsionaba en silencio y las risas se manifestaban como un ataque epiléptico. "¡¡¡TUESA!!! remató el doctor mientras me  levantó en el aire literalmente. No pude más. Estallé en risas, explícitas, fuertes, y finalmente una ráfaga de toses y flatos. El doctor me soltó y con asco tachó el cuadrito vacío de la planillita y la hizo un bollo.
"¡Vaya! ¡Así no se puede hacer ningúna revisación!" y diciendo esto último, sacó un encendedor de bencina y prendió fuego la planillita. Desde el piso, desnudo, dolorido y sin aire, me subí como pude los pantalones y los calzoncillos. Me arrastré hasta la salida que daba a la sala de espera y aprovechando el estado catatónico de Igor, taché todos los controles dándome por aprobado. Rengueando me estaba yendo cuando el zombie al que le robé la planillita me cortó el paso poniéndose en la puerta. "Cagué" pensé, se avivó que le robé. Me miró tres largos minutos y gruñó "¿Qué día es hoy?". "¿Cómo?" contesté. Me agarró del cuello de la camisa y repitió "¿Qué día es hoy?". "¡Martes!" me apuré, "¡Martes 18 de junio!". Me mostró mi planillita, me miró a los ojos y resoplando me dijo "¡No termino más esta revisación de mierda! Gracias pibe." y se acostó en el piso de nuevo.
Lo salté y me fui para no volver nunca más a revisarme allí.

martes, 2 de diciembre de 2014

Día 19 - Revisación médica periódica (parte III)

Cuando volví a la sala de espera, el número de zombies había disminuido notablemente. Sólo había 10 de ellos desparramados en los bancos de fibra. Busqué un lugar libre para poder esperar un nuevo llamado. A medida que iba bramando como un mugido ocluso, el parlante parecía desarmarse a cada llamado. Empecé a entender casi sin dificultad que nombres pronunciaba, y veía como los zombies sacudían perezosos sus cabezas y se miraban entre sí parasaber a quien le tocaba el turno y sobre todo en qué consultorio. Cuando sonó algo parecido a mi nombre, me aproveché de mi insomnia y me adelanté con algo parecido a un salto y entré al pasillo antes que Igor me trate de tacklear. Avancé en la penumbra hasta la puerta entreabierta. Tenía un número 5 pintado con desgano. Entré y me encontré un aparato antediluviano de sacar radiografías. El técnico apareció de la nada vestido como uno de los ricachones de la película Hostel, esos que torturaban gente. "Saquese rápido la camisa, así podemos hacer la placa lo antes posible. El equipo tiene pérdidas y la radiación es alta." Dijo esto y se metió en una especie de cabina telefónica forrada en plomo. Por un parlante cónico, sonó la voz del técnico. "Apúrese. Cada minuto que pasa acá son dos años de vida menos." Y un agudo silbido cruzó la habitación. Se prendió una luz roja que giraba y la voz dijo "Ponga la pero en la placa frente a usted, apoye el pecho. Pongasé las manos en la cintura y apoye los codos en la placa....¡Rapido!" La posición que  me proponía el técnico era imposible. La placa estaba helada y los codos no los podía apoyar ni por joda. "¡No se mueva!¡No respire!" Terminó de decir esto el técnico, y sobre la placa apareció una cucaracha del tamaño de un control remoto. Se movió rápido hasta ponerse a oler mi pezón. Traté de espantarla soplando. "¡NO SE MUEVA!" Gritó el parlante, y se escuchó un ruido metálico similar a una persiana cerrándose con fuerza. "Respire" dijo el parlante y con un manotazo espanté la cucaracha. Mi corazón estaba por explotar, no sé si por la radiación, por el frío de la placa o la impresión que me dio la cucaracha. "¡Vístase y retírese rápido!¡ La planillita está en el piso!" y por debajo de la puerta de la cabina antirradiación el técnico me pasó la planillita. La agarré con prisa y salí al pasillo corriendo mientras me abrochaba la camisa. Con una taquicardia impresionante y bañado en sudor frío, comprobé que tenía firmado el consultorio 5 (radiología) y misteriosamente tenía firmado el consultorio de oído y vista.
Lo que nunca dejó de ser un misterio, fue el alto grado de casos de empleados con una extraña mancha en el pulmón.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Día 20 - Revisación médica periódica (parte II)

