lunes, 22 de agosto de 2016

Odio los barriletes


Hay cosas que cuando no son para uno, no vale la pena insistir.
Hace un montón de años, mi hija mayor tenía una barrileteada en la escuela del barrio. Cada alumno junto con sus padres, debían llevar un barrilete y algo para merendar y compartir con los demás padres. La maestra insistió que en lo posible, los barriletes sean confeccionados por las familias, así fomentaban los valores, la unión y otro puñado de barbaridades. Yo no tenía ni tengo idea como se hace un barrilete, y mi experiencia de remontar uno es un autentico canto al fracaso que voy a detallar en otro post. La cuestión es que fuimos un día antes a la casa de mis suegros en Rosario a almorzar y mi hija comentó lo emocionada que estaba con el evento, que recién ahí caímos que no teníamos barrilete alguno ya que especulábamos con un probable frente de tormenta que iba a arruinar la tarde pero la lluvia no llegó nunca.
Mi suegro saltó de la silla y con la cara iluminada nos dijo “¡No podrían tener más suerte! Conozco a Sanabria que hizo la colimba conmigo y vende barriletes en la plaza del shopping Alto Rosario. Vamos y de paso lo visito a Sanabria, pobre infeliz.”
No había terminado la oración cuando ya nos había subido al auto y manejaba como loco contándonos anécdotas de sus años de conscripción. Llegamos a una plaza y ahí estaba Sanabria, sentado en una reposera leyendo el diario y escuchando la radio. Mi suegro me dijo “Vení, vamos que lo voy a hacer cagar todo.” y lo encaramos desde atrás.
“¿Qué tal cómo le va?” le dijo mi suegro a Sanabria haciéndose el serio. “Somos de la inspección municipal y veo que está vendiendo barriletes. ¿Tiene los permisos?”
Sanabria empezó a buscar nervioso los papeles que no existían, y mi suegro empezó a reírse mal. “¡No te cagués Sanabria! Soy el flaco Olivieri, hicimos la colimba juntos, en Bahia Blanca...¿No te acordás? ¡Estás hecho mierda che!”
La presentación mutua duró casi dos horas. Sanabria no se llamaba Sanabria, se llamaba Salinas. La colimba la habían hecho en Azul, no en Bahía Blanca y así con la casi toda la historia. Cuando sintonizaron, mi suegro le pidió el mejor barrilete para su nieta. Había no menos de veinticinco barriletes volando y uno solo apoyado contra un árbol. “Este es el mejor flaco” le dijo Salinas a mi suegro, “pura fiselina, no se rompe nunca, y el hilo es encerado, nunca se corta ni lo jode la humedad. Llevátelo flaco, te lo regalo. Si es para tu nieta es un regalo.”
Mi suegro insistió en pagar hasta que logró que Salinas se lo cobre “Ya que insistís flaco son 24$” sentenció Salinas. (en esa época, 1U$ = 3$, osea que el barrilete costaba 8 U$) “¡Uh, qué macana! Me dejé la billetera en el auto. Pagale que después te lo doy en casa.” me dijo mi suegro, y pagué el barrilete más caro del planeta. Pesaba un millón de kilos y era duro. Así que lo llevamos a casa.
Al otro día fue la barrileteada. Había de todo, unos barriletitos minúsculos, otros standart, y unos tipo cajón que eran enormes.
Todos, absolutamente todos los barriletes volaron altísimo, menos el barrilete nuestro que era una suerte de baldosón hexagonal de colores con un hilo sisal encerado. El cuadro era devastador: mi hija iba adelante, en el medio a un metro atrás de ella iba Yamila, y un metro atrás Camila, las tres sosteniendo el hilo sisal y corriendo mientras el barrilete daba unos humillantes tumbos frente a los eruditos del barrilete que aconsejaban que le sobraba cola, que le faltaba cola, que tenía mucho hilo, que le faltaba tal o cual cosa, la cuestión es que yo rogaba que el barrilete se destruya y acabe el sufrimiento.
Las maestras nos miraban con lástima y a mi hija los demás papás le prestaron un barrilete para sacarse una foto.
Volvimos a casa y revoleé el barrilete al galpón para olvidarme del asunto.
Los demás chicos subieron todas las fotos al facebook de la escuela, abajo de la foto de mi hija decían los comentarios “Acá está fulanita con nuestro barrilete, que se lo prestamos porque el de ella no se levantó” y tenía como dos mil likes y la compartieron cientos de veces.
A la noche cuando todo era paz y silencio, todos se habían dormido menos yo que estaba como loco tratando de alinear los chakras con una vela aromática y unos mantras. Ya me iba a dormir y vi que tenía un mensaje en el celular. Lo abrí y era de mi suegro “¿Como les fue con el flamante barrilete?”.
Desde entonces veo un barrilete y me viene taquicardia.