Aliviado al menos en forma temporal, me siento como puedo en una incomoda silla plástica. Ya los primeros rayos de sol auguraban el buen día. Me acomodé como pude y empecé a llenar la planillita que incluía una detallada declaración jurada donde constaba mis antecedentes médicos, operaciones y tambien datos triviales como si tenía hábitos perjudiciales como las drogas o el alcohol o si tenía poluciones nocturnas y detallar cantidad y consistencia. Por las dudas llené todo pero tratando de acercarme a la media, sin sobresalir por nada. En una palabra, la declaración jurada fue una mentira total.
Me encontraba en esta etapa cuando una fuerte descarga hizo retumbar a la horda de zombies. Fue como un trueno en cuatro sílabas semiarticuladas. Luego de tres segundos se repitió la secuencia con volumen en ascenso. Allí se podía adivinar al final de la secuencia un número. Sonaba como un "GGSSSGGREAERRNANNNNGGRREZZZRRREALLLTORRRRCEEEEE" (con mucho esfuerzo de imaginación sonaba como "Fernandez al catorce") Uno de los zombies se paró y se fue tambaleando por la puerta vaiven. Ahí entendí que por el desconchado parlante, alguien te llamaba a algun consultorio identificado con un número y corroboré con la planillita que al final de cuentas se trataba de una hoja de ruta. La bioquímica estaba identificada como consultorio 4. Más o menos con una frecuencia de un llamado cada 2 minutos, los zombies iban circulando en orden totalmente aleatorio. No había correlación entre el trueno del parlante y los apellidos de los pacientes quienes acudían segun se despertaban. Al próximo llamado, gané la puerta vaiven y me mandé al consultorio 2 que estaba identificado como Electrocardiogramas. Cuando abrí la puerta, en la camilla descansaba el médico en semipenumbras, cuando le dije permiso se sobresaltó y cayó al piso. En el camino arrastró el electrocardiógrafo y se escuchó un estruendo. Dos enfermeros entraron con la ropa descamisada, revisaron el lugar y descubrieron al medico en el piso aplastado por el electrocardiógrafo. Uno de los enfermeros se llevó al médico y otro se llevó el electrocardiógrafo. Me quedé solo por un rato, anonadado y sorprendido. Por fin entró la mujer del servicio de limpieza y cuando me vio dio un salto y me apuntó con la escoba "¿Quién mierda es usted y qué hace acá?" me ladró en guaraní...Yo retrocedí y le mostré la planillita, y le dije que estaba en revisación periódica. Bajó la escoba, se persignó y me miró con lástima. Buscó en la basura un electrocardiograma, lo alisó me dijo que lo firme. Mientras lo hacía me sacó la planillita y tachó el casillero numero 2 marcado como Electrocadiograma.Me lo dio junto con un billete de 5 pesos y me señaló con la escoba la salida. Murmuró algo incomprensible como si fuera la oración para curar las quemaduras y hacía cuernitos con los dedos de ambas manos apuntando al piso. Me fui a la sala de espera.
Ya faltaba menos...
continuará.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Día 21 - Revisación médica periódica (parte I)

El otro día vino el capataz y nos señaló con el cigarrillo. "Che...¿A quién le falta la periódica?" gruñó. "¿Qué es la periódica?" pregunté, y el tipo anotó algo en una planilla y se fue por donde vino. Los demás obreros se me rieron mucho y dos de los más viejos me palmearon la espalda mirando el piso. "Boludos...¿que es la periódica?" insistí. "Ya te vas a enterar cuando te revisen el libro..." fue toda la respuesta que tuve. Casi cuando nos estábamos yendo, y el tema casi olvidado, el capataz me dio un papel que decía "presentarse en ayunas a las 6 de la mañana en servicio médico". Ahí respiré aliviado. Nunca estuve tan equivocado.
Como cualquier hijo de vecino fui al servicio médico en ayunas y sin orinar, como indicaba la planillita. En la sala había como treinta personas esperando en estado semivegetativo. En plena semipenumbra me acerqué a la ventanilla y esperé a ser atendido, como decía el cartelito escrito con birome. Tras 10 largos minutos le di dos o tres golpecitos tímidos al vidrio. Nada sucedió. Aumenté la fuerza de los golpes, y el número de los mismos y los zombies gruñeron en consecuencia. De la nada salió algo parecido a un enfermero. "¿Que pasa?" preguntó seco. "Vengo a la revisación periódica" dije. "¡Legajo!" gritó el hijo de puta y la monada me chistaban como un desafinado coro de búhos asesinos. Se lo dije y el cuasimodo desapareció atras de una enorme pila de carpetas. Desde el fondo de la galería gritó "¡Sientese! ya lo van a llamar". Así lo hice, como pude, escondiéndome en la multitud somnolienta. Esperamos como pudimos, aguantando las ganas de orinar. Hasta que no pude más y me acerqué de nuevo a la ventanilla y empecé a golpear de nuevo, ganándome el descontento de la negrada. Cuasimodo me hizo pasar de mala gana y me dio un tarrito del tamaño de un danonino. "El primer chorrito afuera y el resto en el tarrito, por la cascarria viste...". Con semejante data me fui al baño. Tenía en una mano el tarrito, en la otra mano una planillita para completar con datos, el inodoro estaba cerrado y no había nada seco donde apoyar nada. Mordí la planillita, me bajé el cierre con la mano libre, con el pie levanté la tapa y haciendo un número acrobático, destapé el tarrito con el cachete. El primer chorrito salió bifurcado, dando de pleno en mi antebrazo y en mi zapatilla derecha. Primer parte concluida. Ahora había que embocar. Corrijo la mira y el chorro se unifica dando de pleno en la pared y salpicándome lo que restaba de las zapatillas. Emboqué un miserable chorrito en el tarrito y lo tapé como pude. La planillita tenía una horrible aureola de saliva. El tarrito transpiraba orina, y yo estaba hecho un asco. Salí del bañito y la bioquímica me miró con desprecio. Me señaló con el mentón una mesa llena de tarritos rebosantes de meada. Lo coloqué entre los demás recipientes y me senté en una silla que tenía un apoyabrazos. "Apoye" me murmuró la bioquimica y me señaló el brazo con el mentón. Hice lo debido, y la mujer me ató el brazo con una goma de gomera. Me ordenó cerrar el puño y se fue a buscar una jeringa. El brazo comenzó a ponerse azul. Cuando se le ocurrió, volvió con una jeringa inmensa. "No mire si le impresiona...¿sabe?" me dijo con voz cavernosa. Me hice el macho y miré. Cuando me entró la aguja se me puso todo nublado. Me dio un mareo impresionante pero me la banqué como un heroe. Cuando me sacó la goma del brazo me puso un algodoncito del tamaño de un arroz. Me paré y salí al pasillo victorioso con la planillita con dos casilleros tachados...Sólo me faltaban nueve más.

continuará....

martes, 25 de noviembre de 2014

Día 22 - El día que Anaconda formó parte del pesebre.