martes, 2 de agosto de 2016

El sobreviviente

Con el motivo del 50 aniversario del fin del holocausto, un canal de televisión y una radio local decidieron hacer una cobertura especial en un conocido teatro del sur de Neuquén. Para ello habían recolectado historias y documentos que presentaron junto con filmaciones de la época. El evento, sin dudas  iba a ser el más importante de la región y se esperaban cerca de 2000 invitados de los alrededores. Se organizaron canciones típicas y una feria de platos temática. Todo marchaba viento en popa, hasta que apareció el sonidista con una bomba: su abuelo conocía un sobreviviente del holocausto. Fue lo único que acaparó la atención y los esfuerzos durante la semana previa a la cobertura. No fue fácil dar con el paradero del sobreviviente. Era un anciano que vivía alejado de la sociedad en una pequeña cabaña, probablemente con miedo del ruido urbano. Llegaron hasta la casa y con una amable sonrisa de 90 años Martin Bergman los atendió y con la ayuda de un intérprete lograron convencerlo de participar de los acontecimientos. Martin solo hablaba en alemán y dio a entender que se vio forzado a hacerlo dada las circunstancias.
Se tomaron muchos recaudos para hacer posible el testimonio de Martin en televisión. Sacaron algunas de las fotos de los campos de concentración ya que podrían llegar a perturbarlo. Se eligieron cuidadosamente las preguntas y cuidaron de la sensibilidad del anciano en extremo.
Llegado el día, se tocó solo música clásica como signo de neutralidad y los asistentes llevaron pacientemente a Martin al sillón donde iba a ser brevemente entrevistado. Esta transmisión, iba a salir en vivo por varios canales del país ya que era un hecho inédito.
La entrevista solo constó de una sola frase: ¿Cómo recuerda esos días don Martin?

“Fueron años muy tristes. Había horror en el aire. Todo se poblaba de gritos sin sentido. Cuando uno se despertaba la esperanza de un nuevo día se nublaba. Mis amigos y hermanos sufrieron mucho. Es terrible el dolor, pero creo que hay que saber perdonar y entender. El pueblo Alemán tenía una manera de ver las cosas, tal vez no fue la correcta pero si rescatamos lo bueno, creo que ningún sacrificio es en vano. Todo en esta vida ayuda a crecer y a ser quien uno es. Hay batallas por dar siempre y en todo lugar, pero la paz de sentir que podemos hacer de este mundo un mundo mejor no tiene límites. Si vemos al adversario como un enemigo y no como un ser humano, ahí dejamos de ser personas. Perdón y comprensión para los que no piensan como nosotros y saber ponernos en su lugar, es el legado más grande que tengo de aquellos años”

Diciendo esto, Martin se levantó entre un montón de aplausos y con paso lento se fue caminando entre los asistentes que desbordaban de emoción ante el discurso desprovisto de rencores y rico en la esperanza que un mundo distinto comenzaba en ese instante. Se subió al auto que lo llevó de regreso a su casa ya que no estaba acostumbrado a estos trajines.

“¿Cómo supo tu abuelo que este hombre era un sobreviviente del holocausto?” le preguntaron al sonidista del evento. “Una vez, mi abuelo fue a llevarle kerosene a un viejo hermitaño chileno y lo agarró la noche y se perdió. Manejó como pudo hasta que dió con la casa del viejo Martin. No hablaban una palabra en común, pero se hicieron entender y el viejo le dio comida y abrigo hasta que pasara la fría noche. Cuando amaneció, se despidió y se fue.” comentó el sonidista.

“Está bien, pero ¿cómo se dio cuenta que el viejo Martin era un sobreviviente del holocausto?” insistieron.
“Según mi abuelo, había unas fotos arriba del hogar donde el viejo Martin estaba con un uniforme gris y decía en un rincón -für mein treuer Freund Martin Bormann - Berlin 1939-, algo así como Para mi fiel amigo Martin o algo así, Berlín 1939“
¡Boludo! ¿Vos no dijiste Martin Bergman“
No, bah, no me acuerdo. Bergman Bormann es lo mismo, es un sobreviviente ¿o no?“ se molestó el sonidista.
¡No! ¡No es lo mismo! ¡Martin Bormann era el segundo de Hitler, idiota! Llevamos a uno de los Nazis más buscados de la historia a un aniversario del holocausto! ¡Si lo ven los Judíos a esto nos van a cortar las pelotas en julianas a todos! ¡Ya hay que parar todo lo que se transmitió y ojalá nadie lo haya reconocido!“
Y todos corrieron a tratar de desarmar todo de la manera más discreta posible, borrando todo y rogando que nadie se haya avivado.

¡Qué tanto lío! Pidieron un sobreviviente y les traje uno, y así me lo agradecen….¿por qué no aclararon antes de que lado era el sobreviviente que querían…? Ni las gracias me dieron.“ murmuraba el sonidista mientras desarmaba la consola ya que a la noche tenía un cumpleaños de 15 y al fin y al cabo eso era plata segura.
 

sábado, 30 de julio de 2016

Gloria y ocaso de una aplicación.


Hace unos años, unos becarios de la escuela secundaria técnica del barrio, trajeron una App que se llamaba Shazam. Básicamente consistía en “escuchar” una melodía , una canción y comparar un par de compases con una inmensa base de datos y descifrar el título de la canción , su intérprete y una captura de la tapa del disco donde fue publicada. Uno de los becarios comentó que estaba trabajando duro en una aplicación para celulares que iba a identificar a los dueños de los flatos de acuerdo al ruido que emitían. Para ello ya había conseguido emular el algoritmo de búsqueda de Shazam , pero lo más complicado radicaba en la confección de la base de datos. No solo tenía que grabar los flatos e identificarlos, sino que también debía barajar las alternativas entre flatos cortos, largos, secos o húmedos. Era un trabajo desagradable y más allá de lo divertido del proyecto, era inexacto y poco serio. Uno de los padres de los becarios les dijo “si hicieran algo de eso para detectar a través de los ruidos que hace el auto, cual es la falla y qué hay que cambiarle, serían millonarios”. Fue como una iluminación en la noche. Ese era el dato que les faltaba. Ya tenían el algoritmo de comparación, y para la confección de la base de datos, los becarios recorrieron infinidad de talleres buscando apoyo económico y sobre todo que los dejen grabar los motores de los distintos autos y lo más arriesgado, generarle fallas conocidas para lograr el cierre del proyecto. Con la ayuda de varios mecánicos y después de mucho tiempo de ensayo y trabajo, lograron detectar una bujía empastada en un Audi A3 del 2012 , un platino jodido en un Renault 12 Break 1978, y un carburador sucio en un Fiat Duna Weekend 1993.
El proyecto estaba listo para ser presentado en sociedad. Se iba a llamar Carl Shazam, un poco por el origen de la app y otro poco como una broma u homenaje al astrónomo estadounidense Carl Sagan.
Para presentarlo, pidieron el salón azul de la Universidad Tecnológica Nacional y pusieron a punto la aplicación que iba a ser presentada en pantalla gigante y transmitida por Skype y via web en la página de la Universidad.
Subieron hasta el tercer piso un Volskwagen Gol y pidieron que venga un grupo de mecánicos de la zona a poner a prueba el proyecto. Los becarios, luego de explicar lo complejo de la aplicación, pasaron al plato fuerte, la demostración en vivo. Pidieron a un mecánico de la sala que suba y provoque una falla en el auto exhibido, así cerrarían la demostración con un ejemplo práctico.
Del público, un pequeño hombre mal entrazado, subió al escenario. Pascual dijo llamarse, y se acercó al auto. Pidió que no lo miren hacerle la falla para que no truchen la aplicación, los becarios se rieron y apagaron la cámara que lo estaba filmando a Pascual. El mecánico vio que algunas cosas del motor no estaban del todo bien y las corrigió de acuerdo a su criterio, también aflojó una correa y puso unas tuercas y arandelas en el motor por donde se lubrica con aceite. Esto debería provocar un montón de confusas señales pensó Pascual y se puso en un rincón mirando sobrador.
Uno de los becarios entró al auto y le dio arranque. El ruido fue insoportable y parecía que el auto se estaba por desarmar, el público pidió parar la prueba pero la aplicación estaba explorando el origen de la falla. No podían detener las pruebas a esa altura, todos estaba expectantes de la pantalla de la aplicación. El relojito giraba hasta que se detuvo. La pantalla exhibía un mensaje que decía “detectando falla 30%”. El avance de la detección era lento y la cara de Pascual parecía desarmarse puesto que podría quedar al descubierto la mano sucia del mecánico. Cuando la detección iba por el 85% los rostros estaban congelados mirando la pantalla gigante, la web de la Universidad era trending topic hasta que la aplicación indicó “Falla detectada – coincidencia 100%”
Pascual desapareció aprovechando la expectante mirada a la pantalla.
La aplicación indicó:

Falla: Kioto
Modelo: Bangarang
Año: 2011
Marca: SKRYLLEX

Los becarios apagaron todo y se fueron corriendo….
Nunca más se supo de ellos.