Corrían los años 90 y el Padre Mario siempre organizaba los pesebres de la Parroquia Inmaculada Concepción. Cada año iba agregándole alguna  cosita extra cada año que lo volvía original y atractivo. Una vez le puso musica en vivo tocada por unos chicos del norte que hacían maravillas con la flauta dulce. Otro año, a la hora del nacimiento de Jesús hizo tirar una bengala que iluminó el pesebre por 2 minutos mientras duró el coro cantando Aleluya.Sin dudas, el Padre Mario ponía su corazón en cada presentación. La presentación del año 90, iba a ser especial. Tendría que esmerarse ya que tanto se había corrido la voz que el Obispo en persona quería presenciar la ceremonia. El padre estaba más nervioso que nunca, nada debía fallar.
Por aquel tiempo, Genaro el ahijado de Anaconda, era monaguillo y ayudaba al Padre Mario en todo lo que le pedía, conseguía cosas imposibles y le sacaba una sonrisa en las situaciones mas adversas. Tan así fue que al Padre casi se le infarta su anciano corazón cuando se enteró un día antes de acto, que la actriz que iba a ser la virgen María se contagió de hepatitis y no podría representar ese papel. El Padre estaba deshecho cuando se le acercó Genaro y lo escuchó paciente. No sabía como disculparse ante la comunidad el pobre párroco cuando Genaro le dijo que su madrina era actriz y sabía la letra ya que lo había ayudado a preparar los guiones y las luces. Le contó que tenía 23 años y vivía cerca de la Iglesia y que ese sábado no tenía nada planeado ya que siempre iba a aplaudir a su ahijado favorito. "¡Llamala rápido!" le dijo el padre y el niño agarró el pesado telefono negro de la iglesia y llamó. El cura ansioso le hacía gestos con la cara como preguntandole al niño que pasaba, y éste arrugaba la frente y levantaba las cejas murmurando porfavores y gracias. Cortó y le hizo una seña afirmativa al padre quien lo abrazó como para sacarle los ojos de las órbitas, y se fue a preparar las invitaciones. Genaro dijo "Mi madrina viene justo sobre la hora porque tiene que trabajar, pero llega bien."."Llevale el traje y que se lo mida, cualquier cosa que lo traiga para arreglarlo si le queda muy largo". Genaro terminó de repasar los guiones y los efectos de sonido y se fue a la casa de su madrina a llevarle el traje.
Al otro día temprano, hubo un cambio de planes. Al pesebre lo iban a montar en un semirremolque que alquiló el obispado para pasear la escena por las calles de la ciudad, así todos iban a poder disfrutarlo. El padre, más nervioso que nunca, repasó cada detalle y llamó por enésima vez a Genaro para recordarle el compromiso de su madrina.
Diez minutos antes de emprender la caravana, el padre Mario había masticado todas las velas de la iglesia. Estaba todo en su lugar y montado pero la virgen María venía con retraso. Cuando estaba a puto del infarto, dobló la esquina Anaconda vestido de virgen corriendo a todo lo que le daban las piernas. En el apuro, el padre lo subió al semirremolque y se fue al lado del chofer del tractor para indicarle el recorrido. Anaconda se acomodó como pudo y Genaro le alisó el traje. La caravana partió por las calles. La gente les tiraba flores y los niños del coro iban caminando mientras cantaban villancicos. Anaconda estaba emocionadisimo. Llevaban un bebé de verdad que hacía las veces de Jesús. Cuando pasaron frente al Obispo, Anaconda se puso de pie mientras la caravana aminoraba la marcha. Le mostró al Obispo la ternura del niño que llevaba en brazos. En eso una rafaga de viento le embolsó el traje y se lo levantó hasta los hombros enganchándose en la cabeza del bebé. El Obispo no podía creer lo que veía. En pleno pesebre una especie de fantasmagorica presencia ofrecía su sexo a la comunidad rodeado de figuras celestiales y enmarcado en un coro de niños que cesaron de cantar. El tractor hizo un sordo ruido y emanó una bocanada de humo espeso. Anaconda luchaba con el traje mientras gritaba como un hombre "¡pendejo de mierda! ¡soltame la pollera!" y lo sacudía de un lado a otro. Al padre Mario le empezó a latir un ojo, luego quedó duro, con la boca torcida. El Obispo empezó a rezar con los ojos cerrados,  San José, empezó a vomitar en el pesebre, los angelitos gritaban. Finalmente el traje cedió mientras la madre del niño se lo arrebató violentamente de las manos a Anaconda quien de un salto se bajó y se fue corriendo con Genaro por las calles más oscuras. Corrieron mucho, sin parar. Cuando ya no les dieron más las fuerzas, pararon. El corazón les iba a reventar en cualquier momento. Genaro, agitado y con los ojos desorbitados lo miró a Anaconda y le dijo "Madrina, ¿vos tenes pito?" . "Si Genarito." le dijo comprensivo Anaconda. "¿Por?". "Porque la operación está cara Genarito" concluyó Anaconda. Y se fueron a tomar el 147 rojo.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Día 23 - El Cotolengo San Jorge