Carta abierta a Nicolás Cabré


San Nicolás, sábado 30 de julio del 2016

Estimado Nicolás Cabré:
Hace unos meses fui para Capital Federal a ver la obra de teatro “Nuestras mujeres” en el CITI. Cuando terminó la función comí algo por la misma cuadra del teatro en calle Corrientes y al salir a buscar mi auto para volver junto con mi mujer a casa, te vimos salir del lugar donde estás presentando tu trabajo “El quilombero”. Te vi rodeado de algunas mujeres que te esperaron para sacarse una foto con vos. La mayoría iban en grupo y solo se limitaban a sacarse de a una la foto, darte un beso y salir caminando compartiendo el testimonio en alguna red o chequeando que la luz y el foco estuviesen en condiciones. Te vi siempre bien dispuesto y sonriendo mientras un muchacho de traje te esperaba pacientemente a modo de patovica. Cuando más o menos pudiste zafar del grupo dejando a todas conformes, te alejaste caminando. Justo con mi mujer íbamos a escasos pasos tuyos cuando te interceptó otra chica que abrió sus brazos y te dijo “¡Nooo...con vos me saco una foto!” y sacó su celu y lo seteó mientras el patovica siguió caminando sin dejar de prestarte atención. Te pasamos mientras la chica te acogotaba en una interminable sesión selfie. Como a las demás, le diste un beso y se alejó. Ahí retomaste tu paso y quedaste caminando mas o menos treinta metros al lado nuestro. Te hacía más alto y más antipático, de verdad. Cuando ibas caminando al lado nuestro pensé en saludarte, o felicitarte por algún trabajo en el que te haya visto, pero no se me vino ninguno a la cabeza en ese momento y me pareció demasiado saludarte así porque sí y pararte para otra foto más. Seguimos caminando y pensé en decirte lo mucho que me gustó una historia que contaste en lo de Mirtha Legrand acerca de tu viejo. Contabas que se había puesto muy contento un día que cambió el estéreo del auto mientras que vos tenías un auto nuevo. En como las cosas simples te seguían emocionando.
Pensaba en esto y te miré y te ví cansado, tenías los ojos mirando el piso pensando quién sabe qué cosa y justo levantaste la cara. Te hice un gesto (bajé un poco la cara y levanté las cejas como preguntando ¿todo bien?) y me hiciste un algo parecido a un “si, todo bien”. Ahí aflojamos las caras y nos miraste un ratito más a mi mujer y a mí y te fuiste a alcanzar al patovica que iba despacio mirando el celular.
Te vi simple y sincero . No la careteaste con nadie, y eso me cayó muy bien Nicolás.
Eso es todo, nada más.

Saludos

jueves, 28 de julio de 2016

Bussiness are bussiness


“Sin dudas su padre es un gran hombre. Se merece algo realmente acorde con su estilo. Me permito recomendarle este modelo. Ya se que es un tanto más costoso que el que traías en mente, pero ya que vas a hacer una inversión es preferible que tengas en cuenta que una vez que elijas, va a ser difícil revertir la situación. Sé que sos muy joven y es muy probable que dudes de mí. Lo que pensás es cierto, que soy un comerciante y más allá de lo que quieras está primero mi negocio, pero permitime decirte esto. Te veo a vos , y me veo a mí mismo a tu edad, con dudas, con desconcierto con cierta ansiedad, y por eso quiero guiarte en la decisión correcta, la que te va a hacer sentir bien a vos que en definitiva sos quien va a hacer una elección casi te diría , de las más importantes que hayas tomado. Vení conmigo a la oficina, no lo pienses más o vas a terminar lamentándolo. Tomate un café y revisá si los papeles están en orden. Después de firmar tenés treinta días para traerme el dinero, pero no te preocupes, es un plazo legal que se puede conversar si te acercás por la oficina una semana antes que venza el plazo. Tranquilo, te dejo dos minutos que hago un llamadito y estoy con vos.”
Miré los papeles , pero no entendía nada. Tres páginas de texto plano con condiciones legales son demasiado para un tipo de diecisiete años con la mente en cualquier parte y el cuerpo cansado. Me limité a firmar donde había una linea de puntos y acomodé todo con ganas de irme lo más rápido de ese nefasto lugar.
Cuando estás solo rodeado de ataúdes vacíos colocados de pie contra una pared, cualquier cosa que te digan te suena lógica y vacía. Cuando un tipo grande te habla de dinero en un momento donde no tenés ni idea que puede pasar diez minutos después o como vas a seguir viviendo, o quien va a escuchar tus futuras dudas, o quien se va a poner orgulloso de vos cuando te recibas de algo o logres algo o te pase algo que merezca ser contado, el mundo de los grandes se resume a un puñado de cifras frías que siempre juegan a favor de los más fuertes.
Las palabras del hombre de la cochería se iban a repetir una vez más en mi vida, cuando ya no era un joven, cuando veintitantos años habrían pasado desde esa primera vez.
Sus palabras sonaron distinto, los ataúdes contra la pared eran los mismos, ese día también estaba solo. Se repitió la escena del llamado. Se repitió la ceremonia mecánica de la firma y la sensación de que esto se repetía todos los días, con distintas personas, y por primera vez pude intentar pensar en ese hombre, el dueño de la cochería y sentí una profunda lástima por él.
Yo me gano la vida arreglando cosas descompuestas y en algunos casos no tienen solución, y me alegra cuando una persona o una máquina recuperan parte de su funcionalidad y pueden seguir andando, pero el hombre de la cochería tiene que ingeniárselas cada día para poder dar un pequeño show y hacer de su oficio algo menos infame.
¿De qué se sentirá orgulloso? ¿De haber vendido un ataúd más caro del que pensaba vender? ¿Cuánto costaba esta felicidad? ¿Alguien le preguntaba a menudo cómo se ganaba la vida? ¿Valía la pena contarle esto a un hijo? Si su hijo hiciera una composición para la escuela donde refiera al trabajo de su papá ¿Cómo sería?
No me gustaría estar en sus zapatos.

martes, 26 de julio de 2016

El 5 y 1/2

Una mañana de marzo, un domingo para ser exactos, mi viejo me llevó al tiro federal. Yo tenía 8 años. Me acuerdo porque mi vieja elegía las actividades de la semana, como inglés y catecismo , en tanto que mi viejo los fines de semana me llevaba a ver boxeo los sábados a la noche y al club los domingos a ver fútbol. Ninguna de las cuatro actividades me interesaba mucho. El rato que me quedaba libre veía televisión y dibujaba, todo a la vez.
En ese afán que tienen los padres de entender y saber que quieren los hijos, un día mi viejo me subió al Fiat 600 y me llevó al tiro federal. "A vos te gustan las películas de tiros, así que esto también te va a gustar." sentenció mi viejo y sin mucho Jean Piaget de por medio me llevó. En el lugar había un montón de gente común tirando con rifles, como los de las películas pero sin explosiones, solo un fuerte ruido mecánico. Eran rifles de aire comprimido, me explicó mi viejo, se usan para practicar, no matan ni hacen daño, y me mostró unos balines de plomo del tamaño de una lenteja. Cargó el rifle y le apuntó a un blanquito que estaba a 10 metros. Así hizo un montón de veces mientras que tocaba algo que se llamaba alzadura y formaba parte de la mira. Cuando metió un centro me dio el rifle y me dijo "la mira ya está calibrada, apuntale al blanco, contené la respiración y cuando estés seguro tirá despacio ¿sabés? Ah, y cuando no uses el rifle, apuntalo para arriba, por si sale el tiro."
Pesaba muchísimo el arma, y me pusieron una bolsita de arena para que lo apoye. Hice todo lo que dijo mi viejo, contuve la respiración, apunté, y cuando estaba seguro tiré. No le pegué a nada, el balín levantó tierra por lejos. "Ya va a aprender el pibe Don, téngale paciencia" le decían los otros francotiradores que no paraban de hacer centros. Intenté cinco veces más hasta que uno de los balines, más por piedad que por mi destreza, mordió el blanco en una esquina.
"Va queriendo pibe, va queriendo. Hay que practicar, no queda otra." gritaba un gordo al que todos le decían Talero.
Mi viejo cargó el rifle una vez más, y me lo dio. No perdía las esperanzas de sacarme bueno. Me puse a puntar de nuevo al casi inmaculado blanco cuando un pajarito se posó al lado. Era un gorrión. Nos miró a todos los francotiradores. "¡Bajalo pibe, es tuyo!" gritó Talero mientras se reía con ganas. Más por orgullo que por ganas le apunté al pajarito, y sin pensarlo mucho le tiré. Lo vi girar sobre si mismo y cayó al piso. "¡Viste que lo íbamos a sacar bueno al pibe!" gritó Talero y los demás lo festejaban. La cabeza se me nubló y salté la linea de tiro, alguien creo que fue mi viejo o Talero, gritaron que paren de tirar, llegué adonde estaban los blancos y me puse a buscar el pajarito muerto, revolví entre los yuyos. Solo basura y cardos que a pesar de lastimarme no lograban frenarme en la búsqueda. Un fuerte tirón de la ropa y parte del pelo me alejó del lugar del hecho. Diez metros después mi viejo me gritaba "¡Sos loco o boludo! ¿Qué querés hacer? ¿Que te maten?" pero nada de esto me sacaba de la cabeza la imagen del pajarito girando sobre sí mismo.
Tenía 8 años, lo sé porque esa mañana había ido a misa después de catecismo.
Por un tiempo pensé que era un mensaje de Dios, que había puesto ese pajarito como una prueba, a ver que tan débil podría llegar a ser, pero tiempo después lo único que me queda es que un cobarde con un arma, es un peligro innecesario, que ese pajarito girando sobre si mismo, me enseñó más que todos los años de catecismo, que nunca más pude tocar un arma, y que ese rifle, después que murió mi viejo, quedó perdido en un galpón hasta que lo regalé a un croto que pasaba con un carro tirado a caballo.
"¡Don, es un Maheli 5 y 1/2! ¡Muchas gracias!" me dijo el ciruja antes de perderse de mi vista para siempre.
El ciruja se llevó el 5 y 1/2, la irresponsabilidad de ese momento me sigue hasta estos días.

viernes, 22 de julio de 2016

Una historia de amor


Era la más bella historia de amor que jamás había sucedido. No tenían nada de extraordinario salvo el profundo amor que sentían. Desde que Ana y Mario se conocieron, sólo tenían ojos el uno para el otro. Construyeron su casa cerca de un arroyo y vivían cada minuto a pleno. Quiso la vida darle dos hermosos hijos que se criaron en el mejor de los mundos. Todas las noches cantaban juntos o contaban historias a la luz de una vieja lámpara de querosene.