En el sur de la provincia de Santa Fe, por el año 1920, se inauguró el Cotolengo San Jorge. El proyecto nació de la mano de Jorge Salcedo, un prestigioso psicopedagogo que al final de su carrera profesional decidió dedicarle su tiempo a la tercera edad. A lo largo de sus estudios comprobó que manteniendo la mente en una sucesión de rutinas simples como el trabajo manual, mantenían a la cabeza lejos de brotes psicóticos o desvaríos. Pudo afirmar que éstas rutinas mantenían al ser humano ocupado libre de la responsabilidad de elegir y anulando su poder de reacción, pero como contraprestación, podía insertarse de forma productiva en la sociedad sintiéndose útil y activo. Con las necesidades básicas satisfechas, el peligro de la rebelión se vio aplacado en su totalidad. La tarea que realizaban en el cotolengo, era el armado de autitos de madera. Se ensamblaban las piezas y luego las pintaban a mano y ponían en una bolsita plástica.  Los paquetes salían semanalmente del cotolengo y a los días recibían materia prima para seguir con la faena. El Cotolengo funcionó con un éxito singular durante ocho décadas ininterrumpidas. Jorge Salcedo falleció viendo que su tarea estaba en buenas manos.
Un estudio posterior, reveló que el modelo implementado por Salcedo se repetía a lo largo de la provincia. En Theobald, funcionaba el hogar de Niños Galletti, que implementaba la modalidad de taller desarmando autitos en mal estado y rescatando o reacondicionando las pequeñas piezas de madera lijando y limpiando la materia prima que sería enviada a los talleres especializados que iban a construir juguetes para los chicos carenciados. Marco Galleti, desapareció sin dejar rastros casi cuando se conoció la muerte de Salcedo. Por otro lado, un economista radicado en Córdoba, hacia el año 1890,anunciaba un modelo de sometimiento del empleado reduciéndolo a poco menos que un esclavo, quien fue repudiado y expulsado de la provincia sin dejar pistas ni paradero. Cuentan también que los industriales más prestigiosos contactaron al economista cordobés y lo alentaron a implementar dicho modelo de trabajo. Por los años 80, era todo un éxito, se empleó en forma experimental en automotrices e industrias textiles con gran éxito. Nunca se pudo comprobar la existencia de Salcedo, ni de Galletti ni del economista cordobés.
Hasta hoy todo sigue igual que en aquellos días.
O peor.

Día 24 - Un artista en potencia

Corría el año 1932 cuando la familia Umansky emigró de su Polonia natal a los Estados Unidos de América. Llevaron consigo sólo lo puesto y un poco menos con la promesa de una vida mejor en la tierra de las oportunidades. Consigo, llevaron a Iván, el único hijo que la pareja tuvo y que sufría de agorafobia y stress traumático a causa de los bombardeos constantes. Iván tenía por aquel entonces 12 años. Lo unico que calmaba los repentinos ataques de ira , era la música. Su padre paciente lo calmaba tocando valses y polkas que distraían al muchacho de las atrocidades de un mundo en ruinas. En el viaje se extravió el pequeño acordeón que acompañaba los vaivenes de la familia y entonces Iván entró en una crisis permanente que le duró hasta que encontró unos tarros que contenían restos de pintura en un galpón de la casa que ocuparon los Umansky. Su fascinación por la pintura fue increscendo con los días, pintaba con las manos paisajes, animales y ambientes cotideanos que lo calmaban y hacían mejor la convivencia . Fue entonces que el padre consiguió un buen trabajo en una siderurgia y la vida fue más llevadera y holgada. La mamá de Iván, vió el potencial artístico que tenía su hijo y le compró delicados pinceles para facilitarle así la tarea de pintar y gastó un buen dinero en telas enmarcadas ya que hasta entonces, Ivan pintaba en el piso o en las paredes de la casa.
Grande fue la desilusión cuando Iván rompió los pinceles en mil pedazos y entró en crisis nuevamente. Las telas fueron manchadas con grandes salpicaduras arruinándose por completo, los pomos de óleo fueron aplastados sin piedad y la crisis volvió a estallar. El tratamiento psicológico y la posterior internación de Iván , les llevó los ahorros y la energía a los Umansky quienes tuvieron que vender lo poco que tenían para poder vivir. Una tarde de marzo, Iván falleció consecuencia de una sobre estimulación que lo derivó en un paro cardiorespiratorio. Su debilitado corazón no resistió una crisis más.Como era habitual, lo habrían enterrado en la fosa comun del Hospital psiquiatrico. Los Umansky se encerraron para siempre y pusieron en venta las pocas pertenencias de Iván entre ellas las telas manchadas. Un vecino recién mudado a la zona se interesó por las telas. Habló con la familia del nóbel artista pero ellos sólo se conformaron con el dinero, no querían recordar el terrible destino que tuvieron que enfrentar desde la aparición de esas telas. Eran como una maldición.
El vecino pagó exactamente el doble de lo que la familia Umansky pedía por ellas y las expuso junto con algunos mediocres dibujos de casitas urbanas y atardeceres cruzados por caballos. La crítica lo aclamó y se convirtió en el artista más cotizado de la década. De los Umansky nunca más se supo nada. Jackson Pollock nunca reveló el secreto de su inspiración. Según se cuenta por ahi, Ivan no habría muerto sino que se habría escapado y refugiado en la zona del Soho.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Día 25 - El cumpleaños de Patricia.