Una tarde Mario cruzó la puerta de la casa por primera vez con el rostro deshecho. En su mano tenía un sobre blanco con unos estudios. El tumor estaba en el páncreas y no le quedaban más  de unas semanas de vida. Se abrazaron por primera vez llorando de tristeza y los niños los vieron. Sin preguntar nada entendieron que algo andaba mal y todos terminaron abrazados en el piso.

"Pase lo que pase, vamos a estar juntos para siempre. El amor nos va a mantener unidos. ¿Saben? " les dijo Mario tratando de poner uno cuota de optimismo y decidieron vivir cada minuto hasta su muerte en forma intensa. El cuerpo se le fue secando pero siempre tuvo una sonrisa y una historia hasta que en su lecho les tomó las manos a los tres y en silencio les dijo adiós.

Cremaron su cuerpo y llevaron sus cenizas a la casa respetando la última voluntad de Mario.

Conforme pasaron los días, los chicos fueron creciendo, y si bien Ana se mantuvo alegre con ellos, el brillo de sus ojos había desaparecido. Las noches solitarias se repetirían hasta que el menor de los hijos cumplió 18 años y se fue a vivir solo.

Misteriosamente el cuerpo de Ana se fue apagando. Nunca perdió la sonrisa y una tarde junto con sus hijos y su pequeño nieto recién nacido, dejó este mundo pero hizo un último esfuerzo y el brillo de sus ojos se dejó ver una vez más.

La casa se vistió de tristezas para siempre y fue muy duro para los hermanos. Por suerte el amor que les habían inculcado los padres les hizo sostener el difícil momento.

Cremaron a Ana y llevaron la urna a la casa paterna para poner en orden algunos asuntos con la venta de la casa y el reparto de las cosas. Ninguno quiso quedarse con la vivienda, les pareció un despropósito ocupar ese lugar sagrado y decidieron darle una última recorrida.

Vaciando los muebles se encontraron con la vieja alacena. Fue una sorpresa grande el hallazgo de la urna donde estaban las cenizas de Mario.

Nunca la habían visto antes por la casa y habían supuesto que Ana la guardaba con ella en su dormitorio, pero bueno, al fin tenían las dos urnas y como les pareció muy egoísta quedárselas en una de las dos casas y de ninguna manera pensaron separarlos, decidieron arrojar las cenizas al arroyo donde pasaron muchos recuerdos juntos.

Esa misma tarde fueron los hermanos hasta la orilla y con el corazón latiendo fuerte abrieron con cuidado la urna de Ana y tiraron el contenido al arroyo llorando abrazados. Cuando abrieron la urna de Mario grande fue la sorpresa al comprobar que solo tenía un minúsculo fondo. De ninguna manera se acercaba a la cantidad de cenizas de Ana y los rostros de los hermanos se congelaron en un gesto. ¿Cómo?¿Cuándo?¿Dónde?¿Por qué? eran todas las palabras que resonarían durante diez minutos en sus cabezas. Repasaron su niñez y adolescencia buscando una respuesta que nunca hubieran imaginado. Un recuerdo, una imagen, un momento pareció congelar el aire. Recordaron un día que llegaron más temprano que de costumbre de la escuela y la madre se sorprendió y escondió algo en la alacena junto con el pan rallado que utilizaba para hacer milanesas. Sus miradas entraron en una aterradora sincronía y sin pensarlo más arrojaron las cenizas restantes al arroyo.
"Pase lo que pase, vamos a estar juntos para siempre" era la frase que les martillaba la cabeza como un enorme pájaro carpintero. Se alejaron para siempre en silencio y nunca le comentaron a nadie sus más oscuros pensamientos acerca de estos sucesos.
Tampoco ninguno de los hermanos volvió a comer milanesas jamás.

miércoles, 20 de julio de 2016

Botellas al mar

Cuando un tipo más o menos famoso arma un blog, es como tirar un salame en una mesa de 8 tipos hambrientos, todos están esperando que caiga para devorarlo y festejan cada encuentro.
Cuando sos un poco conocido, es como invitar a tus amigos a comer a tu casa, vienen al principio, pero con el correr de los tiempos te suena que vienen porque vos les insistís y no por otra cosa.
Pero cuando no sos nadie y armás un blog, es como tirar una botella al mar, es un acto de fe, poner un poco de tu corazón en letras y dejarlo que vague por el cyberespacio esperando a ser leído en forma anónima aunque sea por alguien.
Cuando empezó la historia de Panza Arriba era para escribir un poco de boludez que habitualmente no me animaba a decir en los círculos íntimos. Me dedico al teatro y fantaseaba con hacer un espectáculo llamado "La paja en el ojo ajeno" que básicamente iba a hablar de la paja en un tono satírico, todo esto fue mucho antes de Sambayoni.
De la mano del gordo Casciari, me animo a escribir este blog sin muchas ilusiones, iban a ser 100 entradas y a otra cosa, nada más. Al principio parecían muchísimas oportunidades, y me mandé a contar cosas.
Los resultados eran peores que los imaginados, nadie visitaba ni por joda el blog. Un día caen un par de visitas de Ucrania. La botella había llegado a Europa del este o alguien se había logueado en un servidor alterado en dirección.
Las visitas crecían con cuentagotas y decidí publicar mi dirección junto con mi nick El Toti en el blog Orsai, donde comento cosas.
Algo empezó a moverse. Vino alguna gente a visitar el blog. Y un día apareció este comentario:



jaja me gustó como está contada esta historia! en Dia 82 - El centenario San Cristobalsafe: "1 respuestas."
el 29/07/14
 
 

Ese fue el primer comentario, lo hizo una chica que escribía el blog Violetismo. Me puso bien que alguien se anime a subir lo que pensaba de mi publicación. Van a hacer dos años de este hecho el día 29 de este mes. Desde esta entrada quiero agradecer a Violetismo por animarme a seguir escribiendo. Juro que si no recibía un comentario en la entrada numero 50 iba a dejar todo como una frustración más, pero acá estamos. Pasaron las cien entradas y seguimos tirando botellas al mar, que sigue siendo enorme y sin orillas, pero ahora sé que no estoy solo.





































Muchas gracias por pasar a visitar a todos y a cada uno.

El Toti, o Panza Arriba.
como más les guste

martes, 19 de julio de 2016

4 latigazos

Corrían los años 80 y en la calle estábamos como siempre, todos los chicos del barrio. Lo único diferente ese día, y que iba a ser para siempre, era el pavimento. Hasta ese entonces la calle era de carbonilla y las rodillas de todos nosotros tenían ásperas marcas que nos distinguían de los chicos de las calles pavimentadas. Ese día fue especial por varias cosas, los varones no la pasamos dibujando con cascotes la calle y las chicas pudieron patinar por la calle como si fuese sobre hielo. Las dos actividades convivían perfectamente hasta que el dibujo fue ganando terreno a la pista de patinaje. "¡Tarados!¿No ven que estamos patinando?" nos gritó Andrea, la rubia del grupo. "Si quieren dibujar vayan a otra calle" sumó la Bochi.
"¡Nosotros dibujamos donde queremos!" dijo Diego y puso las cosas al borde del punto sin retorno. Los ánimos estaban cada vez más encendidos, los dibujantes estrechaban la calle y las patinadoras pasaban sobre las mejores partes de las obras. Estaba visto que ninguno pensaba en ceder un solo centímetro. La Bochi encontró un punto débil en la formación y pasó entre todos los dibujantes pateando hábilmente los cascotes fueron a parar a la boca de tormenta. Se habían apuntado una victoria más que decisiva y esto pudo con el ánimo de Oscarcito, que con la ultima piedra que quedaba descargó la bronca contra el grupo pegándole en la frente a la Bochi. El proyectil no era más grande que un carozo de durazno, pero fue lo suficiente para que el escándalo explote y todos nos fuéramos cada uno a su casa. Mis viejos me vieron entrar y algo sospechaban. Justo cuando estaban por armar el interrogatorio que consistía en una catarata de preguntas y amenazas que nunca se cumplían, sonó el timbre. Debería haberme aliviado pero la voz de la mamá de la Bochi me trajo de nuevo al estresante presente. "¡Vení para acá!" sentenció mi viejo, "¿Qué le hicieron a la Bochi?¿Eh?".
La frente tenía más merthiolate que sangre y en los ojos las lágrimas le brotaban más por fuerza que por dolor, quería ver un culpable, nada más que eso, un nombre y se acababa todo.
No iban a parar, no se iban a ir con las manos vacías. "¿Quién fue? Decime quién le tiró la piedra a mi hija"
"¡Oscar!" les dije, y algo adentro se me rompió para siempre. El resto del cuerpo me dejó solo con mi cobarde respuesta.No era más que eso, una respuesta estúpida disfrazada de pibe de nueve años.
Sin mediar palabra se fueron. Mis viejos cerraron la puerta y me empezaron a culpar y a preguntar por qué no había parado la pelea que nunca empezó. Mi cabeza no entendía nada, los veía como un sueño y sus voces me sonaban lejanas, sin cuerpo ni brillo.
El timbre sonó de nuevo. Presentí que lo peor había pasado. Qué lejos estaba de la verdad. Mi mamá abrió la puerta y en la puerta de casa estaban cuatro personas: la Bochi que me miraba con miedo, su mamá que había aflojado el gesto duro y ahora no podía articular palabra, Oscarcito que miraba el piso al borde de las lágrimas y el papá de Oscarcito con un cinturón en la mano mirándome  con los ojos fuera de sí. "Decime vos ¿Oscar le tiró la piedra a la Bochi? ¿Eh? ¡CONTESTAME! ¿Fue este el que le tiró la piedra a la Bochi SI O NO?"
Los gritos retumbaban en el living y todos me miraban, querían que el cobarde haga el bis, y rompí a llorar como nunca y le grité "¡SI! ¡Fue Oscarcito! ¡Pero no le pegue!" agregué como un patético acto de heroísmo pedorro. Lo que siguió fueron cuatro cintazos a ritmo, cuatro latigazos en las piernas de Oscar que todavía resuenan en mi cabeza, cuatro veces ver a tu amigo víctima de tu cobardía te cambian para siempre. Oscar salió corriendo para su casa, nunca lo vi llorar en todo ese rato. La Bochi y su mamá se fueron rápido como quien rompe algo en un velorio. Mi viejo me pegó por las dudas, pero creo que fue un acto de justicia por mi cobardía. Mi mamá me habló de algo que no me acuerdo. Daba igual, nunca iba a volver a confiar en los adultos.
Muchas cosas se me rompieron ese día.
La vida me encontró mucho tiempo después con Oscar Pérez, ya grandecito y viviendo del clown y los malabares. Cuando lo volví a ver tenía un pibe de la edad que él tendría por aquellos años de los cintazos. Nunca le conté la historia ni le pedí disculpas.
Publico recién este texto que estoy escribiendo, así en caliente como me sale justo un día antes del día del amigo. Recién él me aceptó como amigo en el facebook ayer, y si tengo suerte y lo lee me gustaría que sepa que hoy, casi cuarenta años después de ese día, todavía me suenan los cuatro latigazos y si pudiera cambiar algunas cosas de mi vida, una de esas sería mi cobarde respuesta.
Ojalá se pudiera.
Lamentablemente crecemos.
Perdón.