Estaba por llegar el cumpleaños 40 de Patricia y una sorpresa se estaba cocinando en la casa de los Suarez. Cristian, su marido, nunca fue muy demostrativo, pero se mostraba más raro y esquivo que nunca. Hablaba poco con los hijos y los parientes no lo encontraban nunca en los lugares que solía frecuentar. No tenía trabajo fijo y se ganaba la vida pintando casas. Patricia era un ama de casa venida de España a los 2 años con unos tíos. Prácticamente la habían criado. En Bilbao se encontraba su madre de 65 años a quien sólo había visto tres veces desde su llegada a Argentina. La relación entre ellas nunca estuvo muy bien pero trece años sin dirigirse palabra, a Cristian le parecía una exageración. Los regalos de cumpleaños de Cristian nunca pasaron de electrodomésticos que duraban exactamente hasta el día después que caducaba la garantía, ahí Cristian lo desarmaba y lo dejaba junto a otros artefactos descompuestos logrando así la mayor colección deaparatos inutilizados por la mano del hombre jamás vista.
Vanos fueron los intentos de sacarle palabra a Cristian acerca de qué tramaba que estaba tan parco y misterioso. Sin dudas en algo andaba.
Y llegó el cumpleaños tan esperado.Los hijos de Patricia le hicieron unos dibujos, el resto de la familia le enviaron flores con tarjetas con frases. La comida la cocinó toda Patricia y el poco tiempo que le quedaba lo destinó a limpiar sola la casa ya que Cristian no apareció en todo el día. Cerca de los brindis, Patricia no daba más, se quería acostar a llorar en silencio cuando apareció Cristian con tres claveles y un sobre blanco, aparte de eso nada más. En silencio y con mala cara se los dio rumendo un "feliz cumpleaño che" seguido de un seco beso en la mejilla.
Desconfiada, Patricia abrió el sobre sacó una carta y algo parecido a una entrada de algún costoso espectáculo. Leyó pacientemente la nota y su cara fue pasando por muchos estados, desconcierto, rabia, tristeza, alegría y terminó llorando y abrazando a Cristian como nunca lo había abrazado. La emoción le corría por el cuerpo mientras que Cristian hacía gestos de suficiencia. Patricia se recuperó un poco de la situación y explicó al resto de los presentes. El regalo de Cristian consistía en un pasaje de avión para que Patricia se reúna con su madre. Explicaba en la carta que ya había hablado muchas veces con la madre y que estaba dispuesta a dejar atrás el pasado y pedir disculpas por lo malo, pero que necesitaba verla. A la madre de Patricia se le hacía imposible ya que un problema de claustrofobia le impedía viajar en aviones. Así que Cristian tomó unos trabajos extras que le llevaban el poco tiempo libre , la energía y por sobre todo el buen humor. Algo de dinero le habían adelantado por trabajos a futuro y otro tanto lo habria pedido prestado a sus amigos. Tamaño esfuerzo había coronado la noche de los cuarenta de Patricia. Pero contrariamente a lo esperado, le devolvió el pasaje y le agradeció no menos de diez veces y le pidió perdón no menos de veinte. Dijo que no podría aceptarlo nunca, que lo agradecía infinitamente y que era el gesto más maravilloso que alguien hubiera jamas tenido para con ella. Lloraba mucho de nuevo y Cristian la abrazó. Patricia le dijo que si bien no iba a viajar y que esa deuda no justificaba unos días de reconciliación con su madre, hizo un mea culpa silencioso y prometió llamar a su madre y retomar el vínculo perdido con ella, y que no era justo que Cristian se matara trabajando para solventar algo que era posible realizar de otra manera, con otros medios. Le pidió una vez más devolver el pasaje y el dinero a lo que Cristian accedió ya casi con desgano. El problema era la multa de $500 por la anulación del vuelo, pero Mario, el hermano de Patricia, conmovido por el gesto de Cristian, sacó la billetera y le dio el dinero. "No me debés nada cuñado. La felicidad de mi hermana es mi felicidad" dijo mario y se fue con su familia antes de quebrarse y llorar en público. Lo hijos se fueron con los primos y Cristian quedó solo con su copa de sidra barata abajo de la parra.
La mirada seria se había aflojado y casi se le adivinó un suspiro.
La mañana siguiente sería igual a las de siempre, mate, galleta y una hora de colectivo para llegar a su trabajo. En el último tramo del viaje, se subió al transporte su compañero Rubén. Se le acercó entre la gente y lo saludó seco. Cuando bajaron del colectivo, Ruben solo le preguntó "¿Y?". "Cómo un engranaje negro" le dijo Cristian. "Se creyó todo la Patri"."¿Y las charlas con la vieja?". "Ah, a eso lo hice desde el teléfono del mono, que lo tiene libre y se puede llamar a quien sea el tiempo que uno quiera. La cagada era que las llamadas eran de noche, así que llegaba a cualquier hora de vuelta y la loca sospechaba algo." "¿Así que te salió gratarola la joda y quedaste como un duque hijo de puta?" Apurando el paso Cristian concluyó "Gratis no boludo...Mucho mejor que eso. El pajero de mi cuñado me dio media luca para ir de putas y todo".

martes, 11 de noviembre de 2014

Día 26 - Nace una leyenda


Por el año 45, la familia Pasciullo llegó a la Argentina corrida por las atrocidades de la guerra en Europa. Se instalaron en la zona del Valle de Calamuchita, en una finca que perteneció al doctor Haroldo Vittone, padrino de los hermanos Fernando y Hector Pasciullo. El médico retirado pasaba sus últimos días al calor del sol cordobés hasta que una mañana , cerca de la hora final de sus días, llamó a los hermanos, los miró con la última fuerza, los tomó de las manos y les dio una llave que tenía colgada de su cuello y que nadie nunca había notado. “Ahí está el futuro....en el galpón” Dijo don Haroldo y un hondo ronquido terminó con sus días. Cerca de 5 años tardaron los hermanos en entender el mensaje de su padrino, hasta que una tarde de otoño se animaron y juntos abrieron la pesada puerta de madera. Un fuerte olor a alcanfor y amoníaco salió como en una espesa nube casi desmayando a los Pasciullo. Cuando se disipó la nube , el espectaculo que se abrió frente a ellos era demoledor. Un complejo alambique , varios matraces con medidas, un centenar de frascos marrones y una enorme de olla de acero inoxidable componían este bizarro laboratorio. Sobe una mesa había un cuaderno de notas. Allí explicaba detalladamente la fórmula para adulterar el bisolvón y la paratropina. También había un grueso libro de contabilidad y descubrieron lo inevitable, el padrino Haroldo se ganaba la vida ilegalmente falsificando y comercializando medicina. Los hermanos accionaron un mecanismo parecido a una enorme cuerda de juguete y el alambique comenzó a moverse con un chirrido insoportable. Líquidos espesos comenzaron a circular por las mangueras corrugadas y unos fuelles se hinchaban y descomprimían rítmicamente como un destartalado corazón. El alambique bufó y un liquido color ciruela llenó un matraz. Los hermanos se miraron desconcertados. Tomaron el jarabe y lo probaron con la punta del dedo y se lo llevaron a la boca. Tenía un fuerte gusto a remedio y yuyos, sin embargo los hizo eructar fuertemente y les produjo enorme cantidad de gases que les alivió los incipientes dolores de cabeza y estómago producidos por la inhalación de los vapores al entrar al galpón. La fórmula daba resultados pero con ese gusto horrible no se lo iban a vender a nadie. Se les ocurrió entonces mezclar en una proporción de 1 parte de la medicina en 4 partes de té de cedrón con mucha miel. Lo probaron y esta vez los resultados fueron óptimos. No tenía la fuerza curativa de la medicina original, pero habían mejorado notablemente el sabor. Decidieron ponerle al brebaje una sintesis de los nombres de los hermanos: Fer-Hec. Dada la mala caligrafía de Héctor, la H se confundía fácilmente con una N y la C con una t minúscula, dando por resultado hermosas etiquetas que lucían el texto “FER-NEt”. Como homenaje al padrino Haroldo pensaron ponerle su apellido “Vittone” pero les pareció un despropósito ya que la fórmula original habría fracasado, así que después de largas discusiones, lo llamaron “FER-NEt El Robot” en merecido homenaje al alambique mecánico que hizo más que su padrino por la empresa y que era en definitiva el tercer socio.
La bebida resultó un estrepitoso fracaso. Los hermanos ya promediaban los 70 años y no levantaban cabeza con el emprendimiento. Así que aprovechándose de la crisis del 65, decidieron venderle la empresa a los recién llegados a la Argentina los hermanos Branca, dos boticarios retirados quienes adquirieron la finca y las instalaciones a los Pasciullo dejándoles un dinero suficiente como para poner una fonda de mala muerte en Tanti. Como acto de despecho, los Pasciullo les ocultaron el secreto del horrible sabor del brebaje, a cambio les dejaron utilizar el nombre de fantasía Fernet, total no los implicaba en absoluto. Los Branca embotellaron el brebaje pero le quitaron el nombre “El Robot” ya que le quitaba mercado y sólo lo bautizaron con su apellido.
El resto de la historia, querido lector, ya se la sabe,
¡Salud!