sábado, 16 de julio de 2016

Falso y verdadero


Hace un tiempo, con unos amigos tiramos en la mesa la idea de falsificar dinero. Algunos propusieron hacer billetes de 20$ o de 50$, que son los de uso más corriente y que al desgastarse más rápido, bien podrían pasar por buenos si uno los arruga un poco antes de ponerlos en circulación. Otros optaron por las monedas de 1$ que pasarían sin ningún problema ya que su valor era tan bajo que no valdría la pena controlarlas. Unos pocos apostaron a falsificar billetes de 100$ ya que si bien el riesgo de pasarlos era alto, uno tendría una rentabilidad mayor si los controles fuesen no tan rigurosos.
Este delirio, me llevó a pensar seriamente en algo. Si uno fabricara una moneda de 1$, aún con algún detalle, podría bien pasar por una verdadera, aunque uno reciba una de estas monedas, la recirculación sería casi normal. Si uno fabricara en cambio muchas monedas de 1$, el resultado sería el mismo, ya que en lugar de una, serían millones de monedas falsas circulando paralelamente con las buenas y aunque uno las diferencie bien, en el punto crítico cuando las falsas superen en número a las buenas,¿cuáles serían cuáles?.
Con los billetes no es tan fácil, ya que dijimos antes que la gente tomaría un rato más en asegurarse que el mismo sea verdadero, y de recibir un billete falso de 100$, sería más difícil ponerlo a recircular, ni hablar de muchos billetes.
Si el dinero es falso, es una mentira.
Pensemos el valor del dinero falso como el tamaño de una mentira.
Es más fácil hacer circular los pequeños engaños que una gran mentira. La gente en el fondo sabe que se tratan de pequeñas mentiras pero que las hace circular porque en apariencia no dañan sustancialmente a nadie, en cambio las grandes mentiras solo las manipulan gente experimentada en el arte del engaño, y eso daña mucho.
Por otro lado, cuando un pequeño grupo de monedas de 1$ circula, sirve para comprar pan, pagar una propina, dar pequeñas limosnas, comprar una revista usada o hacer una llamada por teléfono, es decir para un puñado de placeres. Al igual que las mentiras, también generan pequeños placeres, al que las dice como al que las escucha , aún a sabiendas que la información no es veraz. Por eso creo que vivimos en un mundo rodeado de pequeñas mentiras aceptadas, nadie las cree pero tampoco nadie se ocupa de sacarlas de circulación, y esto nos mantiene alimentados, entretenidos, satisfechos, es decir con pequeños placeres cumplidos.
¿Será por eso que nos conformamos con poco?
¿Será entonces que las pequeñas verdades no las tomamos en serio y le damos el mismo tratamento que a las pequeñas mentiras y nos volvimos un engaño en nosotros mismos?
¿Quiénes somos entonces?
¿Esos que aceptamos mentiras y a cambio esperamos a que otros hagan lo propio o estamos con una gran mentira encerrada en la mano esperando que venga un incauto para pasársela por buena?
Qué complicado es ser uno mismo.