sábado, 8 de noviembre de 2014

Día 27 - Tener miedo...mucho miedo

Siempre supimos que el encargado se traía algo entre manos.
Ribosechi era un gringo reservado, bien pagado de sí mismo. La familia tipo era su escudo de honestidad donde cimentaba sus lemas y parábolas acerca de cómo se hacen las cosas y sobre todo cómo se vive. Sus charlas de incentivo apestaban a ser intachable. Había un detalle que ponía a Ribosechi en la mira de las sospechas: Su desaparición por cuarenta minutos de reloj en uno de los baños.Luego salía furtívamente y se escapaba por la puerta de emergencias para aparecer milagroso por la puerta de entrada con algún tema candente a flor de labios para poder seguir con la farsa del deber cumplido o por cumplir.Sistemáticamente vimos que llevaba una carpeta de bibliorato blanca cada vez que desaparecía. Lo llamábamos el ninja siciliano. Nos pusimos a pensar cómo podríamos descubrir a qué se dedicaba nuestro intachable encargado. Meses duró la espera hasta que un día, carpeta en mano se dirigía a su ritual diario y lo llamaron de la jefatura a una reunión urgente acerca de unas decisiones que venían postergando y que aparentemente debían apresurar. Presto, Ribosechi dejó la carpeta blanca entre unas resmas de papel usadas. Uno de los nuestros alcanzó a ver donde estaba y esperó a que Ribosechi se metiera a la reunión. Pasados tres minutos, tiempo suficiente para nuestra impaciencia, buscamos la carpeta y al final alguien la encontró. Esperábamos encontrar minas en bolas o algo así, pero nada iba a superar más nuestra imaginación que lo que vimos allí. La predecible sucesión de mujeres desnudas empezó a mutar en forma horrible. Alternado con los cuerpos, habían fotos de alguien a quien le habían recortado prolijamente la cabeza y se la habían adosado a los cuerpos desnudos de actrices de pornografía. Fue rara la sensación de no entender que rayos significaba tan morboso collage. De pronto miramos a Forconesi ponerse pálido y le temblaba la pera. Estaba transpirando mucho y por fin dijo :"Boludo...esa es la mujer de Ribosechi". Miramos a Forconesi y le dijimos :"¿la mujer de Ribosechi? ¿Nos estás jodiendo gringo? ¿Por qué en lugar de pajearse con estas fotos no se coje a la mujer y listo?¿Está loco Ribosechi?"
"No puede" sentenció el gringo, "La mujer murió hace dos años."
Nos quedamos helados y otro pensamiento atroz y más peligroso se nos cruzó en ese momento: ¿Y si Robosechi nos encontraba revolviendo su mambo?¿Qué sería capaz de hacer un tipo ante semejante revelación?
Un sudor frío nos recorrió la espalda.
Dejamos la carpeta bibliorato blanca en su escondite y juramos en silencio nunca hablar al respecto.
Nada nunca fue como antes.
De a poco nos fuimos yendo del sector o nos iban trasladando.
Nunca más volvimos a tocar el tema.
Nunca sentí tanto miedo, ni tanto desconcierto, ni aún cuando cayeron las torres gemelas.